Capítulo 2 Capítulo 2

POV KAEL.

Llevo años oyendo pensamientos ajenos como quien oye la lluvia repicar en un techo de lata, sin parar, y he aprendido a bajarles el volumen una por una hasta convertirlas en ruido de fondo.

Hay quinientas voces en este atrio, y ninguna es mía.  Hace tres años dije en voz alta, delante de toda la corte de mi padre, lo que llevaba meses oyendo dentro de la cabeza,  tres de sus consejeros planeaban una conspiración para envenenarlo y sentar a mi hermano en el trono antes de tiempo. Lo solté con pruebas, con nombres, con fechas, convencido de que por una vez mi don serviría para algo bueno.

Mi padre, que lleva toda mi vida despreciándome por el simple delito de existir, hizo lo único que sabe hacer. Dio vuelta al cuchillo. El traidor era yo. El que sabía demasiado era yo. El don maldito que nadie en este mundo entiende me había podrido por dentro y ahora me hacía inventar historias para derrocarlo a él.

No me mató, y eso tengo que reconocérselo, aunque a estas alturas no sé si fue por algo parecido a la piedad o por puro cálculo. Me mandó al norte, a Irthen, un peñasco de piedra gris y viento donde el invierno dura nueve meses, con la orden de administrarlo hasta que la Luna decidiera qué hacer conmigo. Tres años después me hice de tierras, hombres leales, un consejo que no me apuñala por la espalda y una biblioteca que mi hermano jamás supo que existía. Soy un bastardo con castillo. Un exiliado con mesa propia. La versión más fina del desprecio que mi padre fue capaz de imaginar.

Y entonces, hace dos meses, llegó el mensajero con un sello rojo, y esa voz plana de los que repiten órdenes ajenas: el Alfa Rey requiere a su hijo en el altar de sangre, y no se admite negativa. Mi hermano, el heredero, el legítimo, había desaparecido la víspera de su propia boda. Mi padre necesitaba un remplazo con el apellido para cerrar el trato con los Aelmont, y resulta que yo era lo único que le sobraba.

Pude negarme. Pude atrincherarme en Irthen y esperar la guerra. Pero hay cosas que un bastardo aprende temprano, y una es que a veces la única manera de sobrevivir a tu padre es dejar que te use una última vez.

Las puertas del atrio se abren, y la veo.

Viene del brazo de su padre, con un vestido blanca y la espalda recta. El estudio como estudio todo, buscando la grieta, el cálculo, la mentira, lo que sea que me diga quién va a traicionarme y en cuánto tiempo. Es el único don útil que tengo, aparte del otro, pero no veo maldad en sus ojos, no hay veneno ahí, no hay segunda intención. Camina hacia mí sin odio y sin plan, lo cual es mucho más raro en este atrio que cualquier puñal escondido.

Mierda.

Kael, dice Nerov, y le cambia la voz. Más baja. Casi con cuidado. Mírala bien.

Ahora no.

Kael. Es nuestra.

Me quedo muy quieto.

¿Qué has dicho?

Mate. Es nuestra mate. La Luna nos la dio.

La miro de verdad, dejo que Nerov olfatee a través de mí, que busque ese tirón en el pecho que los otros describen como respirar por primera vez. Espero. Espero un poco más, porque una parte de mí, una que no pienso confesarle a nadie, quiere que sea cierto.

Nada. Ni un latido de más, ni calor, ni el sabor a metal en la lengua que cuentan los libros de mi biblioteca. Solo una mujer de blanco acercándose a unirse a un desconocido.

Estás equivocado, Nerov. No siento nada.

Yo sí.

Pues el que se casa soy yo, no tú, así que deja de inventarte cuentos para alegrarme un día que de bonito no tiene nada.

Se calla, pero no se va. Se queda ahí detrás, mirando, con esa paciencia insoportable del que sabe que tiene razón y sabe que solo es cuestión de esperar.

Ella llega al altar. Su padre le suelta el brazo y se inclina ante mí, y por un segundo me dan ganas de reírme en su cara, porque se inclina ante el heredero que cree tener delante y no ante el hijo bastardo de su enemigo. El sacerdote empieza con su letanía. Yo bajo las defensas tres dedos, lo justo, porque quiero oír a la mujer con la que van a casarme en cinco minutos.

Y la oigo.

·      Respira. No es un monstruo, es un hombre, y a los hombres una aprende a manejarlos, eso decía mi madre, aunque mi madre también juró que la Luna nos perdonaría y mira dónde estamos. Perdóname, quienquiera que seas. Mi mate, mi esposo de verdad, dondequiera que andes. Perdóname.

Se me cierra la mandíbula sin permiso. No me gusta. No sé qué es, y lo que de verdad no me gusta es que tampoco quiero averiguarlo.

Mira, le digo a Nerov, casi con rabia. Ni siquiera quiere esto. Le está pidiendo perdón a un fantasma.

Al fantasma que somos nosotros, imbécil.

Cállate.

Te molesta.

Tengo frío.

Estás apretando los dientes y estamos a veinte grados. Estás celoso, Kael, de un hombre que ni existe. Tu nivel de estupidez más alto hasta la fecha.

Empujo a Nerov al fondo del pecho y me concentro en ella. La leo hasta el hueso, sin piedad, como me enseñó la soledad de Irthen.

Y confirmo lo que ya temía. No sabe. No tiene idea de que no soy el heredero, de que la casaron con el bastardo exiliado. Lo lleva escrito en cada pensamiento que se le escapa, el heredero Vharn, el hijo legítimo del Alfa Rey, ni una grieta, ni una sospecha.

Me arde el estómago, y lo peor es que no sé contra quién. Contra su padre, contra el mío, o contra mí, que en treinta segundos voy a jurar ante la Diosa que soy quien no soy.

Entonces gira la cabeza. Me mira. Y piensa, directo, clarísimo, como si me lo gritara pegada a la oreja:

·      ¿Quién demonios eres tú?

Y yo, que llevo tres años sin hablar de más, que me he vuelto una piedra con buenos modales, abro la boca antes de que el cerebro me alcance a frenar.

—Eso mismo me pregunto yo —murmuro.

Se pone blanca. No ha dicho una palabra, lo sé, y acaba de notar que algo no encaja aunque todavía no entienda qué.

Enhorabuena, ronronea Nerov. Dos minutos casados y ya la asustaste. Récord personal.

Cállate.

Y espera a esta noche.

Cállate.

Porque esta noche, Kael, hay que consumarlo.

El estómago se me va hasta los pies, porque tiene razón. Firmar el pacto no basta. Dos clanes que llevan ochenta años degollándose no se reconcilian con un beso ritual y un cáliz compartido. La tradición es vieja, clara y asquerosa: la unión se sella en la cámara nupcial, con testigos detrás de la puerta y la sábana manchada al amanecer como prueba de que el trato se cumplió.

Y justo cuando pienso eso, la oigo a ella otra vez, nítida, decidida, casi tranquila:

Ni loca dejo que este me toque esta noche. Por la Luna, antes le prendo fuego al castillo conmigo dentro.

Nerov suelta una carcajada ronca en el fondo de mi pecho.

Me caso con la única mujer del reino capaz de cumplir esa amenaza, y soy el único que la oyó pensarla.

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