Capítulo 21 ¿Una Cita? Parte 2
Nueva York.-
Sienna.-
— Tengo que preguntar… Román ¿Por qué traerme aquí? Y hacer todo esto… disculpe, pero es algo extraño.
— Solo quería hacer algo diferente contigo, Sienna hay una propuesta que quiero hacerte.
Me quedé en silencio sin saber que decir. ¿Propuesta? ¿Qué clase de propuesta? Este hombre iba a volverme loca.
— Pero, primero disfrutemos de la comida el menú esta delicioso –Dijo, sonriéndome, de una manera coqueta y seductora.
Debería estar disfrutando de esto es el sueño de toda mujer, pero el hielo me recorría las venas. El pánico me estaba carcomiendo viva.
La mirada penetrante de Román, fija en mí a través de la llama de la vela, me hacía sospechar lo peor.
¿Lo sabía? ¿Había descubierto que me estaban pagando para destruirlo? La sola idea de que hubiese destapado mi trampa me helaba la sangre.
Y no era solo porque me descubriera, era porque… él comenzaba a interesarme más de lo que quisiera admitir.
Para canalizar la ansiedad feroz que amenazaba con hacerme estallar en sollozos, me dediqué a devorar cada plato que el camarero colocaba frente a mí.
Primero fue la crema de langosta, la consumí en apenas tres bocados.
Luego vino el carpaccio de ternera con trufas, seguido por un filete mignon al vino tinto con espárragos.
Comí con un ímpetu voraz, desprovisto de todo protocolo o delicadez, cortando la carne y llevándome los cubiertos a la boca casi sin masticar.
Necesitaba mantener las manos y la boca ocupadas para no empezar a confesar mis pecados.
Román me observaba desde el otro lado de la mesa, tenía la copa de vino suspendida cerca de sus labios y una ceja ligeramente arqueada. Su rostro esculpido alternaba entre la fascinación desconcertada y una sorpresa divertida.
— Veo que el aire de la ciudad te ha abierto el apetito –comentó con una voz grave que vibró en la brisa.
Tragué el último trozo de carne y me limpié los labios precipitadamente con la servilleta de lino, sintiendo como el rubor me abrasaba las mejillas hasta las orejas.
— Lo siento… –Musité bajando la cabeza con verdadera vergüenza–. Es un defecto terrible, cuando estoy extremadamente nerviosa o estresada, me da por comer todo lo que me pongan enfrente, es una reacción incontrolable.
— No te disculpes –respondió dejando la copa sobre el mantel con un movimiento elegante–. Al menos es una respuesta honesta, y prefiero mil veces verte comer con ganas que tener enfrente a una mujer que manosea la ensalada por pura etiqueta.
El ambiente pareció relajarse un poco, pero la ilusión de la calma duró lo que tarda un cerillo en apagarse.
Román se acomodó en su silla, entrelazó los dedos sobre la mesa y me clavó una mirada analítica cargada de frialdad.
La calidez previa se evaporó. Llegaba el momento de poner las cartas sobre la mesa.
— Pero hablemos de lo que realmente nos trae aquí, Sienna –Dijo con un tono pausado–. Creo que ha llegado la hora de que dejemos las pretensiones de lado, sé exactamente quién es usted.
Mi corazón se detuvo, sentí que todo el aire de mis pulmones era expulsado de golpe y las manos comenzaron a temblarme bajo la mesa.
“Bueno Sienna, es hora del fusilamiento, disfrutaste de tu última cena” Pensé, tragando grueso.
— ¿De… qué habla, señor Bennette? –Articulé, con la voz apenas como un hilo ahogado.
— La he investigado –Continuó sin pestañear–. A fondo, desde el primer día en que se presentó en mi oficina con esa melena pelirroja y esos ojos asustados, supe que no era una simple solicitante de empleo.
Me puse rígida, lista para ponerme en pie y salir corriendo hacia las escaleras, esperando la acusación directa sobre el señor Gross o el tal Hassan, los pagos en mi cuenta y la conspiración.
— Sé que estuviste casada con Oscar Harn –prosiguió manteniendo una serenidad escalofriante–. Sé que el desgraciado te despojó de todo lo que tenía, dejándote con hipotecas impagables y deudas bastantes elevadas con abogadas, sé que se encuentra en quiebra y desesperada.
El pánico se transformó de golpe en un estupor desorientador, me quedé petrificada, mirándolo con los ojos abiertos de par en par. No mencionó a Gross ni a Hassan, no habló de ese contrato solo de mis deudas.
— Señor Bennette, yo… –traté de articular mi defensa, muerta de miedo por no saber hacia dónde se dirigía todo esto–. Puedo explicarlo, mi vida privada no afecta en nada mi desempeño profesional…
— Tranquilízate, Sienna y recuerda, puedes llamarme Román –interrumpió alzando una mano con sobriedad –No te traje a Nueva York para despedirte, ni para juzgarte, le estoy diciendo todo esto porque he tomado una decisión, voy a ayudarla, voy a saldar cada una de sus deudas.
Mi mente entró en un cortocircuito.
¿Ayudarme? ¿El hombre frío y arrogante al que todos temían quería rescatarme de la ruina?
Antes de que pudiera asimilar el impacto de sus palabras, una melodía suave y lenta de jazz empezó a sonar. Román se puso de pie con una elegancia imponente, rodeó la mesa y me extendió su mano abierta.
— Bailemos –Pidió.
Aún en estado de shock, me puse de pie sin oponer resistencia, coloqué mi mano sobre la suya, sintiendo el contraste de su piel cálida y firme contra la mía. Me guió hacia el centro de la terraza.
Colocó su mano derecha en la parte baja de mi espalda, pegándome a su torso con una firmeza cortándome el aliento.
Comenzamos a movernos al ritmo pausado de la música. La cercanía de su cuerpo, su perfume de madera de cedro y la presión de su pecho contra el mío hacían que mi mente fuera un caos.
— ¿Qué más sabe de mí?
— Sé que eras escritora –respondió acariciando suavemente mi espalda con la yema de sus dedos –Sé que escribiste una novela magnifica antes de que te dejaran en la ruina. Ya no te preocupes por eso yo me encargaré.
— ¿Por qué haría algo así por mí? –Murmuré sintiendo que la brecha entre nosotros se acortaba con cada paso del baile.
— Porque podemos ayudarnos mutuamente –Dijo inclinándose hacia a mí.
Su aliento cálido rozó mi mejilla, enviando una descarga eléctrica directa a mi vientre, la proximidad se volvió sofocante, erótica y adictiva. Su mirada bajo a mis labios y unió sus labios a los míos en un beso denso, caliente y apasionado.
Solté un gemido ahogado contra su boca respondiendo el beso con una entrega salvaje. Nos separamos despacio, respirando con dificultad.
— Te ayudaré con cada dólar que debas, Sienna –confesó en voz baja–, pero a cambio debes aceptar ser mi amante, exclusiva y totalmente mía.
