Capítulo 7 Primer día de pole dancer
Los secretos ocultos no se reflejan en el espejo; se esconden tras la mirada que los sostiene.
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Iba de camino a mi primer día de trabajo en Tregua City como bailarina de pole dance. El trayecto en el autobús se me hizo eterno, mi mente era un hervidero revuelto recordando mi conversación con Adams de la noche anterior. Me había sacado completamente de mis casillas con sus preguntas de psiquiatra barato y, en un momento de debilidad, no pude mentirle. La había cagado, y el sabor amargo de la verdad aún me raspaba la garganta. Por andar diciendo cosas de mi vida personal, por abrir una grieta en mi armadura.
Como siempre.
A veces no me soportaba, y en días como hoy, me odiaba a mí misma con una intensidad aterradora.
Entré al local por la puerta trasera. Era temprano todavía, el personal de limpieza se movía como sombras alrededor de la pista central, el olor a desinfectante industrial luchaba contra el rastro rancio de alcohol y tabaco de la noche anterior. La música y las luces estaban apagadas, dejando el lugar sumido en una penumbra grisácea que casi podría hacerlo pasar por un bar cualquiera, uno de esos lugares tristes donde la gente va a ahogar sus penas en ginebra barata.
Pero yo sabía que no era un bar cualquiera. Este Tregua City en particular no lo era; había algo denso en el aire, una vibración de secretos oscuros, y por eso precisamente lo estaba investigando.
Caminé en dirección a donde estaba Laura, la recepcionista que me había atendido ayer. Estaba sentada tras un mostrador alto, anotando unas cosas frenéticamente en una hoja mientras hablaba por teléfono, sosteniendo el auricular entre el hombro y la oreja; parecía ser una llamada importante, a juzgar por su tono tenso. Esperé a que colgara, manteniendo una distancia prudencial, y luego me detuve frente a ella, clavándole la mirada. Alzó la vista y, al reconocerme, soltó una vulgaridad entre dientes, entornando los ojos sin ocultar ni un ápice del desagrado que yo le causaba.
—También me alegra verte, Laurita —ironicé, forzando una sonrisa radiante y falsa, disfrutando de su molestia—. Tengo reunión con la administración, ¿dónde es la oficina?
Ella respondió entre dientes, volviendo la vista a una hoja en su mano como si quisiera aparentar que yo no existía, que era solo un mal sueño. Le repetí la pregunta, bajando el tono de voz, haciéndolo más lento, más irritante. Ella casi me gritó, perdiendo los papeles:
—¡Adentro y al fondo, joder! ¿Acaso eres sorda?
—Te gusta así ¿Uh? Adentro y al fondo —bromee con doble sentido, observando complacida cómo casi botaba chispas por los ojos, su mandíbula apretada al límite—. Gracias, Laurita. Prometo que con mi primera paga te regalaré un vibrador de silicona médica; eso te relajará muchísimo y nos hará un favor a todos.
Ella apretó la quijada con tanta fuerza que temí por sus dientes, y yo me fui antes de que comenzara a gritarme otra vez o me lanzara el grapador. Para mí era un pasatiempo casi terapéutico hacer enfadar a la gente como ella; era divertido ver cómo se rompía su compostura.
Fui al pasillo del fondo, un pasillo estrecho y mal iluminado, y caminé hasta encontrarme una puerta de madera maciza con una pequeña placa dorada donde podía leerse: "Gerencia". Toqué la madera dos veces con los nudillos y, cuando escuché una voz masculina decir que pasara, abrí con un poco de timidez fingida, bajando la vista.
Me encontré con un sujeto pelirrojo sentado tras el escritorio de caoba. Sus ojos eran negros como el azabache, creando un contraste extraño con su cabello, y tenía el rostro lleno de pecas; no era tan viejo, de hecho, no lucía mayor de treinta años. La oficina era pequeña, pero acogedora, alfombrada para amortiguar el ruido del club. Mis ojos buscaron instintivamente los rincones superiores: extrañamente, no había cámaras de seguridad visibles en las esquinas como era usual en este tipo de negocios, eso me hizo pensar de inmediato en las travesuras, o crímenes, que posiblemente ocurrían aquí dentro, lejos de miradas indiscretas.
