Capítulo 25 Marejada De Sensaciones

Sienna.-

Escuchar la explicación de Román sobre esa mujer eliminó todas las dudas que tenía o más bien miedo.

Cuando se habla de “fetiches” para muchos es como algo perverso o retorcido, no voy a negarlo sentí miedo de que este hombre tuviera gustos… peculiares además de gustarle las pelirrojas.

Pero, ahora comprendo que solo ha sido víctima de los ataques de todo el mundo, culpándolo por algo que solo fue decisión de esa mujer. Y tampoco voy a negar que me agradó que quiera de alguna manera protegerme de su familia.

Luego de poner mí firma sobre el contrato, me cayó el veinte de lo que sería a partir de hoy.

La amante de Román Bennette.

—   ¿Y ahora qué? –pregunté mientras le extendía el contrato sobre la mesa, él parecía sorprendido por haber firmado.

Román extendió su mano hacía a mí, me levanté de la silla tomando su mano me sentó sobre su regazo mi cuerpo vibró al contacto con su cuerpo, tomó un mechón de mi cabello lo posicionó detrás de mí oreja. Su mirada era intimidante, penetrante que me ruborizaba, sus dedos se movieron hasta mi mejilla deslizó la yema de su dedo por mis pecas.

—   Ahora consumamos el contrato –acercó su rostro al mío, sus labios sellaron los míos en un beso lento, pero muy intenso tome su rostro entre mis manos y respondí al beso con la misma pasión –Lo haremos esta noche, quiero que sea especial y hacerte sentir como una diosa, alístate que nos vamos de compras.

Finalizó dejando un beso rápido en mis labios, dejándome con los labios ardiendo.

(…)

El auto se detuvo frente a una fachada discreta en una de las avenidas más exclusivas de la ciudad.

Al descender Román me guió de la cintura hacia el interior de la boutique.

Para mi sorpresa, la tienda estaba sin un solo cliente, tampoco había vendedores solo un letrero en la puerta que anunciaba que el establecimiento permanecía cerrado por un evento privado.

Al caminar entre los exhibidores, mis mejillas ardieron al instante. Los maniquíes vestían conjuntos de lencería de encaje transparente, arneses de piel suave, ligueros diminutos y corsés diseñados para acentuar cada curva.

En las vitrinas de cristal se alineaban aceites aromáticos y juguetes eróticos de diseños sofisticados, la vergüenza me oprimió el pecho ante la crudeza de la escena.

—   ¿Qué hacemos aquí? –pregunté en un susurro retenido girándome hacia él.

Román curvó los labios en una sonrisa lenta y autoritaria que hizo que mi vientre se contrajera de inmediato.

—   La respuesta es obvia, Sienna –respondió con voz grave dando un paso hacia mí para reducir la distancia–. Si vamos a cumplir las cláusulas de nuestro acuerdo, debes conocer exactamente lo que me gusta ver en una mujer antes de llevarla a la cama, explora el lugar y escoge lo que te llame la atención.

Tragué saliva, intentando mantener la compostura mientras mis manos temblorosas recorrían los percheros.

Con cierta timidez, elegí un par de piezas de seda en tonos oscuros, elegantes y de cortes clásico, aunque innegablemente sensuales.

Román por su parte caminó con paso firme hacia otra sección, seleccionando conjuntos diminutos de encaje rojo y negro, apenas unidos por finas tiras elásticas que no dejaban nada a la imaginación.

Juntó mis selecciones con las suyas y me dirigió con una mirada imperiosa hacia la zona de los probadores.

—   Entra –ordenó, señalando la cortina–. Pruébate cada uno de los conjuntos, quiero ver como se ajustan a tu cuerpo.

Mis piernas temblaron al deslizar la cortina, con el corazón martilleándome las costillas, me despojé de la ropa de calle y me coloqué el primer conjunto.

Un arnés de encaje negro con aberturas estratégicas que él seleccionó.

Al correr la cortina para salir la mirada de Román se oscureció al instante, sus ojos recorrieron mis pechos, mi cintura y la curva de mis caderas con un apetito tan salvaje y hambriento que el aire de la estancia pareció consumirse por completo.

Aquella reacción sin filtros despertó en mí una ola inesperada de seguridad y poder.

Regresé al probador para ponerme el segundo conjunto, una pieza aún más diminuta de seda roja que apenas cubría lo indispensable.

Justo cuando estaba a punto de descorrer la cortina para mostrárselo, la tela se avió y Román se deslizó dentro del probador cerrando el espacio a nuestras espaldas.

Traía las manos ocultas tras la espalda y su presencia imponente llenó por completo el pequeño espacio repleto de espejos.

—   Cierra los ojos –ordenó en un susurro rasposo que resonó directamente en mi oído.

Obedecí sin dudar.

El roce del aire fresco sobre mi piel desnuda se intensificó cuando sentí sus labios asentarse en la curva de mi cuello, depositando besos lentos y húmedos que me sacudieron de pies a cabeza.

Sus manos comenzaron a delinear el contorno de mis caderas, subiendo por mi torso hasta ceñir mi cintura con firmeza.

De pronto, un zumbido tenue y constante rompió el silencio del probador, un escalofrío me recorrió la espina dorsal cuando aproximó un pequeño aparato vibrador de silicona a mi piel.

Comenzó deslizándolo suavemente por la curva de mi cuello descendiendo en trazos tortuosos por mi pecho, la vibración continua enviaba descargas eléctricas directamente a mi centro.

—   Abre los ojos y mírame en el espejo –murmuró contra mi oreja, sin detener el recorrido del juguete.

Abrí los ojos y me topé en el reflejo con la imagen de Román erguido detrás de mí observando mi reacción con una intensidad devoradora.

Su mano guiaba la punta del vibrador hasta rozar uno de mis pezones, rígido por la excitación y la tela transparente del encaje.

Ahogué un gemido agudo al sentir la fricción directa sobre la carne sensible, la pulsación del aparato combinada con la presión de su cuerpo contra mi espalda baja amenazaba con derribarme.

—   Eres exquisita, Sienna –gruñó, acentuando la presión el vibrador sobre la zona endurecida mientras su otra mano bajaba con lentitud por la seda roja colándose entre mis muslos–. Dime si te gusta cómo se siente.

—   Sí… Dios, Román, sí –jadeé, arqueando la espalda involuntariamente hacia su torso para buscar más contacto.

La vibración descendió por mi estómago, bordeando mi ombligo hasta posarse justo en la seda húmeda de mi intimidad, desatando una oleada de placer que me obligó a aferrarme a sus antebrazos para no caer al suelo.

De repente él se detuvo.

—   Quise darte un abrebocas de lo que vivirás conmigo –Susurró en mi oído, mientras mi cuerpo buscaba recuperarse de esa marejada de sensaciones.

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