Capítulo 5 Capítulo 5
POV LIORA.
El salón real del castillo Vharn está lleno de ojos, y la mitad me quieren muerta.
Llevo una hora en la mesa alta, a la derecha del Alfa Rey, con Kael callado a mi izquierda, la una mano sobre el mantel y la otra escondida debajo. Enfrente, doscientas cabezas comen, beben y brindan por una paz en la que dudo que alguien crea.
Mira a esa rubia de la tercera fila, gruñe Aiven. Lleva media hora comiéndose a nuestro macho con los ojos.
No es nuestro macho.
Es nuestro dueño. Es lo mismo.
No es ni remotamente lo mismo.
El Alfa Rey se levanta y el salón calla de golpe.
—Lobos míos. Llevamos ochenta años en guerra, y hoy mi hijo Kael y su esposa Liora han cerrado la herida que nos partía. Brindo por ellos.
Copas en alto, murmullos de cortesía.
—Y hay algo más. —Noto a Kael tensarse a mi lado—. Llevo demasiado tiempo en este trono y antes de la próxima luna roja cederé mi puesto. Kael y Liora serán el nuevo Alfa y la nueva Luna de este clan.
El silencio que cae se puede masticar. Después llegan los aplausos, pero no de todos. Los que aplauden lo hacen porque deben. Los que no, se miran entre ellos con la rapidez de quien recalcula el tablero entero. Seraphine aplaude con las manos flojas y la sonrisa cosida a la cara. Pero no mira a Kael como una madre mira al hijo que acaban de coronar. Lo mira cómo se mira a alguien al que ya le estás contando los días, no parece una madre feliz de que su hijo reciba tanto.
Tampoco te esperabas esto, ¿verdad, marido? Pienso y lo miro de reojo. No ha movido un músculo, pero el puño escondido bajo el mantel le marca los nudillos blancos.
Traen el vino ceremonial. Copas altas de plata, una para cada uno de la mesa. El sommelier las llena en orden: el rey, la reina, Kael, yo. Antes de que mi copa toque el mantel, Aiven se congela dentro de mí.
Liora.
Ya lo huelo.
Cornisa de luna molida. La misma que Orlea nos enseñó a detectar a los trece.
Lo sé.
¿Y por qué metes los dedos en la copa?
Porque no me va a matar. Mi don lo neutralizara antes de que llegue a la garganta, pero quiero ver quien pretende matarme apenas unas horas de mi llegada, sin tener miedo a que eso desate de nuevo la guerra.
Eres una imbécil.
Una imbécil con información vale más que una cobarde sin ella.
Levanto la copa despacio. El metal me roza los labios. Y una mano cae sobre la mía, firme, antes de que el vino me toque la lengua.
Kael.
—No lo bebas —dice bajo, casi sin mover los labios.
—Suéltame.
—No lo bebas, Liora. Sonríe, nos están mirando.
Sonrío. Me sale perfecta. Él retira la mano despacio, la copa vuelve al mantel, el Alfa Rey brinda y el salón brinda con él, y el momento se ahoga entre cien copas en alto.
Ninguno de los dos mira al otro. Pero por dentro acabamos de empezar una pelea, será que él sabe que tiene veneno.
Me saca del salón dos horas después, por un pasillo sin guardias. Cierra la puerta y se gira.
—¿Cómo sabías lo del veneno? —le pregunto antes de que abra la boca.
—Vi a dos sirvientas discutir junto a la cocina antes del banquete. Una tenía un frasco. Cuando sirvieron el vino, esa misma se acercó a tu copa por la izquierda y movió la mano encima. No fue difícil sumar.
Lo dice con la misma calma con la que se mordió la muñeca. La historia encaja, tiene sentido. Y aun así algo no me cierra, no sé qué, no puedo señalarlo.
—¿Y sabes quién las mandó?
Aprieta la mandíbula.
—Mi madre.
—Kael, tu madre acaba de intentar envenenarme, frente a todos, acaso no teme a las consecuencias.
