Capítulo 8 Capítulo 8.
POV KAEL
Liora me ha estado esquivando, me mando a decir que quería comer sola con las concubinas y cuando pedí verla se escuso y sé que es por lo de anoche, pero la dejare tranquila por ahora, estaba por ir a ver a mi padre cuando escuche una conversación sin querer.
Bajo el muro. Solo tres dedos.
Si la sanadora no lo nota, sabremos hasta dónde le llega su don. La reina quiere eliminarla pronto y necesitamos dar con sus debilidades.
Subo el muro de golpe. Brida.
No es para matarla —dice Nerov, despacio—. Es para medirla.
Lo sé. Y eso es peor. A los que quieren matarte les ves el cuchillo. A los que te prueban no.
Aprieto el paso hacia el ala oeste. No alcanzo a oír el resto, solo el final, la parte de " eliminarla pronto y necesitamos dar con sus debilidades ", y con eso me basta para saber dos cosas: que el té es cortesía, y que llego tarde.
Doblo el último pasillo y Brida sale del cuarto de Liora.
Cierra la puerta con cuidado, las manos quietas, pero su cara de molestia esa clara.
—Mi señor.
—Brida.
Bajo el muro un segundo.
Que hará el alfa aquí, bueno no importa ya sé lo que necesito. No lo bebió. Interesante. La reina va a querer saber esto.
Liora no se lo bebió. Algo en el pecho se me afloja y me molesta que se afloje.
—¿Atendiendo a mi Luna? —pregunto.
—Llevándole un té, mi señor. Una mujer sola en clan ajeno agradece la compañía. —Otra reverencia—. Con permiso.
Se va. La sigo con los ojos hasta que dobla, y Nerov gruñe bajo, los colmillos a medio salir.
Esa mezcló el veneno de la copa. Y le sirvió el té con la misma mano.
Lo sé. Y no puedo decirle a Liora cómo lo sé.
Entro sin tocar.
Liora está sentada en el borde de la cama con la taza entre las manos, inclinada sobre ella, oliéndola igual que olería una herida. Levanta la cabeza de golpe y mete la taza contra el muslo, instinto puro, como quien esconde un arma.
—No toco —digo, y levanto las manos—. Aprendí ayer.
—No empieces.
—¿Qué es eso?
Duda. La veo medir cuánto contarme, y al final puede más la necesidad de un aliado que la costumbre de callar.
—Brida me trajo un té. —Lo dice plano—. Lo olí. No tiene nada. Cornisa no es, ni nada que yo conozca, y conozco todas las llevabas venenosas. —Aprieta la mandíbula—. Pero Aiven olió algo. Algo que yo no alcanzo. Dice que está hecho para neutralizar mi don.
Me quedo quieto.
—No lo bebas —digo.
—No soy idiota.
—No dije que lo fueras. —Me acerco, le quito la taza de las manos despacio, la huelo. Menta. Miel. Nada más, para mi nariz tampoco hay hierbas viejas, pero antes de los clanes existían hiervas. Cosas que se molían para que el sanador no las viera venir, justo contra dones como el tuyo. Si es una de esas, está en la biblioteca de Irthen. Yo la busco.
—¿Tú?
—Tengo libros que mi padre no sabe que existen. —Dejo la taza en la mesa, lejos de ella—. Dame tres días.
Me mira y buscando la grieta. Y la hay, claro que la hay, solo que no en lo del libro. La grieta es que oí a Brida en el pasillo y no se lo voy a contar, porque tendría que explicarle cómo, y no estoy listo para que esta mujer sepa lo que vive dentro de mi cabeza.
Cuéntale algo —dice Nerov—. Antes de que te lea la cara como te lee todo lo demás.
—¿Por qué me ayudas? —pregunta ella.
—Pacto. Tú curas lo que otros usan para matar, yo conozco el castillo. —Me encojo de hombros—. Y prefiero a la ayuda de mi luna que despertar en un pozo.
—Qué romántico.
—Eso de ser romántico no es lo mío.
Tenerla cerca me hace recordar su olor, lo de anoche, porque soy un imbécil, porque la tengo a un metro y todavía me arde la cara, cambio de tema intentado no asustarla.
—Por cierto. ¿Cómo sigues? —Inclino la cabeza—. Lo del… sangrado.
Se pone roja desde el cuello. Directo, sin transición.
—Cállate.
—Solo pregunto cómo esposo preocupado.
Esposo preocupado —repite Nerov, y se ríe ronco en el fondo del pecho—. Le pusiste la mano en la espalda y casi le ruegas que se quedara. Esposo preocupado mis garras.
Cállate tú también.
—Me pareció raro —sigo, y no sé de dónde me sale esta cara, esta voz baja que no uso con nadie— que una mujer que sangra de repente tuviera las manos tan calientes.
—Te las puse para fingir, era teatro.
—Buen teatro.
—Kael.
—Convincente, de verdad. Por un momento te creí.
Se levanta de golpe, lista para escapar de mí. Da un paso para esquivarme y rodear la cama, rápido, todo orgullo y nada de cuidado, y pisa el dobladillo del vestido con su propio pie y me muevo la más rápido que puedo. Estiro la mano por reflejo, la agarro, pero ella ya cae, me arrastra con ella, el borde de la cama me pega detrás de las rodillas.
Caemos y Liora me cae encima, las manos clavadas en mi pecho, la cara a un palmo de la mía. Su respiración se acelera al igual que la mía, y puedo escuchar el latido rápido de su corazón.
—Quítate —dice, pero es ella quien esta sobre mí.
—Quítate tú, estás encima.
—Por tu culpa.
—Yo no me tropecé con mi propio vestido.
Está a punto de contestar. Le veo la rabia subir, le veo la boca abrirse. Y yo, por costumbre, por instinto, por tres años de hacerlo sin pensar, bajo el muro para oírle el insulto que me va a soltar por dentro antes de que le llegue a los labios.
Y no hay nada.
Silencio.
No el silencio de cuando alguien tiene la mente en blanco. El silencio de un cuarto vacío. Empujo más, bajo el muro hasta el fondo, hasta donde no lo bajo ni con mi padre, y busco a Liora donde siempre estuvo, fuerte, clara, imposible de callar.
Nada. Por primera vez en mi vida, nada.
La oigo respirar. La siento temblar encima de mí. La tengo más cerca que a nadie en este mundo.
Y no la oigo.
Kael. —Nerov ya no se ríe. Nerov está erizado, en alerta, con una voz que no le conozco—. ¿Por qué no la oyes?
