Capítulo 7 ¡Ah Sienna!

Sienna.-

No dejaba de mirar esa puerta, me sentí tentada a entrar y seducir a ese hombre sin ningún pudor, sin que nada me importara solo cumplir y ya.

Pero, sobre todo hacer realidad ese sueño.

¿Él será así de ardiente como mi subconsciente lo imagina?

Deja de pensar en eso Sienna. Pero ¿cómo hago si eso es lo que debo hacer?

Tomé los informes que había adelantado, ya se acercaba mi hora de salir y quiero irme de aquí cuanto antes. Pegué las carpetas a mi pecho, y entré sin dudarlo me arrepentí de inmediato recordé tarde la advertencia de mi compañera.

No entres si autorización.

Me armé de valor y seguí entrando a la oficina, Eros estaba echado sobre la alfombra dormido, pero no veía a mi jefe por ningún lado.

De pronto escuché un gemido que provenía del baño además el sonido del agua cayendo. Lo que me pareció extraño, me acerqué caminando de puntitas dejándome guiar por el sonido.

Inocentemente llegué a pensar que le había pasado algo y no podía pedir ayuda. Pero la imagen fue otra cuando me asomé por la rendija de la puerta que estaba entre abierta.

Mi boca casi termina en el suelo, al ver la espalda y el trasero de semejante hombre debajo de la ducha, mientras se daba el mismo placer, detalle las marcas que había en su espalda.

¿Eran latigazos de cinturón? Tenía varios que marcaban su piel de extremo a extremos.

—   ¡Ah, Sienna! –Salí de mi trance cuando lo oí gemir mi nombre, mi cuerpo se paralizó -¡Sienna, si sigue así!

Me cubrí la boca con mis manos, esa sensación de excitación que hacía mucho tiempo no sentía en mi entre pierna, reapareció de repente mientras los observaba masturbándose y llamándome. Tuve que apretar mis muslos, el roce con mi ropa interior y la humedad, estaban haciendo estragos aumentando mi temperatura.

Di un paso hacia adelante, tentada a entrar en esa ducha con él, dejando que mi camisa se mojara mientras mis pechos se adherían a la tela y mis pezones poniéndose duros mientras él los devoraba con su boca por encima de la tela.

Estaba a punto de cometer una locura cuando Eros se levantó de repente terminando de abrir la puerta para entrar al baño. De inmediato salí corriendo antes de que Román me viera, dejé las carpetas sobre su escritorio y huí de la oficina, tomé mi bolsa y desaparecí.

Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse, suspiré aliviada cuando una mano mojada se metió por la puerta impidiendo que se cerrara por completo. Cuando la puerta se abrió Román Bennette estaba parado frente a mí, solo con una toalla amarrada sobre su cintura, su cabello húmedo y despeinado, las gotas de agua cayendo sobre su pecho mojado.

—   ¿No te dijeron que no debes entrar sin mi autorización? –No respondí, no podía quise hacerlo, pero no lograba emitir un sonido, momento que fue aprovechado por él para invadir mi espacio personal en una zancada–. ¿Te gusta mirar?

Siseó muy cerca de mis labios, mi respiración comenzó a agitarse era lo único que se escuchaba entre los dos. Las puertas del ascensor se cerraron.

—   Se…se…señor las… puertas –Balbuceé más que por miedo, era la excitación tan intensa del momento, mi cuerpo estaba incontrolable.

Román levantó la pierna y sin mirar presionó el botón de stop, deteniendo el ascensor atrapándome y sin tener a donde ir.

—   Te hice una pregunta –volvió a sisear está vez más cerca de mi boca que tenía vida propia por mis labios se separaron listo para probar los suyos.

—   Yo… no… vi, yo no vi nada –Confesé finalmente mientras lo miraba a los ojos fijamente y él hacía lo mismo hasta que bajó sus ojos a mis labios entreabiertos.

Las piernas me temblaban, tenía la mente echa un caos por un breve instante la idea de tomar la iniciativa y besarlo cruzó por mi mente.

Pero, cuando justo tomé el valor suficiente para hacerlo, Román se apartó. Marcó el botón y las puertas volvieron a abrirse. Simplemente salió sin decir nada, dejándome confundida y sin aliento.

—   ¡¿Qué carajos fue eso?!

Balbuceé apenas recuperándome, marqué de nuevo el botón. Me urgía salir de aquí.

(…)

Mientras iba camino a mi casa, no dejaba de pensar en lo sucedido con Román.

—   ¿Por qué hizo eso? –Era lo único que me preguntaba. Antes de cruzar el umbral de la puerta debía cambiar mi expresión de calenturienta si es que hay una, porque así me seguía sintiendo después de semejante espectáculo.

La primera en recibirme fue Athena.

—   Hola mi princesa –Me arrodillé frente a ella acariciando su hocico y detrás de su cabeza–. Te extrañé tanto ¿cómo te portaste hoy? ¿Fastidiaste mucho a la abuela?

Sabía que mi madre estaba en la cocina escuchando, quería provocarla un poco.

—   Yo no tengo nietos, mucho menos de cuatro patas –Athena y yo nos miramos, yo intentando evitar no reírme.

—   Hola mamá.

—   ¡Uy tienes una cara! ¿Día duro? –Sentí las mejillas ardiendo cuando dijo esa palabra, la imagen de Román apareció en mi mente, tuve que carraspear mi garganta y centrarme en el ahora.

—   Algo así, pero estoy bien voy a… darme una ducha cenaré luego.

Bajé hasta mi… habitación seguida por Athena. Lancé mi bolsa y me bajé de los tacones para tumbarme sobre la cama, mi perra se subió a la cama recostándose a mi lado.

—   Ay amiga… todo se está complicando, si supieras lo que viví hoy…

Y ese el momento en el que caigo en cuenta que… no le soy indiferente a mi jefe, estaba… haciendo eso mientras decía mi nombre. Mi nombre.

—   Entonces, sí tengo una oportunidad –Sonreí reincorporándome sobre la cama, Athena le gusto, susurré muy bajito enterrando mi rostro sobre mi perra–. Es un alivio saber que por lo menos sigo siendo atractiva para alguien y sobre todo alguien como Roman Bennette.

Era una parte de mí que destruyó Oscar. Mi autoestima, mis ojos se desviaron hacia el libro que escribí hace unos años sobresaliendo de una de las cajas.

Lo tomé “Eco Del Deseo” era un romance, cargado de tensión sexual entre los protagonistas que eran enemigos solo porque sus familias siempre tuvieron una rivalidad. Era difícil entrar en el mundo editorial, la competencia en las historias de romance estuvo muy reñida recuerdo haber llegado a esa editorial con mi manuscrito pegado al pecho, el corazón latiéndome con una fuerza que hasta náuseas me daba. Solo buscaba una oportunidad y la conseguí, pero cometí el error de ceder el control a alguien más…

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