—No, cuando decide hacer algo nadie puede evitarlo.
—¿Y tu padre?
—Mi padre sabe muchas cosas. Hacer algo con lo que sabe nunca fue su fuerte.
Me quedo callada. En mi casa mi padre era frío, incapaz de decirme que me quería sin que sonara a orden militar, pero jamás dejó que nadie me pusiera un dedo encima. Lo que Kael me describe es otra cosa: una familia donde la madre envenena a la nuera y el padre mira el techo, es una sentencia segura.
Esa mujer es veneno con corona, gruñe Aiven, y por una vez no la contradigo.
Hay algo que no me dice. No sé si es del veneno, de su madre, o de cómo me miró en el altar igual que si pudiera oírme pensar. Son demasiadas piezas que no encajan.
—Tenemos demasiados enemigos aquí —digo—. El primero, tu madre. Así que o hacemos esto juntos, o los dos amanecemos en el fondo de un pozo esta semana. Tú conoces el castillo. Yo sé curar lo que otros usan para matar.
—¿Juntos?
—Juntos, o es que prefieres morir.
—No, solo que me sorprende tu cambio.
—No quiero morir en territorio enemigo.
Silencio largo.
—Es un trato, nos protegeremos mutuamente—dice al fin.
Y yo, que tenía la respuesta lista, la pierdo en la garganta.
A la mañana siguiente me despierta la puerta, parece que los alfas tienen esa mala costumbre. El Alfa Rey entra con dos consejeros detrás. Kael ya está vestido junto a la ventana. Yo me incorporo de golpe, todavía sin vestir.
—Luna Liora, no se levante. Seré breve. —Se sienta sin que nadie lo invite, me mira, luego mira a Kael—. Hijo, la tradición es clara. Liora no es tu mate verdadero, la Luna no los ha marcado. Su unión es política, y las uniones políticas de este clan siempre han tenido compensación. Tienes derecho a concubinas. Tres familias han ofrecido a sus hijas. Llegan mañana.
Se me cierra el estómago de golpe.
Concubinas.
En mi casa no había concubinas. Mi padre nunca tuvo otra mujer, mi madre nunca tuvo que competir por él. Eran fríos, distantes, pero eran solo ellos dos. Crecí creyendo que eso era lo normal.
Concubinas, repite Aiven con un gruñido que me sube desde el estómago.
El Alfa Rey me mira con la cara de quien le anuncia a un niño que va a tener un hermanito.
—No te ofendas, querida. Es tradición. Tu posición como Luna no se ve disminuida.
—No me ofendo, Majestad.
Sonrío. Me sale bien, llevo años practicándola.
Kael mira al suelo. Y yo, mientras proceso la noticia, descubro algo que me molesta más que las concubinas, más que la tradición, más que este hombre sentado en mi cuarto como si fuera suyo: me importa. No debería. Él no es mi mate, esto es un contrato. Y aun así, la idea de otra mujer sirviéndole el vino y calentándole la cama mientras yo duermo al otro lado del pasillo me revuelve algo en el estómago que se parece demasiado a los celos.
Interesante, murmura Aiven, y casi la oigo sonreír.
Cállate.
Tú también lo pensaste, Liora.
El Alfa Rey se levanta, se despide con una inclinación y sale con sus consejeros. La puerta se cierra. Nos quedamos solos.
—Las concubinas —digo—. ¿Tú las pediste?
—No.
—¿Las quieres?
—No.
—Entonces vamos a tener un problema. No pienso compartir a mi macho.
Me sostiene la mirada. Y por primera vez desde que lo conozco, algo en la comisura de su boca se mueve. No es una sonrisa. Es lo más cerca que ha estado de que algo le divierta.
—Entendido.
—Bien.
—Liora. Gracias.
—¿Por qué?
—Por verme como tu macho.
Esas palabras me desarman más que el veneno, más que la reina, más que cualquier concubina que llegue mañana. Le dije que era mi macho sin pestañas y solo hasta ahora caigo en cuenta.
