Capítulo 4 Capítulo 4

POV KAEL.

La noche recién comienza y es una tortura, lleva veinte minutos sin dormir, y lo sé porque llevo veinte minutos oyéndola pensar.

·      Idiota. Idiota, idiota. ¿Cómo se atreve a decirme que no me va a tocar? ¿Qué se cree, que iba a rogarle? Le habría arañado la cara si se acerca. Le habría sacado un ojo.

Haz que se calle, gruñe Nerov.

No puedo. No estoy dentro de su cabeza, la oigo desde fuera.

Pues sube el muro.

Ya lo hice, pero no sirve.

Lo intento igual. Empujo esa pared mental que lleva años manteniéndome cuerdo en salones de consejeros y fiestas llenas de borrachos tristes. La pared se alza, se asienta. Y el pensamiento de Liora Aelmont la atraviesa como si fuera papel mojado.

·      Y encima se muerde a sí mismo. ¿Qué clase de hombre se muerde solo en su noche de bodas? Un demente. Me casé con un demente. Felicidades, Liora.

Está dentro del muro, le digo a Nerov. No la puedo apagar. La oigo como si la tuviera en la misma almohada.

Nerov se queda en ese silencio suyo que significa que tiene una idea y que no me va a gustar.

Me concentro en el techo, en la respiración, en cualquier cosa que no sea la mujer que se revuelve a medio metro oliendo a aceites que no colaboran.

Al rato ella bosteza, se revuelve una última vez, y los pensamientos se le van apagando hasta que solo queda silencio.

Si supiera quién somos de verdad, murmura Nerov.

No puede saberlo.

No le contesto más. Me quedo mirando el techo, oyendo respirar a la mujer a la que le juré la vida sin que sepa a quién se la juró. Igual que mi madre, que tampoco supo. A ella le prometieron muchas cosas antes de que apareciera muerta en su cama, tres días después de parirme. El curandero dijo fiebre. Los sirvientes dijeron mala suerte. Seraphine no dijo nada, y en ese castillo su silencio pesa más que cualquier confesión.

No dejes que le pase lo mismo a esta, dice Nerov.

No pienso hacerlo.

Bien. Porque si le pasa, no te lo perdono.


Al amanecer tocan tres veces. Llevo dos horas vestido, sentado junto a la ventana. Liora se incorpora de golpe, se tapa hasta el cuello, ve la mancha oscura en la sábana y mi muñeca vendada bajo la manga. Aprieta los labios.

—Gracias.

—No me agradezcas nada.

Entran el sacerdote y su ayudante, retiran la sábana con guantes blancos, la examinan, la envuelven. El sacerdote alza la vista.

—Unión consumada. El pacto queda sellado ante la Luna.

Así de fácil. Con una sábana manchada de mi propia sangre, dos clanes con ochenta años de muertos a la espalda se declaran en paz.


La despedida es peor que el altar.

El pueblo ha subido al castillo. Mujeres con niños en brazos, ancianos con bastones, una muchacha con media cara quemada que llora sin hacer ruido. Se acercan uno a uno, le besan los dedos a Liora, le susurran cosas que no alcanzo a oír. Ella se arrodilla frente a un niño, le pone la mano en la frente, cierra los ojos. El niño se ríe. La madre se echa a llorar.

Así que esto es lo que les estamos quitando, le digo a Nerov.

Su padre la despide el último. Le pone una mano en el hombro, le dice algo corto, ella asiente sin mirarlo. Liora sube al carruaje sin mirar atrás. Se sienta frente a mí, cruza las manos en el regazo y mira por la ventana como se mira cuando ya da igual lo que haya del otro lado.


El castillo Vharn aparece al cuarto amanecer, el patio está lleno cuando llegamos, la guardia formada, consejeros al frente, trompetas y todo lo que se espera para recibir al heredero. Mi padre se adelantó dos días, porque un Alfa Rey no viaja al ritmo de los novios. Bajo primero y le tiendo la mano a Liora. Duda un instante, pero la acepta. Tiene los dedos fríos.

En lo alto de la escalera nos espera Seraphine Vharn. La Reina Luna. La esposa legítima de mi padre, la madre del heredero que huyó, la mujer que me odia desde el día en que supo que yo existía. Subo con Liora del brazo, me detengo tres escalones antes, como manda la tradición, y me inclino.

—Majestad.

—Hijo.

Bajo las defensas, y su voz me entra en la cabeza como agua helada.

·      Vas a pagar por ocupar un lugar que no es tuyo. Voy a verte morir, bastardo. Despacio. Primero te quito la esposa, después el título, después la cabeza.

—Qué alegría tenerte de vuelta —dice en voz alta, la sonrisa perfecta—. Tres años es mucho tiempo.

—Mucho, Majestad.

Baja los ojos hacia Liora con una lentitud insultante, la recorre de arriba abajo como quien revisa una compra que no autorizó.

—Así que tú eres la sanadora. Te hacía más alta.

—Y yo esperaba que me recibiera el Alfa Rey, no su esposa —responde Liora sin pestañear.

·      Tiene lengua la cachorra. Bien. Será más entretenido arrancársela.

Seraphine sonríe, no con la boca sino con los ojos, que es la sonrisa más peligrosa que le he visto a nadie. Da un paso, le toma los hombros a Liora y le planta un beso en cada mejilla con una dulzura capaz de curar enfermos.

—Bienvenida a tu nuevo hogar, querida. Llámame madre.

·      Ojalá te ahogues diciéndolo.

—Es pronto. Con su permiso, prefiero Majestad todavía.

·      No es tan estúpida. Lástima que tenga que morir joven.

Se vuelve hacia mí, se acerca lo justo para que su voz baje hasta donde solo la oigamos los dos, y me apoya una mano fría en el antebrazo.

—Te has casado con una mujer encantadora, Kael. Cuídala mucho. El castillo está lleno de peligros.

Se me hiela la sangre. Nerov se tensa de golpe dentro del pecho, los colmillos fuera.

—Lo tendré presente, Majestad —digo, y la voz me sale tan tranquila que me sorprendo.

—Y ten cuidado tú también. Mi hijo volverá antes de lo que crees. Ya sabes cómo es con las cosas que considera suyas.

·      Su cama. Su mujer. Tu cabeza en la pica del patio. En ese orden, bastardo.

Le sostengo la mirada y me inclino muy despacio.

—Será un honor recibirlo.

Tomo a Liora del brazo y entramos. A los veinte pasos, ella murmura sin mirarme:

—Esa mujer me acaba de desear la muerte tres veces con una sonrisa.

—Cuatro —digo sin pensar.

Levanta la cabeza.

—¿Cómo sabes que fueron cuatro?

Nerov ruge dentro de mí. No contesto. Liora tampoco insiste, pero la siento pensando con ese filo suyo que atraviesa muros como si no existieran, y sé que esta mujer se va a acordar de la palabra «cuatro» mucho después de que yo intente que la olvide.

Solo que ahora mismo no me preocupa eso. Me preocupan seis palabras que Seraphine acaba de dejar caer dentro de su propia cabeza como quien deja caer una cerilla sobre paja seca.

—Kael —dice Nerov, y esta vez no hay sarcasmo en su voz.

Dime.

—Vamos a tener que bajar el muro, ella planea algo.

—Lo sé, pero ya no soy el mismo, y ella pronto lo descubrirá.

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