Capítulo 1 Capítulo 1

Hoy me caso con un desconocido, y lo único que sé de él es que lleva un apellido que mató a mi abuelo y que nadie en este castillo tiene el valor de decirme su nombre en voz alta. Como si callarlo lo volviera menos cierto.

Dos lobos viejos se dieron la mano encima de un mapa, y la hija fue incluida en el precio, como se incluye el ganado para cerrar la venta.

Así que aquí estoy, la parte del trato que respira, encima de un taburete mientras tres mujeres me envuelven en capas de seda hasta dejarme el cuello tieso. Sonríen mientras me aprietan. Yo también, porque las cuatro mentimos igual de bien.

—Estás pálida, mi niña. —Ysolda me acerca una copa—. Un poco de vino te asentaría el estómago.

—No.

—Un sorbo no hace daño.

—He dicho que no, Ysolda, y si me lo pides una tercera vez voy a empezar a gritar, y créeme que hoy no es el día en que quieres oírme gritar.

Baja los ojos y se traga lo que iba a decir. Aquí nadie me discute de frente, pero las tres piensan lo mismo, que la novia tiembla, que la novia se va a desmayar, que la pobrecita es una cría jugando a ser mujer. Y tienen razón en casi todo, lo cual me molesta más que si se equivocaran.

Diles que aflojen. Aiven lleva removiéndose desde el amanecer. Aprietan tanto que ni yo puedo respirar, y eso que la que respira eres tú.

Tú no respiras, le contesto sin mover los labios. Estás dentro de mí.

Me acuerdo perfectamente. Lo digo por molestar.

Mi loba lleva toda la mañana dando vueltas igual que un perro antes del trueno. No está furiosa conmigo, está furiosa con el día, con las manos ajenas, con la idea de un macho que no conocemos y al que vamos a tener que aceptar las dos antes de que se ponga el sol, sea nuestro dueño y por una vez en la vida, opinamos lo mismo.

Hace tres meses mi padre me dio la noticia entre dos cucharadas de sopa, sin levantar la vista del plato, como quien comenta que mañana podría llover.


—Te he prometido al heredero de los Vharn.

Soltó como comentando el clima.

—¿A los Colmillo de Sangre? Padre, esa gente mató a mi abuelo. Era tu padre y ellos lo colgaron de una muralla.

—Al heredero. No al que colgó a mi padre.

—Ah, perfecto, entonces. ¿Y mi mate? ¿Qué pasa si la Luna ya me eligió a otro y resulta que lo que tú llamas alianza la Luna lo llama traición?

Levantó la mirada un segundo, uno solo, y supe la respuesta antes de que despegara los labios.

—La Luna tendrá que perdonarnos a todos.

Y volvió a la sopa. Ahí terminó mi opinión sobre el asunto más importante de mi vida, en menos tiempo del que tarda en enfriarse un caldo. Dije que sí, claro, porque tengo otro don además del que celebran, el de tragarme lo que me parte por dentro sin que se me mueva un solo músculo de la cara. Ese no me lo dio ninguna Diosa. Ese me lo enseñó él.

—Listo —anuncia Ysolda, y las tres dan un paso atrás a admirar su obra, muy ufanas, como si me hubieran esculpido en vez de vestido.

Bajo del taburete y me planto frente al espejo. La mujer que me mira desde el otro lado no soy yo. Lleva las trenzas atadas con flores de luna, la boca pintada de un rojo que no me pega, y bajo la seda, escondida pero ahí, latiendo, la marca con la que nací. La media luna dorada que me dejó la Diosa el día que decidió arruinarme la vida con buenas intenciones.

Sanadora, me llaman desde entonces. Bendecida. La última Aelmont tocada por la luz. Suena precioso hasta que entiendes que lo que de verdad significa es que valgo más como pieza de cambio que la mayoría.

Cordero de oro —murmura Aiven—. Para el sacrificio de esta noche.

En algún rincón del mundo respira el hombre al que la Luna marcó para mí. Mi mate de verdad. El que debería estar esperándome en ese altar en lugar del extraño al que voy a jurarle todo. No va a venir, porque los dioses reparten el destino igual que reparten las cartas los borrachos, mal, tarde, y siempre a quien menos lo pidió.

Si el muy lento aparece algún día, le arranco la garganta por dejarnos plantadas.

Aiven.

¿Qué? Le doy de comer primero. No soy un animal.

La puerta se abre sin que nadie haya llamado, y en este castillo solo una persona entra así.

—Déjennos.

Las tres salen tan rápido que Ysolda casi se enreda con su propia falda. Mi padre llena el marco de la puerta como llena todos los marcos, demasiado alto, demasiado ancho, demasiado seguro de tener la razón en todo. Trae la capa de lobo que fue de mi abuelo, la misma que algún día será mía, si sobrevivo a la jornada de hoy, cosa que empiezo a poner en duda.

Me mira. Lo miro. El silencio se estira entre los dos y sabemos perfectamente quién va a ceder primero, porque siempre soy yo.

—Estás hermosa.

—Gracias.

