Capítulo 3 La Tentación Tocando A La Puerta

Román.-

El sonido de la puerta al abrirse interrumpió la única tregua que me permitía durante el día.

Los minutos a solas con Eros el único ser en este maldito edificio que no quería sacarme una tajada de poder o dinero. Me puse de pie, preparado para reprender a quienquiera que hubiese osado a interrumpirme.

Pero, el aire se me congeló en la garganta en el preciso momento en que mis ojos se posaron en la mujer que se encontraba de pie en el umbral de la puerta.

Aquella cabellera pelirroja cayendo en cascada, la tez pálida salpicada por diminutas pecas en el puente de la nariz y la forma en que sus labios se entreabrían con vulnerabilidad me asestaron un golpe directo al estómago.

La imagen de Eliza vino a mi mente como una ráfaga de viento helado, trayendo consigo el dolor de la pérdida y la culpa destructiva que llevaba un año arrastrando.

¿Eran ideas mías o era la mujer del aeropuerto?

Sentí una punzada brutal en el centro del pecho, su sola presencia era un recordatorio viviente de mi mayor fracaso y de un amor que casi me destruye por completo.

—  Soy la aspirante al puesto de asistente señor Benette –murmuró intentando mantener la compostura aunque el temblor en su voz delataba su nerviosismo.

El instinto de supervivencia tomó el control de inmediato, decidí en ese mismo segundo que la odiaría… me obligaría a odiarla. La distancia fría y el desprecio serían mi único escudo defensivo contra la amenaza que ella representaba para mi cordura.

—  Ustedes dos fuera –le dije a mis guardaespaldas, quienes obedecieron mi orden de inmediato, extendí mi mano–. Su solicitud –exigí, ella apenas dio medio paso su mano tembló al ofrecerme su documentación.

Miré la solicitud, tenía una formación impecable y las referencias eran correctas, pero nada de eso importaba en comparación con el peligro que ella representaba para mi autocontrol.

Quería despedirla y echarla a la calle antes de que su aroma a jazmín y vainilla impregnara mi oficina. Sin embargo algo en la firmeza de su mirada a pesar de su miedo evidente encendió una chispa de rabia en mi interior.

No le daría el gusto de huir, ni a ella ni a mis propios fantasmas, la mantendría bajo mi supervisión directa, pegada a mí para recordarme a diario que no debía volver a tropezar con la misma piedra.

—  Aceptada –Dije bruscamente, rodeando el escritorio para sentarme en mi silla, seguido de cerca por mi perro–. El puesto de asistente es suyo, empezará de inmediato, su escritorio está justo afuera de esta puerta, quiero informes diarios, mi agenda debe ser coordinada con el más extremo orden y no tolero ni los errores… ni las distracciones.

Mencioné esto último al darme cuenta que Eros había colocado su cabeza sobre su regazo. Ella no pudo evitar acariciar sus orejas.

Perro regalado.

—  Lo siento, señor es que no puedo evitarlo también tengo una golden retriever, muchas gracias señor Benette no lo decepcionaré.

—  Ya veremos –sentencié sin mirarla fijando la vista en la pantalla de mi ordenador para dar por terminada la interacción–. Puede retirarse a su puesto, la recepcionista le entregará las credenciales.

—  Adiós, pequeño –susurró al despedirse de Eros.

—  ¡Eros! –bramé causando que ella diera un brinco antes de salir.

Cuando la puerta se cerró tras ella, me dejé caer en el espaldar de la silla pasándome las manos por la cara, soltando un suspiro pesado, Eros apoyó su hocico en mi rodilla emitiendo un gruñido bajo de simpatía.

Sienna era una tentación andante, su cuerpo curvilíneo y contorneado por esa falda ajustada producía en mi anatomía una reacción caliente y primitiva que me enfurecía.

Pero no podía darme el lujo de bajar la guardia, la voz de la abuela resonó en mi mente con la fuerza de una orden militar.

“Cuidar el secreto es lo más importante, si el mundo supiera lo que realmente eres y la verdad detrás de esta familia, todo el imperio Benette se iría a la mierda”

Apreté los puños sobre la mesa hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

Nadie podía acercarse lo suficiente para desentrañar las sombras que ocultaba tras la fachada del magnate despiadado. Ni siquiera la pelirroja de ojos desorbitados que hacía que mi corazón latiera con una fuerza que creía extinta.

Eros gimió brevemente con su hocico en mi rodilla, bajo la mirada acariciando su cabeza.

— No podemos volver a pasar lo mismo, amigo mío el amor casi nos destruye la vez anterior y toso resultó muy mal no solo para nosotros sino para ella ¿Lo recuerdas? —Le pregunté a Eros como si él pudiera responderme.

Ahora la llegada de Sienna, es como si fuera un castigo por todos mis errores, no puedo ceder, simplemente no puede ceder.

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