—Hola, soy Jove. Toma asiento por favor —indicó el sujeto con voz neutra, aunque sus ojos parecieron chispear con una sorpresa momentánea al verme. No fue hasta que caminé, me senté y estuve casi frente a él que la ficha me cayó y lo reconocí.
Mierda. Mil veces mierda.
Era el sujeto que iba con Adonis la noche que lo llamé "hijo de puta" en la calle. Lo recordaba perfectamente por su cabello pelirrojo y esa mirada fría que ahora me analizaba. El mundo era un pañuelo sucio.
—Casper, ¿cierto? —continuó, su tono volviéndose más profesional, aunque no dejaba de estudiarme, haciéndome sentir un poco incómoda, como si pudiera ver a través de mi ropa y de mis mentiras.
Al parecer me estaba esperando y ya sabía quién era; posiblemente fue él quien me llamó ayer para decirme que me habían aceptado para el trabajo.
—Karol Casper —afirmé, sosteniéndole la mirada, tratando de que mi voz no temblara.
Jove me mostró el contrato sobre el escritorio y pidió que lo revisara y lo leyera con detenimiento antes de firmar, alegando que "las cuentas claras conservan las amistades". Me entretuve un momento fingiendo leer todas las pautas y condiciones, las cláusulas de confidencialidad y los horarios, pero lo único que me interesaba leer era una norma en específico, la que definiría mi seguridad allí: "Las bailarinas no podrán hacer bailes privados en zonas no autorizadas ni podrán ser tocadas de manera sexual por los clientes bajo ninguna circunstancia".
Me gustaba esa regla. Al menos sobre el papel, estaba protegida.
En ese momento, el teléfono de Jove sonó. Miró la pantalla, soltó una vulgaridad entre dientes antes de levantarse para atenderla, pidiéndome disculpas con un gesto. Salió de la oficina rápidamente, cerrando la puerta a sus espaldas para tener privacidad.
Ahora era mi turno de hacer magia. El tiempo empezó a correr en mi contra.
Dejé el contrato en la mesa y con una rapidez felina me levanté para ir a los archivadores metálicos que estaban del otro lado del escritorio. Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas. Abrí los cajones, que por suerte no tenían llave, y miré el papeleo; todo parecía estar normal, facturas de proveedores, licencias de alcohol... Casi lo devuelvo todo a su sitio, decepcionada, cuando mis dedos rozaron una carpeta de color manila que decía simplemente "Legales". Al abrirla, la primera hoja que vi llevaba el membrete de un juzgado y la palabra "Demanda" en negrita.
Era una carpeta llena de demandas hechas al local, una mina de oro. Evidentemente no pude leer detenidamente de qué trataban porque debía hacer esto rápido, cada segundo contaba y Jove podía volver, pero saqué mi teléfono y les tomé fotos ágilmente a las primeras páginas, con el pulso tembloroso, asegurándome de que el flash estuviera apagado. Guardé otra vez todo en su lugar exacto, cerré el cajón con cuidado para no hacer ruido y volví a mi asiento en un segundo para aparentar que seguía leyendo el contrato, cruzando las piernas con falsa calma. Con el corazón en la boca, envié las fotos por un chat encriptado a Evans y esperé ansiosa, rogando que contuviera la información importante que necesitábamos.
A los dos minutos, que me parecieron dos horas, Jove entró a la oficina nuevamente, disculpándose por la interrupción. Tomé el bolígrafo y firmé el contrato con mi nombre falso, sintiendo que estaba vendiendo mi alma al diablo. Jove me explicó los detalles finales: mi horario sería martes, viernes y sábados, empezando desde hoy mismo; trabajaría toda la noche hasta la madrugada, debía estar tres horas más temprano para que me arreglara con las otras chicas y ensayara, pero que la paga sería el triple de una discoteca normal.
Eso era exactamente lo que quería oír. No por el dinero, sino porque confirmaba que este lugar movía mucha plata negra. Estaba dentro, con el trabajo seguro y con pruebas en mi teléfono.
