Capítulo 6 Mi Punto Débil

Román.-

¡Maldita sea!

Es un tortura física, constante e implacable, cada vez que estoy cerca de Sienna mi cuerpo reacciona de una manera salvaje, casi primitiva mi pulso se acelera, la piel de mi nuca se eriza y una presión caliente y exigente se instala en mi ingle con una fuerza que jamás he experimentado.

Ayer estuve a punto de despedir al mensajero solo por atreverse a pedirle un beso. Ni siquiera con las más mujeres más cotizadas de la alta sociedad o con las pocas amantes había sentido esta reacción visceral y descontrolada.

—   Y solo llevamos un día –susurré con la voz llena de frustración.

Trato de racionalizar, esta explosión de emociones.

Sé cuál es mi punto débil. El cabello pelirrojo, la piel pálida aderezada con pequeñas pecas y esa mezcla entre inocencia y sensualidad siempre han sido mi fetiche reprimido.

Quería convencerme de que Sienna es solo eso, una fantasía visual un cliché viviente que encajaba a la perfección con mis gustos más oscuros. Un capricho biológico que seguramente desaparecería en cuanto el impulso inicial se consumiera.

Pero, me estaba mintiendo a mí mismo, hay algo más en ella un enigma indescifrable que me atraía como polilla hacia las llamas.

El sonido seco de algo golpeando contra el suelo me sacó de mis pensamientos. Era ella mi abuela Nancy Bennett, no traía buena cara y ya sabía porque.

—   Acabo de ver tu nueva adquisición –disparó sin rodeos, caminando por mí oficina inspeccionando cada detalle de su dominio, Eros se levantó de su puesto acercándose a ella, pero recibió indiferencia de su parte–. ¿Se puede saber en qué estás pensando?

—   Buenos días para ti también, abuela –respondí con la voz neutra, recostándome contra el respaldo de la silla–. Supongo que tu visita no es social.

—   Vine para informarte que la denuncia que impuso sobre ti el padre de Mabel ha quedado finalmente sin efecto y lo que dijo el médico, pero me encuentro con la sorpresa de que tenemos nueva asistente ¿Pelirroja? ¿Otra vez? ¿Acaso perdiste la memoria o el juicio por completo?

El aire se volvió pesado. Sabía que el tono de Nancy Bennett no solo era una reprimenda, era una advertencia cargada del peso de nuestra historia.

—   La elegí porque está altamente capacitada, además no ha intentado conquistarme –expresé disfrazando mi amargura por esas palabras–. Necesito a alguien eficiente y discreta, creo que ella lo es.

—   ¡No me vengas con esos cuentos! –exclamó alzando la voz lo suficiente para que su tono fuese tajante–. Conozco tus debilidades, mejor que nadie, pareces haber olvidado lo que ocurrió con Eliza, olvidas que una mujer con ese mismo perfil casi destruye esta familia.

El nombre de Eliza resonó en la oficina como un latigazo, sentí una punzada de rabia ardiendo en mi pecho, pero apreté la mandíbula y mantuve la fachada impenetrable.

—   No he olvidado nada, abuela –contesté con frialdad–. Sé, perfectamente qué pasó y sé perfectamente quién soy.

—   Entonces actúa como tal, hasta ahora seguimos sufriendo las consecuencias de las locuras de esa mujer, nos sigue persiguiendo después de su muerte su patético padre buscando sacar dinero de toda esta situación –Sentenció, clavando sus ojos oscuros en los míos–. Sé que eres un romántico, hijo, pero el secreto de esta familia es lo único que importa no creas que eres el único que ha sacrificado parte de su vida. Sabes que si el mundo exterior llega a descubrir lo que se oculta detrás de la familia Bennette todo se iría a la mierda en cuestión de horas, nos encarcelarían, no destruirían.

Guardé silencio durante unos segundos, por más que me doliera admitirlo ella tenía toda la razón.

La sombra de mi pasado seguía acechándome y un solo desliz con Sienna podía costar el imperio que se había levantado a base de sangre, secretos y engaños.

Del que yo era el guardián. Esa obligación que me mantenía solo por llevar el apellido Bennette.

Sabía todo lo que podía perder si cedía a la tentación que trabajaba al otro lado de la puerta de mi oficina.

—   No tienes de que preocuparte –dije finalmente, con un tono firme que buscaba dar por concluida la discusión–. ¿Qué dijo el médico esta mañana? –su expresión cambió, exhaló con desilusión.

—   Sigue con lo mismo, cree que no hay esperanza ya sabes cuál es su sugerencia médica, en fin vine para darte las nuevas noticias espero que por tu bien y el de todos te mantengas alejado de esa tentación.

Cuando la puerta se cerró y me quede de nuevo a solas con Eros, volví la vista hacia la puerta, veía los movimientos de Sienna debajo de la puerta.

Sabía el riesgo, conocía la amenaza y aun así, la urgencia de poseerla y descubrir sus secretos no hacían más que aumentar.

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