Capítulo 22 Acepto…

Sienna.-

Las palabras de Román flotaron en el aire helado de la noche, suspendidas con la densidad de una condena.

“Debes aceptar ser mi amante, exclusiva y totalmente mía”

El impacto de la frase fue tan violento que sentí como si el piso se abriera bajo mis pies. La mezcla de placer y confusión que el beso había sembrado en mi interior se evaporó en un segundo, dejándome una sensación amarga en la garganta.

La sangre me ardía en las orejas, mi reacción inmediata fue de puro rechazo, intenté dar un paso atrás despegar mi cuerpo del suyo y soltarme del su agarre para poner distancia entre los dos.

Sin embargo Román no lo permitió.

Su mano en mi cintura se volvió de hierro, sosteniéndome firmemente pegada a su torso, su otra mano subió con delicadeza, pero con una fuerza implacable hasta la parte posterior de mi cuello aprisionándome entre sus dedos.

No había violencia en su  movimiento, pero sí una autoridad aplastante que me impidió dar un solo paso. Se inclinó hasta que sus labios rozaron el lóbulo de mi oreja, su aliento cálido me provocó un escalofrío involuntario mientras me susurraba con una voz pausada, ronca y cargada de una sensualidad peligrosa.

—   No intentes huir Sienna –dijo muy cerca de mi piel–. Escúchame bien antes de juzgarme, esto es exactamente lo único que puedo ofrecerte, no soy un hombre de matrimonio, ni de compromisos románticos… ya no, la primera vez que me dejé llevar por los sentimientos todo se convirtió en una pesadilla y no te voy a vender cuentos de hadas que no puedo cumplir.

Tragué saliva con dificultad, intentando recuperar el aire que su cercanía me robaba. Mis manos apoyadas contra su pecho de manera defensiva podían sentir el latido rítmico y potente de su corazón.

—   Esto es una… locura –logré articular en un hilo de voz nervioso.

—   No es una locura, es una transacción donde ambos ganamos –continuó moviendo sus labios por el contorno de mi mandíbula sin llegar a besarme, martirizando mis sentidos –Si aceptas mi propuesta no solo saldaré cada una de sus deudas en Nueva York hasta el último centavo, te tendré como una reina, tendrás todo lo que necesites, el apartamento que desees, la vida que te mereces para retomar tu carrera de escritora sin la sombra de tu pasado.

Hizo una breve pausa, su pulgar acarició la línea de mi mentón obligándome a alzar la cara para fijar mis ojos en los suyos, esos abismos verdes brillaban con deseo, exento de cualquier rastro de sentimentalismo.

—   Lo único que te pido a cambio es la más absoluta discreción –sentenció con seriedad–. Nadie puede enterarse de la naturaleza atípica de nuestra relación, todo quedará estipulado por escrito en un contrato formal y quiero que te quede muy claro algo el día que elijas acabar con el acuerdo te liberaré sin objeciones, ni rencores, será un contrato estrictamente sexual, un acuerdo en el que ambos busquemos placer y nos divirtamos sin complicaciones sentimentales de ningún tipo.

Me quedé completamente en silencio.

Las palabras se me atascaron en la garganta, incapaz de articular una sola frase coherente.

Por dentro, una punzada amarga y sutil de desilusión comenzó a florecer en lo más profundo de mi pecho.

Era un pensamiento absurdo, ridículo y patético, pero no pude evitar cuestionarme a mí misma.

Roman Benette era el primer hombre que despertaba en mí un deseo tan voraz y visceral en mucho tiempo, el primer hombre cuyos besos lograban hacerme olvidar el infierno que pasé con Oscar.

Saber que para él yo no era más que una cara bonita, un cuerpo deseable y una transacción conveniente. Una mujer con la cual entretenerse entre las sábanas para saciar su fetiche por las pelirrojas… dolía de una forma que no estaba dispuesta a admitir en voz alta.

Pensé en la ironía de la situación, pasando los últimos días aterrada por la idea de ser descubierta y sin embargo estaba allí… él mismo ofreciéndome la llave de entrada de su vida privada en bandeja de plata. Tendría la oportunidad perfecta para buscar las pruebas que me exigían y así descubrir la verdad.

Sostuve su mirada ardiente. Había alcanzado mi objetivo. Lo había seducido.

—   Acepto –pronuncié finalmente, logrando que mi voz sonara firme y desprovista del temblor que me carcomía por dentro.

Una chispa de satisfacción y triunfo cruzó por los ojos de Román, su agarre se suavizó ligeramente, pero no me soltó.

—   Una decisión inteligente, señorita Harris –murmuró rozando sus labios contra mi comisura.

—   Acepto con una condición –Agregué, colocando un dedo sobre su pecho para frenar su avance–. Quiero que el acuerdo comience desde mañana y que todo quede por escrito tal como dijo.

—   Ya tengo el documento listo –Aseguró con una sonrisa ladina que me erizó los bellos del brazo.

Nos separamos despacio, la distancia física me permitió recuperar el aliento aunque la turbulencia en mi interior era cada vez más caótica.

Román unió nuestras manos entrelazando nuestros dedos, mientras volvíamos a la mesa. Le pidió al camarero dos copas de champagne y no pude evitar observarlo con una mezcla de fascinación y temor.

Una duda siniestra comenzó a carcomerme la cabeza, la facilidad con la que proponía comprar mi cuerpo y mi voluntad a través de un documento legal me dejaba aterrada.

Cuestioné en silencio su moralidad, si era capaz de mirar a una mujer a los ojos, calcular su desesperación económica y ofrecerle con fría elegancia un contrato de servidumbre sexual disfrazado de rescate… ¿De qué más sería capaz un hombre como él?

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