Capítulo 6 Verdades
Me dirigí a la habitación de Adams y cerré la puerta tras de mí, apoyando la espalda contra la madera mientras intentaba recuperar el aliento que Adonis me había robado segundos antes. El silencio del cuarto contrastaba con el martilleo de mi corazón. Adams ya se había quitado los zapatos; descansaba en sus gruesas medias blancas mientras usaba la computadora, operando con una calma que yo envidiaba, acostado cómodamente en su cama entre sábanas revueltas.
—¿Ya te invitó Adonis a su habitación? —soltó de pronto con un sarcasmo afilado, sin despegar la mirada de la pantalla, aunque sus dedos se detuvieron un instante sobre el teclado.
No había sido exactamente así. En realidad, el encuentro se había sentido como un coqueteo eléctrico y, a la vez, como un juego de estrategia donde yo no llevaba las de ganar. Un intenso juego peligroso donde las reglas se escribían sobre la marcha.
—¿A Superman le salió vagina? —pregunté retóricamente, tratando de recuperar mi máscara de indiferencia.
—No, todavía no —respondió él con una ligera sonrisa que apenas curvó la comisura de sus labios.
—Ahí tienes tu respuesta —me dejé caer a su lado en la cama, sintiendo el hundimiento del colchón—. A Superman no le ha salido vagina, Adonis no me ha invitado a su habitación, Donald Trump no usa peluquín...
—Estoy muy seguro de que Trump sí usa peluquín —rebatió él. Dejó la computadora a un lado, cerrando la tapa con un clic seco, y me miró con el ceño débilmente fruncido, analizando mi expresión—. ¿En serio quieres... ya sabes, follar con Adonis? Es decir, no logro comprender a las chicas que, aun sabiendo que un hombre solo quiere sexo sin compromiso, ceden y terminan con el corazón roto.
Giré los ojos hacia el techo. Él tenía razón, y eso era lo que más me irritaba. Algunas chicas se dejaban deslumbrar por esa careta de hombre duro que odiaba el compromiso, alimentando la vana esperanza de que ellas serían "la excepción", las elegidas para domar a la bestia y crear una relación duradera como las de los libros, con un "felices para siempre" envuelto en celofán. Qué ilusas. Un hombre de ese tipo nunca cambia; solo perfecciona su técnica.
Los libros mentían cruelmente, llenándonos la cabeza de fantasías de rescate y redención. Lástima que yo solo logré entenderlo después de que me rompieron el corazón en mil pedazos imposibles de pegar.
—Y tú quieres follar con Cheila, ¿cierto? —refuté, golpeando donde sabía que le dolía. Agregué rápido para cambiar de tema antes de que escarbara más en mis motivos—: Voy a darte unas clases para que te acerques a las chicas sin quedar como un tonto, pero tendrás que hacerme caso en todo lo que te diga, ¿está bien? Es un contrato de confianza, Adams.
Adams analizó mi rostro por unos segundos, buscando alguna señal de broma, hasta que finalmente afirmó con la cabeza, aceptando el trato.
—Hecho —dijo—. Comienzo a creer que eres una hechicera o algo que se le parece.
—No logré graduarme de Hogwarts, lastimosamente —sonreí, aunque la mención del colegio de magia me trajo una punzada de nostalgia por una inocencia que ya no tenía—, pero puedo hacer mi propia clase de magia.
Me levanté de la cama de un salto y lo tomé por los brazos, obligándolo a que se levantara también. Adams soltó un suspiro de resignación y quedó frente a mí, entrelazando los dedos de sus manos en un gesto de pura ansiedad social.
—Primera lección, my friend —dije, tomando sus manos y separándolas con firmeza para que sus brazos cayeran a los costados—. No debes parecer indeciso cruzando los dedos; eso grita inseguridad. Si estás parado como un idiota sin saber qué hacer con las manos, cruza los brazos sobre tu pecho, marca presencia y recuéstate de la pared. Dale un ángulo a tu cuerpo.
