Capítulo 7 Capítulo 7
POV LIORA
Cierro la puerta de su cuarto a mi espalda y me quedo quieta en el pasillo. El corazón me golpea como si quisiera salirse. La piedra fría bajo mis pies descalzos es lo único que me devuelve la cordura.
Estoy sangrando. De todas las mierdas se me tenía que ocurrir esa.
Lo más tonto que tenías a mano —dice Aiven—. Le dijiste que sangras para no admitir que se te gusta nuestro macho.
—No me gusta, solo fue la cercanía, no estoy acostumbrada, mejor ya cállate.
Aprieto la mandíbula y camino rápido. Paso el pasador de mi puerta y me tiro en la cama.
Le dije pervertido. A un hombre que se mordió la muñeca con tal de no tocarme, más bien yo quede como toda una pervertida.
Al fin lo reconoces—dice Aiven.
Por una vez no le discuto.
A la mañana siguiente me preparo para recibir mis primeras tareas, si voy a ser la luna de este clan, debo comenzar a demostrar que no soy solo una simple sanado, como la mayoría piensa. Bajo con la espalda recta y me siento en la cabecera antes de que aparezca mi alfa, no quiero verlo aún, pero las tres nuevas arpías ya están en la mesa. Octavia me ve, abre la boca, pero la corto antes de que diga algo de lo de anoche.
—En esta mesa la Luna se sienta primero y se sirve primero. Aprendan el orden y nos vamos a llevar bien.
Octavia cierra la boca. Noa baja la cabeza a la taza y no la levanta. Brida se pone de pie, me hace una reverencia y se queda parada hasta que me siento.
—Luna Liora.
—Brida.
Esa maldita loba no me gusta nada—gruñe Aiven, bajito—Algo planea.
Lo sé. Lo supe cuando bajó del carruaje y, en lugar de mirar a Kael, me miró a mí. Octavia quiere la cama de mi macho. Brida quiere otra cosa, y no saber cuál me molesta, debo vigilarla más que a mi suegra.
El desayuno es en silencio, Kael o aparece y eso es bueno, con él cerca no podría mantenerme alerta con estas lobas. La mañana pasa en aparente tranquilidad, y eso en un lugar como este me preocupa, eso solo significa que mis enemigos están planeando su ataque.
Regreso a mi habitación y me la encuentro a Brida frente a la puerta y yo no la mandé llamar.
Trae una bandeja entre las manos. Una tetera de plata, dos tazas.
—Espero no molestar. —Inclina la cabeza—. Con tantas caras nuevas, pensé que agradecería una tasa de buen te.
—¿Por qué se molestó?
—No es molestia, solo quiero demostrar mi disposición de servirle mi Luna.
Asiento, es lista y si quiero descubrir que planea es mejor observarla con cuidado.
—Pasa.
Entra, deja la bandeja en la mesa baja y espera a que yo me siente antes de sentarse ella.
—Sé lo que eres —dice mientras sirve—. Sanadora. La última Aelmont marcada por la luna. En mi clan hubo una, mi abuela. Aprendí lo que pude antes de que muriera. Hierbas, sangrías, qué hoja baja una fiebre y cuál la sube. No es tu don. Pero sirve.
—¿Para qué me sirve a mí?
—Para llegar viva a la luna roja. —Me tiende la taza—. La Reina lleva años en este castillo y sigue de pie. Yo no quiero tu lugar. Quiero el mío. Y eres la única aquí que todavía no me ha mentido.
Es buena con las palabras, demasiado falsa.
No lo tomes —dice Aiven, y se me eriza la nuca—. Liora. No.
Sostengo la taza sin acercármela. La miro por encima del vapor y le doy tiempo a ponerse nerviosa.
No se pone.
—Está en un clan ajeno, Luna, rodeada de gente que la ve aun como enemigo. —Levanta su taza—. No la culpo, cualquiera en su posición seria cautelosa, pero tranquila yo bebo primero y así dormimos las dos tranquilas.
Se toma un sorbo largo delante de mí, traga, baja la taza al plato despacio, como midiendo mi reacción. Me mira. Espera.
Se que si tiene algo mi don me protege, pero su mirada me dice que hay algo más, algo que estoy pasando por alto.
No lo pruebes, que piense lo que quiera —me corta Aiven—No la bebas. Huélela.
Me la acerco despacio, como quien va a beber, porque no pienso darle el gusto de verme dudar. El vapor me sube a la cara. Menta, miel, una raíz amarga por debajo. Lo de cualquier té.
Puedo reconocer cualquier veneno con solo olerlo, el té no parece tener ninguno, pero ella está demasiado a tenta, esa mirada de expectativa la reconozco con los ojos cerrados.
—¿No bebe, Luna? —dice Brida, suave—. Aun desconfía.
—Me gusta tibio, pero tranquila, lo tomare.
—Lo siento, es mi primera vez sirviéndole y no quiero decepcionarla. —Sonríe apenas—. Vamos mejorando.
Huelo otra vez, más hondo, buscando el filo que siempre está cuando algo está mal. No lo encuentro.
Aiven. Yo no huelo nada.
Y Aiven habla, y le sale una voz que no le oí ni la noche del veneno.
Yo sí.
Se me seca la boca.
¿Qué hueles?
Algo que tú no alcanzas. —Se detiene—. Lo que echó en esa taza lo hizo para que tu don no lo viera, Liora. No lo bebas.
Levanto los ojos de la taza.
Brida me mira con su taza vacía, finjo tomar un sorbo y la vuelvo a poner aun lado.
—Lo siento, es muy dulce para mi gusto.
—Pero Luna, siquiera lo provo.
—Claro, le digo que su sabor es muy dulce.
Ella me mira con desconfianza, pero le sostengo la mirada. Ella asiente.
—Creo que debo irme Luna, no quiero seguir incomodándola.
—Vuelve cuando quieras, ahora compartimos un esposo.
La mujer se va, y decido guardar el té, si Aiven tiene razón, ese liquido me puede ayudar para descubrir que planean.
