Capítulo 3 Capítulo 3

POV LIORA.

—Que la Luna bendiga esta unión —declara el sacerdote, y el atrio entero estalla en aplausos, como si acabara de presenciar un milagro y no una transacción cerrada.

Mi padre da un paso al frente y le tiende la mano al Alfa Rey Vharn. Dos enemigos de ochenta años apretándose la mano con sonrisas tan ensayadas que casi me las trago. Casi, porque la boca miente mejor que los ojos, y los de mi padre ya calculan la jugada siguiente mientras los del Alfa Rey guardan algo turbio detrás, más de depredador satisfecho que de hombre haciendo las paces.

No confíes en ese, gruñe Aiven. No huele a nada, y eso nunca es buena señal.

Ya lo sé. No es el momento.

Me vuelvo hacia el hombre al que le acabo de jurar la vida entera. Ojos grises, boca tensa, las manos cruzadas a la espalda. Me ha mirado dos veces desde que terminó el rito, y las dos con cara de estar resolviendo un problema sin solución. No es la cara que un hombre le pone a su esposa. Es la que le pone a una trampa.

Encantador. Me casé con alguien que me mira como si fuera algo que hay que desactivar.

Arranca la música, los dos clanes se mezclan a regañadientes, y alguien me encaja una copa en la mano. Durante una hora sonrío entre mesas de lobos borrachos que brindan por la paz pensando en la guerra.

Pasada la medianoche, Ysolda y otras dos me sacan del salón. No me explican nada, no hace falta, llevan días recitándome la tradición: el rito del atrio no basta, el pacto se sella en la cámara, con testigos y con la sábana al amanecer.

Me desnudan en silencio y me meten en una bañera de agua tibia. Ysolda me derrama aceites espesos por los hombros, algo dulce y denso que me calienta la piel aunque el agua esté templada.

—Feromonas —dice, sin mirarme—. Para que te reconozca.

Para que me desee, querrás decir. Qué forma tan fina de avisarme que me están preparando como carnada.

Quiero morder a alguien, dice Aiven.

Tú siempre quieres morder a alguien.

Hoy con más razón.

Me secan, me sueltan el pelo, me ponen una bata de seda tan fina que deja poco a la imaginación.

—Ya está —dice Ysolda.

—Ysolda. ¿Y si no quiero?

Me mira con algo que no sé si es lástima o cansancio.

—Mi niña, eso era antes del altar. Después del altar ya no hay marcha atrás.


Empujo la puerta de la cámara y él está dentro, de espaldas, junto a la ventana. Se quitó la capa, el cuello alto, los guantes. Solo lleva una camisa blanca suelta, pantalones oscuros, y en esa postura parece menos un heredero y más un hombre al que obligaron a una unión.

Se gira. Me mira. No hay hambre en esos ojos, ni triunfo. Hay cansancio, y muy al fondo, bien escondido, algo que se parece al miedo, aunque seguro que se cortaría la lengua antes de admitirlo.

Cierro la puerta.

—Bueno —digo—. Aquí estamos.

—Aquí estamos.

—¿Alguna vez has hecho esto?

—¿Cerrar una puerta?

—Sabes a qué me refiero.

Se queda callado un segundo de más, y en ese segundo ya tengo la respuesta.

—No —dice al fin.

—Ajá.

—¿Y tú?

—¿Tengo pinta?

—Tienes pinta de muchas cosas.

—Esa no es una respuesta.

—La tuya tampoco.

Dos vírgenes. Por la Luna. Esto es una comedia y a mí me tocó el papel principal.

Una comedia de las baratas, dice Aiven. De las que nadie paga por ver.

Cállate, Aiven.

La cama ocupa el centro del cuarto, enorme, cubierta de pétalos blancos que alguien esparció con solemnidad de funeral. Si no tuviera que entregar mi virtud a un completo extraño, me estaría riendo.

—Mira —digo, y me cruzo de brazos sobre la bata que no cubre nada—. Seamos prácticos. Ninguno de los dos quiere estar aquí.

—No he dicho eso.

—¿Lo niegas?

—Tampoco he dicho eso.

—¿Siempre eres así?

—Normalmente soy peor.

—Maravilloso. Justo lo que sueña oír una mujer en su noche de bodas.

Da un paso hacia mí, uno solo, y yo retrocedo medio antes de que el cerebro me dé permiso.. Él lo nota y se detiene en seco.

—No voy a hacerte daño.

—Eso dicen todos.

—Yo no soy todos.

—No te conozco lo bastante para saber si eso es verdad.

—Es justo.

No esperaba que me diera la razón. Me desarma medio segundo, y aprieto la mandíbula, porque no pienso dejar que nada de lo que haga este hombre me desarme.

—Llevo todo el día rodeada de "solo". Solo firma aquí, solo camina al altar, solo métete en la bañera, solo deja que un desconocido te marque para siempre.

—No te voy a marcar.

Lo dice tan rápido y tan rotundo que me callo.

—¿Cómo?

—Que no te voy a marcar. La tradición pide que se consume la unión. No dice nada de dejarte un mordisco en el cuello para que toda esa gente de ahí afuera duerma tranquila.

Me cruzo de brazos más fuerte. No sé si estoy ofendida o aliviada, y no saberlo me deja un nudo raro en el estómago.

—Entonces sí piensas consumar.

—He dicho que lo pide la tradición. No que lo hare.

—¿Y entonces qué hacemos, heredero Vharn? ¿Nos sentamos a mirarnos la cara hasta el amanecer?

—Podría ser peor.

—¿Peor cómo?

—Nada.

—Por la Luna.

Suelta algo parecido a una risa, breve, seca, más un soplido por la nariz que otra cosa. Se me escapa una sonrisa antes de poder tragármela, y me odio un poco por eso.

—Mira —dice, y se sienta en el borde de la cama con una calma que me resulta casi insultante—. Hagamos esto fácil. No pienso tocarte.

—¿Perdón?

—Ya me oíste.

—Pero la sábana...

—De la sábana me encargo yo.

Se levanta, y antes de que entienda qué hace, se lleva la muñeca a la boca. Los colmillos le salen limpios, afilados, y los hunde en su propia piel sin pestañear.

La sangre cae sobre la sábana blanca en un hilo oscuro y generoso, justo donde tiene que caer.

Me quedo muda. Se me seca la boca de golpe.

Se limpia la muñeca con un paño, se baja la manga y me mira como quien acaba de servirse un vaso de agua.

—Ya está. Al amanecer que entre quien tenga que entrar. Buenas noches, esposa.

Se tumba en el lado opuesto de la cama, de espaldas a mí, y se queda tan quieto que parece muerto.

Y yo me quedo de pie junto a la puerta, con la bata, los aceites, las feromonas y la dignidad tirada en alguna parte del suelo entre los pétalos. Vine preparada para defenderme de un monstruo. No para un hombre que se muerde a sí mismo con tal de no rozarme.

Me acerco despacio, me meto en mi orilla de la cama, lo más lejos de él que la madera me deja, y me quedo mirando su espalda inmóvil sin pegar un ojo.

Liora, dice Aiven muy despacio, casi con respeto.

Qué.

Acabamos de perder una pelea, y ni siquiera sé cómo.

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