Él pareció aceptar mi lección con una seriedad académica y se cruzó de brazos. Al hacerlo, la tela de su camiseta se tensó; podía ver que tenía algo de músculos, una fuerza discreta que no solía presumir... pero no eran como los de Adonis. Aquellos eran puro fuego y exhibición.
Joder, Karol, ya deja de compararlos. ¿Qué pasa contigo? Céntrate.
Adams intentó afincarse en la pared, buscando ese aire de "chico malo y sexy", pero sus pies parecieron enredarse con su propia torpeza y casi termina en el suelo. Tuve que morderne el labio para aguantar una carcajada que habría arruinado el momento.
—Ajá, ya entiendes la idea, más o menos —dije recuperando la compostura—. Ahora, cuando una chica se te acerque, intenta enfocar tu mirada en ella. No la pierdas de vista como si buscaras una salida de emergencia. Sonríele, tan solo un poco, e intenta ocultar esa "cara de culo" un instante.
Alzó una ceja, incrédulo. De por sí, Adams siempre tenía el rostro serio, una máscara de frialdad que lo hacía lucir poco amigable para los extraños. Me acerqué a él, invadiendo su espacio personal, y le hice un poco de cosquillas en los costados para romper su rigidez. Él luchó contra una carcajada genuina y, en un movimiento reflejo, atrapó mis muñecas en el aire.
Uhm. Tenía mucha fuerza. Sus dedos rodeaban mis muñecas con una firmeza que me hizo dejar de reír de golpe.
—Siento que estás usando esto para ofenderme —dijo con la voz un poco más grave—. ¿Quién te volvió una experta en seducción? ¿De dónde sacas toda esta teoría?
Me encogí de hombros, tratando de que el contacto de sus manos no me pusiera nerviosa.
—No soy una experta —dije en voz baja—, pero sé cómo funcionan los seres humanos. Sé qué los atrae, qué los aleja... y qué los rompe.
Adams entrecerró los ojos, escudriñando algo detrás de mis pupilas.
—¿Te ocurrió algo cuando eras niña? —preguntó de la nada.
Uhg. Ya empezábamos con las preguntas de psicólogo de película de domingo. El ambiente se volvió pesado, como si el aire de la habitación se hubiera espesado de repente.
Bajé la mirada, tomando una respiración profunda que me supo a hierro. Como había analizado antes, Adams era un buen observador. Demasiado bueno para mi propio bienestar.
—¿De qué hablas? —me solté de su agarre con un movimiento seco y le di la espalda, caminando hacia la cama para acostarme nuevamente, buscando refugio en la horizontalidad.
—No lo sé, por la forma en la que eres —insistió él, sin moverse de la pared—. ¿Sufrías de bullying en la escuela? ¿Algún mal trato por parte de tus familiares o algo así? Pareces estar siempre a la defensiva, incluso cuando sonríes.
—¿Pero qué estudias tú? ¿Psicología clínica? —solté con acidez—. Haces más preguntas que George el Curioso.
Bien, George el Curioso no hablaba exactamente, pero a él no pareció importarle la imprecisión de mi referencia. Su mente estaba en otro lado, mucho más oscuro.
Adams se acercó y se sentó en la orilla de la cama. Podía sentir su mirada fija en mi perfil, quemando, pero yo me puse una mano sobre los ojos, simulando una indiferencia que se caía a pedazos. Él tocó mi hombro con una suavidad que me dolió. Lo miré apenas, entre mis dedos; lucía desgraciadamente muy interesado en mí, con una chispa de preocupación genuina en sus ojos.
—¿Violación?
Joder. La palabra cayó como una granada en medio de la habitación. El mundo se detuvo un segundo.
—Eres una persona muy indiscreta, Adams —dije sin ocultar mi tono osco, sintiendo cómo una capa de hielo me recubría la piel—. ¿Tus padres nunca te dijeron que ese tipo de preguntas no se hacen? Hay límites que no se cruzan.
—He leído tantos libros que creo que puedo leer a las personas a través de sus grietas —dijo él, bajando la voz—. Perdón si me he vuelto un poco indiscreto, pero no puedo evitarlo.
