Capítulo 16 La Dueña De Mis Sueños

Sienna.-

Subí las escaleras con los tacones en la mano, cubriéndome con el abrigo para que mi madre quien debe estar en la cocina no me detenga. Todos los días siento que me llama solo para supervisar como voy vestida a la oficina.

Sorprendentemente todo está en silencio, aprovecho para huir rápidamente.

—   Pórtate bien –me despido en voz baja de Athena y cierro la puerta con cuidado de no llamar la atención.

Me coloco los tacones y ajusto mi cartera lista para ir a la oficina, mientras avanzo por la calle a dos casas noto la presencia de un auto de color negro con vidrios oscuros. Un frío me recorrió la columna, ese auto seguro fue enviado por ese hombre.

—   Está cumpliendo su advertencia –murmuré, seguí caminando mirando por encima de mi hombro, no sé cómo podré vivir así.

Román.-

El silencio en mi oficina era aplastante, pero el desorden de mi cabeza resultaba ensordecedor.

Traté de concentrarme en los informes de pérdidas y ganancias del último trimestre, pero los números en la pantalla del ordenador bailaban ante mi rostro y sin sentido.

Ese beso… ese beso. Nunca sentí nada igual no quería separarme de ella, pero la voz de la abuela se apoderó de mi mente llenándome de inseguridad.

Apoyé los codos sobre el escritorio masajeando mis sienes. Recliné la cabeza hacia atrás sobre el respaldo de mi silla.

La puerta de mi oficina se abrió, Sienna entró con mi taza de café, impregnando el aire con su aroma amargo y penetrante. Ella avanzó con la gracia natural que la caracterizaba, llevaba una blusa de marfil y una falda ajustada marcando cada curva de su cuerpo.

¡Mierda!

—   Buenos días, señor Bennette.

—   Buenos días, Sienna –Aclaré mi garganta, fijando los ojos en la pantalla obligándome a ignorarla, pero no esperé lo que hizo después.

La vi acercándose, rodeando mi escritorio se sentó en el borde, cruzando las piernas.

—   Señor Bennette… –murmuró con una voz suave, rasposa que envió un estremecimiento directo a mi columna vertebral–. ¿Va a seguir pretendiendo que no pasó nada? ¿Qué ese beso entre nosotros no significó nada?

El pulso se me aceleró en el acto, la tensión durante días estalló en el ambiente.

Antes de que pudiera responder o articular una excusa, Sienna rodeó mi silla con determinación y sin pedir permiso levantó la pierna sobre mi regazo sentándose a horcadas sobre mis muslos.

El contacto fue brutal, el calor de su pelvis presionando directamente contra mi ingle desencadenó un fuego instantáneo en mi sangre.

—   Sienna… –alcancé a pronunciar con la garganta seca, intentando aferrarme a un resto de cordura.

—   Cállate… –susurró, tomándome del rostro con ambas manos, sus dedos delgados se enredaron en mi barba de tres días–. No vuelva a alejarme, usted quiere esto tanto como yo, sé cómo me mira.

Se inclinó y atrapó mis labios en un beso voraz, descontrolado, cargado de una pasión salvaje que desarmó todas mis defensas.

No hubo espacio para la cautela.

Respondí al beso con ferocidad, sujetándole la cintura con firmeza para pegarla aún más a mi cuerpo. Su lengua buscó la mía en un reclamo exigente, mientras un gemido grave y ahogado se me escapaba del pecho.

Sienna ahogó un suspiro caliente contra mi boca y arqueó la espalda, frotando su intimidad contra mi masculinidad erecta a través de la tela. El roce implacable me hizo perder el juicio por completo.

Con un movimiento rápido y dominante, la tomé por los muslos y la elevé colocándola directamente sobre la madera, apartando carpetas y documentos de un manotazo.

—   Eres una maldita tentación, Sienna –gruñí contra su cuello, devorándole la piel suave mientras mis manos subían desesperadas por debajo de su falda–. Me estás volviendo loco.

—   Entonces no luches más –Jadeó, clavando sus uñas en mis hombros mientras echaba la cabeza hacia atrás–. Tómame, haz lo que quieras conmigo, pero hazlo ya.

La urgencia por tenerla bajo mi cuerpo es insoportable.

Desabroché los botones de su blusa de seda con dedos ágiles y desesperados dejando al descubierto su pecho erguido, cubierto apenas por un encaje negro que contrastaba de forma pecaminosa con la palidez de su piel.

Las pequeñas pecas sobre su pecho y hombros me enloquecieron, mi boca descendió sin piedad sobre su escote, succionando y mordisqueando la carne sensible hasta escuchar sus gemidos haciendo eco en la oficina.

Ella se deshizo de mi corbata y tiró de mi camisa, buscando el contacto directo de su piel contra la mía. La ropa terminó de caer en el piso.

—   Eres mía, Sienna –Sentencié con voz ronca, hundiéndome en ella de un solo impulso firme y profundo.

La sensación de estrechez y calor envolviéndome fue tan abrumadora, tan dolorosamente perfecta, que solté un rugido de satisfacción.

Sienna se aferró a mi espalda con fuerza, envolviendo sus piernas alrededor de mi cintura para recibir cada embestida.

—   Más fuerte, Román… Dios, sí –suplicó entre gemidos entrecortados, mirándome con una entrega total que me consumía las entrañas.

Aumenté la velocidad, empujando con fuerza hacia adentro, buscando alcanzar el clímax en conjunto en una explosión de placer erótico que amenazaba con destruir la oficina entera.

Un golpe seco retumbó en la habitación.

Abrí los ojos de golpe.

Mi respiración era una ráfaga agitada y entrecortada.

Sienna entró a la oficina con mi taza de café.

—   Buenos días, señor Bennette –Dijo ella, su tono de voz era indiferente–. ¿Se encuentra bien?

Preguntó seguramente al ver la capa de sudor frío que me cubría la frente, mi pecho subía y bajaba con violencia, la cabeza dándome vueltas.

Bajé la mirada, hacia mi pantalón la erección era dolorosa, dura y caliente haciendo que la tela me apretara de manera insoportable.

Sienna estaba frente a mí, hermosa con ese cabello rojizo y un vestido que marcaba su figura de manera perfecta.

Hasta en mis sueños esta mujer se adueña.

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