Capítulo 5 Hoy Toca Pantalones...

Sienna.-

El calor de la oficina era sofocante, casi destructivo.

La luz tenue del atardecer se filtraba entre los ventanales de la presidencia, tiñendo el espacio de un matiz cobrizo y…pecaminoso.

Mi jefe se encontraba inclinado sobre su escritorio, pero esta vez sus ojos no ardían con el desprecio que me demostró el día de ayer, sino con un deseo salvaje y sin frenos

Con un movimiento brusco y dominante, me atrajo a él por la cintura, pegando mi cuerpo al suyo hasta que no quedó ni un solo milímetro de aire entre los dos.

Sentí el roce duro de su torso musculoso contra mis pechos erguidos, la presión implacable de sus manos grandes quemando la piel de mis muslos mientras me elevaba para sentarme sobre la fría madera de su escritorio.

—   Dime que quieres que te haga mía, Sienna –murmuró con una voz tan grave y rasposa que me provocó un estremecimiento violento en la parte baja de mi abdomen.

Su boca descendió con hambre sobre mi cuello, devorándome, succionando la piel sensible mientras sus dedos desabrochaban uno a uno los botones de mi blusa.

El contraste entre la frialdad de su costoso reloj de acero y el calor ardiente de sus manos recorriendo mi pecho me hizo jadear de placer, un gemido involuntario se me escapó de los labios cuando los suyos encontraron los míos en un beso hambriento, posesivo cargado de un erotismo primitivo.

Su lengua reclamó la mía sin pedir permiso, mientras su mano libre se deslizaba por debajo de mi falda, subiendo lentamente por la parte interna de mis muslos hasta rozar la humedad de mi ropa interior.

La fricción era tan intensa, tan… dolorosamente perfecta, que arqueé la espalda contra su pecho buscando más sintiendo que rozaba el clímax…

Pero, un pitido estridente rompía la atmosfera.

Abrí los ojos de golpe, desorientada y con el corazón palpitando contra mi pecho a una velocidad peligrosa. Mi pecho subía y bajaba agitadamente mientras una fina capa de sudor cubría mi frente y mi cuello.

El aire del sótano se sentía helado en comparación con el fuego ardiente que aún me quemaba entre las piernas. Giré la cabeza hacía la improvisada mesa de noche donde la pantalla de mi teléfono parpadeaba con la alarma del tercer aviso. 7:45 a.m.

—   ¡Maldición! –exclamé en un susurro desesperado, apartando las cobijas de un manotazo –Athena ¿Por qué no me despertaste antes?

Mi perra inclinó su cabeza a un lado y luego volvió a echarse sin hacerme caso.

Corrí al baño solo me quedaban cuarenta y cinco minutos para poder llegar a tiempo. Recordé sus palabras el día anterior odiando mi bello traje así hoy opté por llevar pantalones.

Mi madre se encontraba en la cocina, tarareando una melodía su actitud distante y crítica había desaparecido.

—   Buenos días, hija –Dijo con una sonrisa radiante que me tomó por sorpresa, Athena y yo cruzamos miradas un tanto confundidas–. Te he preparado el desayuno, esto te dará un buen día.

—   Gracias mamá, pero no me queda tiempo –dije tomando apresuradamente una tostada y dando un trago rápido al café caliente que me quemó la lengua –Nos vemos en la tarde, adiós Athena ¡Te amo!

—   ¡Oye! ¿Y a la mujer que te dio la vida y te preparó el desayuno, qué?

—   ¡Mamá yo también te amo!

El recorrido a la empresa fue un tortura, hoy el día estaba caluroso llegaría hecha un asco y lo peor cada vez que cerraba los ojos, la sensación de las manos de Román sobre mi piel volvía a manifestarse con una claridad escalofriante.

—   Hoy no era un buen día para llevar tacones de diez centímetros –me di la oportunidad de respirar cuando entré en el ascensor –Santo niño de atoche, que mi jefe no haya llegado, te lo ruego, te lo ruego–. Supliqué con las manos juntas, cuando el sonido del ascensor anunció salí corriendo casi dejándola marca de mi cuerpo en las puertas de metal.

Mi pies se negaban a dar un paso más, cuando llegué a mi escritorio miré la puerta.

—   ¿Habrá llegado? –Me atreví aún sin aliento a girar la manija de la puerta se encontraba cerrada–. Creo que por hoy me salvé.

Traté de poner mis pensamientos en orden, fue cuando una punzada de culpa me golpeó el pecho por haber tenido semejante sueño con el hombre al que suponía debía delatar.

Sin embargo no podía evitar revivir cada detalle del sueño, el calor de su boca, la presión de sus dedos, la mirada oscura…

De repente el sonido de unos dedos secos de unos dedos tronando justo frente a mi rostro me sacó bruscamente de mi trance. Di un respingo, ahogando un grito que pareció más un gemido.

Al alzar la vista, me topé directamente con el rostro esculpido y duro de mi jefe, llevaba las manos en los bolsillos de su pantalón, su  mirada verde me escudriñaba con una frialdad tan cortante que sentí como si me hubiese arrojado un balde de agua helada sobre la cabeza.

—   Hasta que por fin se dignó a llegar, señorita Harris ¿Dónde está mi café? –preguntó con un tono cargado de un desprecio absoluto.

—   Señor Benette… yo… llegué… dos minutos antes lo siento –Balbuceé sintiendo como el rubor me abrasaba las mejillas–. Estaba… estaba… iré por su café.

Salté de la silla tropezando contra su pecho, nuestras miradas se cruzaron, nuestros aliento chocando.

—   Mi café –emitió un gruñido bajo, se giró sobre los talones y entro a su despacho cerrando la puerta con un golpe seco.

El pulso se me aceleró aún más, en ese momento un mensaje apareció iluminando la pantalla de mi celular.

<<Espero que ya estés instalada, necesito el primer reporte hoy mismo, averigüe sobre sus reuniones fuera de la empresa, no nos haga perder el tiempo. –Gross>>

—   Así que tú eres la nueva adquisición de mi nieto –La voz firme y madura me hizo levantar la cabeza de golpe, frente a mí se encontraba una mujer mayor con una elegancia intimidante.

Sus ojos oscuros y afilados me escaneaban de arriba abajo deteniéndose con una lentitud pausada en mi cabello pelirrojo.

—   Buenos días –Logré decir poniéndome de pie de inmediato–. ¿Usted es…?

—   Sé perfectamente quien soy jovencita, la pregunta es quien eres tú y qué haces exactamente en este piso, hacía mucho que Román no contrataba a una mujer con tu… perfil particular.

—   Soy Sienna Harris, la nueva asistente del señor Benette –Respondí intentando que mi voz no temblara bajo el peso de su escrutinio.

Su mirada no era simple curiosidad, era una inspección cargada de una sospecha latente que me heló la sangre, sentí que podía ver a través de mi traje, de mi sonrisa falsa.

—   Quiero un café latte con leche de avena sin azúcar estaré con mi nieto –Entró a la oficina sin apartarme la mirada de encima.

—   Enseguida se lo llevo.

Comencé a sentir la presión asfixiándome por dos frentes distintos en este juego peligroso.

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