¿Un poco? No, my friend, mucho. Demasiado.
Fruncí los labios y clavé la vista en el techo, concentrándome en las pegatinas de estrellas y lunas que brillaban débilmente allí arriba. Me pregunté cuánto tiempo llevarían pegadas, si habrían visto a otros niños crecer en esa habitación.
—Entonces... ¿vas a decirme? —insistió Adams, rompiendo mi trance—. ¿Abusaron de ti cuando eras pequeña?
Tragué saliva pesadamente, sintiendo una opresión en la garganta que me impedía respirar con normalidad. Me senté en la cama, quedando a su altura.
—No responderé a esa pregunta —dije en un hilo de voz, casi un susurro que se perdió en el aire.
Nos miramos fijamente por lo que me pareció una eternidad. El silencio era ensordecedor. Él se quitó los lentes con un gesto cansado y pasó una mano por sus ojos antes de volver a mirarme. Sus ojos azules, ahora sin el filtro de los cristales, eran más claros que los de Adonis; el parecido familiar era evidente en la estructura ósea, pero la esencia era distinta. Adonis era fuego y confianza ciega; Adams era agua estancada, profunda y analítica.
—Creí que éramos amigos —dijo, usando la carta más baja de la baraja.
Coloqué los ojos en blanco y negué con la cabeza, sintiendo que la rabia empezaba a ganarle la batalla a la tristeza.
—No quiero hablar de eso. No aquí, no ahora. No contigo.
—Pero es solo una pregunta —insistió, sin soltar la presa—. Sé que es personal, pero me da curiosidad por la manera en la que tú eres... por cómo te manejas con los hombres.
Joder, ¿pero por qué era tan metido en mis asuntos? El nudo en mi estómago se transformó en pura furia defensiva.
—¿Y cómo soy según tú? —me levanté de la cama de un salto, la adrenalina recorriéndome las venas. Adams abrió la boca para decir algo, pero lo corté en seco—: No, mejor no contestes. De seguro crees que soy una completa puta por hacer pole dance, o que busco atención. Es lo que todos piensan, ¿no?
Estaba dispuesta a salir de la habitación, necesitaba aire, necesitaba huir de esa mirada que parecía estar diseccionándome el alma. Pero Adams, en un movimiento sorprendentemente rápido, se levantó y me agarró del brazo, deteniéndome justo antes de que alcanzara el pomo de la puerta.
Sentía un nudo en la garganta, una sensación amarga y ácida que me hacía querer vomitar. Los recuerdos golpeaban las paredes de mi mente, queriendo salir.
—Perdón, no quería ofenderte. De verdad, lo siento por ser tan entrometido —dijo, y esta vez su voz tembló un poco—. Creo que es precisamente por eso que no tengo muchos amigos... no sé cuándo parar. Perdón, Karol. No quiero perderte como amiga, creo que eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.
¿Uh? Aquella confesión me desarmó por completo. Me volteé lentamente y vi que me observaba fijamente. Lucía sincero, casi vulnerable. No podía odiarlo solo por tener una curiosidad torpe, no cuando me miraba como si yo fuera un tesoro que acababa de encontrar.
Intenté regularizar mi respiración, luchando contra el temblor de mis manos. Este tema era una herida abierta, llena de sal. Pero sabía que no podía pasarme la vida huyendo, y que el secreto me estaba asfixiando por dentro.
—Muchos hombres abusaron de mí cuando era una niña —confesé, soltando las palabras como si fueran piedras pesadas—. ¿Era eso lo que querías escuchar? ¿Ya estás satisfecho?
Le sostuve la mirada un largo momento más, viendo cómo el color desaparecía de su rostro ante la crudeza de mi confirmación. Antes de que pudiera decir nada más, me zafé de su agarre con un tirón y salí de la habitación, bajando las escaleras a ciegas y alejándome de esa casa sin mirar atrás, dejando que el aire frío de la calle me golpeara la cara.