Me dirigí a los camerinos para juntarme con las otras chicas. El ambiente allí era pesado, cargado de olor a laca, perfume barato y maquillaje. Todas eran odiosas, me barrieron con la mirada al entrar y parecieron ignorarme a propósito, siguiendo con sus conversaciones como si yo fuera invisible o la causante de la muerte de Michael Jackson. Para mi suerte, o mi desgracia, casi toda mi vida había estado sola y no era la primera vez que me sucedía algo así, ya tenía la piel dura contra el rechazo.
Así que ignoré sus susurros, me senté en una silla alta frente a un espejo enorme adornado con luces de camerino alrededor y comencé a maquillar mi rostro, aplicando capas de base y sombra para crear la máscara de Karol, la bailarina. Iba terminando, delineándome los labios, cuando vi que una mujer apareció en el reflejo del espejo junto a mí, interrumpiendo mi concentración. Era rubia, con un rostro que podría haber sido angelical en otra vida, pero con todo ese maquillaje cargado y oscuro parecía atrevida, casi peligrosa.
—¿Eres la nueva víctima? —preguntó con una ligera sonrisa ladina, apoyándose en el respaldo de mi silla.
—Tal vez soy la asesina —le contesté, sosteniéndole la mirada a través del espejo y guiñándole un ojo con insolencia.
Ella soltó una carcajada genuina, ruidosa, que hizo que un par de chicas se voltearan a mirarnos. Al menos creo que tendría una aliada, o algo parecido a una amiga, para variar en este nido de víboras.
—Soy Nicole —dijo, tomando asiento en la peinadora de al lado, empezando a retocarse el rímel—. Escuchamos que habría una chica que reemplazaría a Mariana; ella era algo así como la reina del lugar, la favorita, ¿sabes? Por eso la mayoría de aquí piensa que eres la cagada, una intrusa que no da la talla.
¿Quería ofenderme con sinceridad o era un cumplido retorcido sobre mi valentía? Creo que ninguna de las dos; ella solo era brutalmente sincera, una cualidad rara en este mundo.
—Vaya, gracias por la bienvenida —dije con un sarcasmo chorreante—, siempre cagándola, nunca incagándola. Es mi superpoder.
Nicole no entendió el chiste, frunció el ceño un segundo y siguió con lo suyo.
—Nunca me interesó realmente lo que las personas pensaran de mí,Nicole —continué, mirándome críticamente en el espejo—. Sé que los primeros días es difícil el cambio, la novedad, hasta que después se acostumbran a tu cara o encuentran a otra a quien odiar.
Me levanté de la silla y, sin dudarlo, me quité la ropa de calle, quedando tan solo en mis bragas color piel para colocarme el vestuario de escena. Por el reflejo del espejo vi a las otras chicas mirarse entre ellas con desdén, probablemente observando mi total falta de vergüenza o timidez al ser la nueva y ya estándome desnudando frente a todas sin pedir permiso, pero me valía mierda lo que pensaran; todas teníamos lo mismo bajo la ropa, ¿no? No había nada que ocultar.
—Ya veo cómo es que te metieron tan rápido —dijo Nicole, observando mi cuerpo con una mezcla de admiración profesional y envidia—, no te da vergüenza andar desnuda, tienes confianza. Eso vale oro aquí.
En realidad no me daba vergüenza. El cuerpo era solo una herramienta, y si pudiera andar sin ropa por la vida, sería muy feliz, libre de ataduras.
Me encogí de hombros ante su comentario y me coloqué el vestuario de brillantinas, una pieza de lycra que se adhería como una segunda piel. Apenas logré cubrir mis pechos con el sostén lleno de pedrería y lentejuelas que captaban la luz, ajustando los tirantes, cuando el ambiente en el camerino cambió drásticamente. El silencio se instaló de golpe, un silencio tenso y reverencial.
Vi por el reflejo del espejo la puerta abrirse y a mi jefe, Adonis, entrar con paso firme, emanando una autoridad que hacía que las otras chicas bajaran la cabeza. Se detuvo en seco al verme. Apenas sus ojos azules, fríos como el hielo de un glaciar, se clavaron en los míos a través del cristal, una chispa de reconocimiento y algo parecido a la posesividad cruzó su mirada. Empezó a caminar directamente hacia mí, ignorando a todas las demás, y sentí cómo el aire desaparecía de mis pulmones. El juego real estaba a punto de empezar.
