Capítulo 4 ¡Qué Calor!
Sienna.-
Ni siquiera había terminado de cerrar la puerta cuando la recepcionista me esperaba con una cámara fotográfica, mi escritorio ya estaba colocado con todo lo necesario para realizar mi trabajo en tiempo record.
Ella me explicó todo, como le gustaban las cosas al jefe, como conectar en mi Tablet la agenda de Román Benette a su ordenador hasta como le gusta que le traigan el café.
— Esta área como puedes ver no posee cámaras de seguridad, el señor Benette es sumamente celoso por su privacidad, te aconsejo que no traigas a nadie a tu puesto de trabajo ni siquiera de esta empresa si no quieres ser despedida inmediatamente, aquí tienes tu contrato, léelo y fírmalo para llevarlo a recursos humanos.
Colocó el documento frente a mí me parece estar teniendo un deja vu.
¿Es legal firmar dos contratos casi al mismo tiempo? Comencé a sentirme mareada. Fingí leer el contrato hasta que mis ojos se detuvieron en la cifra que comenzaría a ganar a partir de hoy, era mucho más de lo que me estaba pagando el señor Gross.
Rápidamente comencé a transpirar, sintiendo la culpa aplastarme como a una cucaracha.
— ¿Está todo bien? –preguntó la mujer esperando por mi firma en el trozo de papel, definitivamente deja vu.
— Sí, sí solo me sorprendió la remuneración.
— Eres asistente de presidencia, en este puesto se gana muy bien si haces bien tu trabajo y las cosas como le gustan al señor Benette estarás bien –sus palabras se oían muy fácil de comprender siempre y cuando no estuvieras en mi cabeza.
— ¿Puedo preguntarte que le pasó a la otra asistente?
— Simple, se enamoró del señor Benette –escupió, sin rodeos, parpadeé sorprendida–. Te tomaré la foto para tus credenciales, recuerda cuidarlas con si fueran tu vida y está es la llave de la oficina del jefe, siempre llévala contigo y no la descuides por nada del mundo.
— Esto parece como si fueras la custodia en una prisión –bromeé, aunque lo hice más para calmar mis nervios.
— Este tipo de personas es muy cuidadosa con su privacidad, pagan para protegerla uno solo debe hacer lo que ellos te piden, enviaré con un mensajero tus credenciales, apenas las recibas lo despachas no lo dejes más de dos minutos aquí, el señor Benette lo sabrá.
— ¿Cómo si no hay…?
— ¿Conociste a Eros? –Asentí y ella sonrió, dándome la respuesta–. En esta aplicación, puedes escribir al restaurante están las opciones y aquí tienes marcadas los desayunos, los almuerzos y las meriendas del señor Benette, tú también puedes solicitar los tuyos, después de todo no podrás moverte de aquí.
— ¿No podré salir a comer?
— Si el señor Benette amanece de buenas, tendrás suerte, nos vemos y Bienvenida a la empresa Benette.
Miré la puerta de su oficina, luego bajé la mirada hacia la llave que debía proteger como a mi propia vida. Una vida que iba a perder si llegaban a descubrirme.
Me acomodé en la silla ajustando mi postura para disimular el temblor involuntario de mis manos.
¿De verdad pensaba que podría seducir a un hombre como él?
La pregunta me martilleaba las sienes como si fuera un taladro.
Ese hombre no solo parecía ser distante, emanaba un aura de odio hacia mí desde el primer segundo en que crucé la puerta.
Su trato conmigo fue helado, cortante, reducido a órdenes directas transmitidas con un tono que roza el desprecio.
Aunque ya sabía cómo llegarle, ama a los perros como yo.
— Quizás…
Estuve trabajando toda la tarde poniéndome al corriente, con la agenda del señor.
Quería avisarle a Mabel que ya conseguí el empleo, pero no quería tentar a mi suerte, de que me descubrieran. Porque iba a ser mi cadáver el que amaneciera tirado en el lago Erie.
— Así que tú eres la nueva asistente del jefe –un chico con mirada pícara apareció frente a mi escritorio sacándome de mi concentración–. Eres Sienna.
— Así es supongo que tienes mis credenciales –Las extendió y luego las retrajo.
— Te las entregaré si me das un beso en la mejilla –me coloca el cachete, para que lo besara.
— ¡¿Te pago para que le estés pidiendo a las mujeres besos?!
El chico pegó un salto que casi lo hace llegar al techo como gato en mansión embrujada y más atrás yo. No se sabría decir quien estaba más pálido si él y yo.
El señor Benette se encontraba apoyado en el umbral de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho.
— No… no señor vine a traerle las credenciales a la señorita –explicó tartamudeando.
— ¿Y para entregar las credenciales tienes que estar pidiendo besos? –Benette dio un paso hacia el chico quedando a pocos centímetros de él, donde la diferencia de tamaño era más que evidente con un solo coquito mi jefe plantaría en el piso al pobre mensajero.
El chico echó su cabeza hacia atrás, con los ojos desorbitados del miedo.
— S…s…solo era una pequeña broma, jefe.
— ¿Entonces te pago para ser comediante? –Negó en silencio–. Largo.
El tono de voz que utilizó nos hizo temblar a ambos. El chico me dejó torpemente las credenciales sobre el escritorio, sin mirarme y huyó por el pasillo despavorido.
En ese momento deseé que el chico me llevara con él.
— Y usted –di un respingo cuando su rostro estaba muy cerca del mío–. No lleva ni un día y ya anda de coqueta con los demás empleados, no pareciera que quisiera este trabajo.
— P…pero si yo no hice nada –fue lo único que pude mascullar, sus ojos se entornaron mirándome fijamente, su rostro estaba muy cerca del mío su aliento chocando con el mío.
— Y recuerde que esta es una empresa sería no en una casa de modas –comenta bajando la mirada escaneándome por completo.
— ¿Quiere que venga en jeans y zapatillas? –Mi cerebro seguí obligándome a decir cosas estúpidas.
Él no me respondió, solo se alejó sin decir nada más azotando la puerta que me hizo saltar de la silla.
Me abaniqué con la mano, después de este encuentro, sus ojos mirándome.
— Ave María purísima, ¡Me dio calor!