—Tu madre habría llorado al verte.

—Mi madre está viva, padre. Lo que pasa es que la nombras en pasado cada vez que te conviene sentirte trágico.

Se le marca un músculo en la mandíbula. No responde. Nunca responde cuando le pego donde de verdad duele, eso lo aprendí antes que a sostener una espada. Da dos pasos, se detiene, y por un instante no sabe qué hacer con las manos.

—Liora. Si quisieras echarte atrás...

Levanto la cabeza y la frase se le muere en la boca.

—¿En serio? ¿Hoy? Vestida, peinada, con medio clan Vharn abajo bebiéndose tu vino, ¿justo hoy descubres que tengo voz y que se me podría haber preguntado algo?

—Liora.

—Una cosa. Respóndeme una sola cosa y te juro que bajo a ese altar sin volver a abrir la boca en mi vida. ¿Y mi mate?

Se endurece entero, de los hombros para arriba.

—No es el momento.

—¿Y cuándo lo va a ser? ¿Cuando esté preñada de un Vharn? Dímelo tú, que para todo lo demás tienes el discurso listo.

—Tu don no es tuyo. —Baja la voz, y eso siempre es peor que si gritara—. Nunca lo fue. Es del clan. De los niños que este invierno no se van a congelar porque tú vas a detener la guerra. Si tu mate aparece un día, le dirás que el deber fue primero. La Luna lo entenderá. Y si no lo entiende, aprenderás a vivir con eso, igual que vivo yo con lo mío.

—Qué hermoso discurso. Respondo con sarcasmo.

Me sostiene la mirada, y por un segundo, uno solo, se le cae el Alfa de encima y veo al hombre que me subía a la montura a los seis años y me decía pequeña luna cuando creía que no lo oía nadie. Dura lo que un parpadeo. Después vuelve a ponerse la cara de siempre, como quien se ajusta una armadura, y aplasta al otro hombre debajo.

—En una hora. Te espero en el atrio.

Sale. La puerta se cierra. Me concedo exactamente tres segundos para que me tiemble la barbilla, y al cuarto ya tengo la cara otra vez en su sitio.

Lo odio, le digo a Aiven.

No. Su voz me llega bajita, casi con pena. Eso sería fácil. El problema es que lo quieres.


Una hora más tarde bajo hacia el atrio colgada del brazo de mi padre, con Mera detrás cargándome la cola del vestido y maldiciendo por lo bajo cada vez que la piso. Suenan las campanas, suena el coro, y dos clanes que llevan ochenta años matándose respiran el mismo aire sin degollarse. Por hoy. Mañana ya veremos.

Mera me hablo bajito para que mi padre no escuchara.

—El novio no llegó ayer con el resto del cortejo —me susurró, pegada a mi oreja—. Viene aparte. Directo al altar. Dicen que por seguridad.

—¿Seguridad de quién?

—Eso digo yo. Rarísimo.

Rarísimo, sí. Pero ya es tarde para que lo raro me importe, porque las puertas del atrio se abren y se me acaba el tiempo de hacer preguntas.

Velas, estandartes, caras vueltas hacia mí. Los Aelmont de plata a un lado, los Vharn de rojo oscuro al otro, separados por un pasillo que se siente más largo de lo que es. Y al pie del altar de luna, esperándome, él. Capa ceremonial roja, cuello alto, el pelo negro recogido atrás. Lo veo de perfil nada más, y aun así noto la quietud rara que tiene, la de alguien que lleva años entrenándose para no moverse de más.

Empiezo a caminar.

Respira, me ordeno. No es un monstruo, es un hombre, y a los hombres una aprende a manejarlos. Perdóname, mate mío de verdad, dondequiera que andes perdiendo el tiempo.

Y entonces Aiven, que no se ha callado en toda la mañana, se calla de golpe.

Liora.

Dime.

Hay algo. No sé qué es. Pero está ahí, y nos está mirando.

La marca me arde bajo la tela, un latido seco, una vez, dos, como si de pronto tuviera corazón propio. Aiven se eriza dentro de mí, gruñe muy bajo, olfatea algo que ni ella sabe nombrar y eso es lo que más me asusta.

Llego al altar. Mi padre me suelta el brazo, se inclina ante el heredero y retrocede, y siento cómo me deja ahí igual que se deja una ofrenda. El sacerdote empieza a hablar. No oigo una palabra, ni una, porque giro la cabeza despacio para mirar por fin la cara del hombre con el que me voy a amarrar el resto de mi vida.

Tiene los ojos grises, un gris de tormenta a punto de reventar, grises de alguien que no duerme bien desde hace mucho. Y me mira cómo no me ha mirado nadie nunca, como si me conociera de antes, como si en este preciso instante acabara de escuchar algo que yo no he llegado a decir.

Se me cierra la garganta. El corazón me golpea contra las orejas. Y antes de poder evitarlo, pienso lo único que cabe en mi cabeza.

¿Quién demonios eres tú?

Los labios del desconocido se mueven, apenas.

—Eso mismo me pregunto yo —murmura.

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