Capítulo 2 Esperando No Morir En El Intento
Sienna.-
Los recuerdos de mi infancia reviven al ver mi casa, bueno la de mi madre. Ni siquiera puedo regresar a mi habitación porque mi mamá la convirtió en una oficina para su nuevo esposo.
Ese hombre es un santo, de verdad no sé cómo aún no ha quedado calvo.
Bajé al sótano tenía lo necesario, para estar cómoda pero el olor a humedad seguía presente. Athena recorrió el lugar resoplando hasta que se echó a un lado de la pequeña cama.
Me tumbé sobre la cama, hace año y medio, mi vida era completamente diferente, siempre tuve el sueño de ser escritora y tuve mi oportunidad cuando escribí mi primera novela. Un éxito efímero que me convirtió en la promesa literaria de las que todos hablaban.
Hasta que la ambición de Oscar y mi propia ingenuidad borraron todo aquello de un plumazo.
Cinco Días Después.-
Hace dos días tal y como lo había prometido el señor Gross, el anuncio de empleo solicitando una asistente para la presidencia en las empresas Benette llegó a mi teléfono.
¿Cómo un hombre que según me estaba dando todo lo que tiene podía controlar algo así?
Me quité las teorías conspirativas de la cabeza, me obligué a concentrarme en las funciones de mi contrato.
Seducir a Román Benette. Se dice fácil ¿No? Una misión de infiltración de la cual no estaba segura de salir ilesa.
Ahora me encontraba aquí, con el peso de la responsabilidad que hacía que las tripas se me retorcieran en un nudo, la idea de engañar un hombre con una reputación tan sombría me helaba la sangre.
La notificación de un mensaje casi me hace saltar de la silla en la sala de espera, suspiré al ver que era Mabel.
<<Tú puedes con esto, eres una sobreviviente recuérdalo>> Le había enviado un mensaje apenas el anuncio de empleo salió.
<<No eres tú la que se enfrentará con un posible asesino>> -respondí rodando mis ojos, sé que ella intenta ayudarme fue la única que no me dio la espalda cuando mi carrera cayó en picada.
En mi mente solo resonaba la frialdad de los ojos verdes que me habían paralizado en la terminal del aeropuerto, aquella mirada escudriñadora de un hombre al que la voz popular acusaba de asesino.
— ¿Sienna Harris? –La voz medianamente amable y seria de una mujer mencionó mi nombre–. El señor Benette la espera en su oficina, sígame por favor.
El corazón me golpeaba el pecho con una fuerza salvaje no podía dejar de pensar ¿Y si me descubría antes de empezar? ¿Y si sospechaba que mi presencia allí era una trampa?
La idea de ser descubierta me producía un sudor frío en la nuca.
La mujer que iba delante se detuvo frente a una puerta doble de caoba.
— Buena suerte, espere a que él le dé la autorización –La mujer toco dos veces, antes de alejarse.
Tragué saliva, nerviosamente me ajusté la falda tipo tubo y mi pequeña corbata, sentía que los tirantes a cada lado comenzaban a asfixiarme, peiné mi melena rojiza con mis dedos.
— Ok, espero no morir.
— Pase –escuché su voz por primera vez, fue como estar en una montaña rusa.
Empujé la madera y la escena que me recibió al cruzar el umbral desarmó por completo el entramado de terror que había construido en mi cabeza durante el trayecto.
Lejos de la figura aterradora, maquiavélica y letal que esperaba encontrar.
Román Benette se encontraba arrodillado sobre la alfombra persa de su majestuosa oficina. Tenía la chaqueta del traje colgada en el respaldo de su sillón y las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos dejando a la vista la piel tostada y unas venas marcadas que me robaron el aliento.
En su regazo un precioso golden retriever color beige le cubría la cara a besos desenfrenados mientras la risa grave y profunda de Román resonaba en el amplio espacio.
— Buenos días –dije con un hilo de voz, tratando de sonar firme.
El animal detuvo su efusivo ataque, irguiendo las orejas y giró la cabeza hacia mi dirección, el señor Benette siguió el movimiento del perro y se incorporó lentamente erigiéndose en toda su imponente altura, sus hombros anchos y su postura dominante tomaron la estancia.
Ocho ojos. Los dos verdes del hombre, los dos marrones del perro y los dos pares de guardaespaldas discretamente apostados en las esquinas de la sala se clavaron en mí al mismo tiempo.
El silencio que siguió fue denso, pesado, aplastante. La calidez del momento anterior se evaporó.
La mirada de Román Benette no contenía la risa de hace un instante, ahora era un abismo oscuro, indescifrable y peligrosamente calculador que me heló hasta los huesos. El corazón me palpitó con fuerza en el pecho, un escalofrío recorriendome la espalda, pero no podía demostrarle temor, si lo hago siento que me descubrira.
¿En qué rayos me he metido?
