Capítulo 1 Capítulo 1: El toque magico
El olor a whisky barato y humedad le revolvía el estómago, pero la penumbra del antro era el único refugio que le quedaba esa noche.
Él se acomodó en el rincón más oscuro de la barra. Se desabrochó el primer botón de la camisa y se quitó el guante de cuero de la mano derecha con un movimiento lento, cargado de rabia. La piel pálida de su mano quedó al descubierto, blanca, rígida, condenada.
Observó las líneas de su propia palma con detenimiento. Para el mundo, él era el monarca absoluto de un imperio corporativo. Para su difunto padre, nunca dejó de ser el bastardo culpable.
«Si no te casas y me das un heredero de tu propia sangre en seis meses, la totalidad de las acciones pasará a la junta directiva. Un inválido social que no puede tocar a una mujer no merece mi legado».
Las palabras del testamento, que recién se leyó esa mañana en su oficina, le martillaban las sienes. Apretó el vaso de cristal fino con los dedos desnudos hasta que los nudillos se tornaron blancos. No era impotencia; era náusea. La sola idea de que una mujer rozara su piel le provocaba un ataque de pánico que lo dejaba sin aire, un recuerdo visceral de la sangre, las sirenas y los cadáveres aplastados en aquel accidente cuando tenía cinco años. Estaba atrapado. Jamás podría cumplir la cláusula. Jamás tocaría a nadie.
Al otro lado de la barra, los nudillos de ella temblaban por una razón muy distinta.
Tenía frente a sí una pila de sobres blancos con membrete rojo. Cuentas médicas. La última factura del área de cuidados intensivos, el costo del funeral de su abuela y una suma de seis dígitos con una fecha de vencimiento que había expirado hacía tres días.
—Lo siento, niña —dijo el dueño del bar, pasando un trapo sucio sobre la barra—. Tus ojos hinchados asustan a los clientes. Bastante tengo con mantener este antro en pie como para pagarle el sueldo a alguien que se la pasa llorando por los rincones.
Le tiró un par de billetes arrugados. Su último pago.
Ella no protestó. ¿Para qué? La abuela, la única persona que le quedaba en el mundo desde que quedó huérfana siendo una bebé, había muerto hacía menos de dos meses.
Horas antes, su prometido había bloqueado su número de teléfono tras dejarle un mensaje frío: «No puedo cargar con tus deudas, no arruines mi vida también».
Entonces ella se tragó el nudo de la garganta, recogió los billetes con dedos torpes y pidió un trago corto. El licor le quemó la garganta, pero no anestesió el vacío en el pecho. Estaba en la ruina, embargada, sola en el mundo y sin un techo para la mañana siguiente.
Guardó los papeles en el bolso y caminó hacia la salida. Necesitaba aire, aunque el aire de la ciudad oliera a humo y lluvia estancada.
El frío de la medianoche la golpeó de lleno al cruzar la puerta trasera que daba al callejón. Dio apenas tres pasos antes de que dos sombras se interpusieran en su camino.
—Miren no más lo que nos tiró el bar —dijo uno de ellos, bloqueándole el paso con una sonrisa podrida—. ¿A dónde vas tan sola a esta hora, preciosa?
—Con permiso —murmuró ella, intentando esquivarlos, pero el segundo tipo la agarró del brazo con brusquedad, arrastrándola hacia la penumbra de un camión estacionado.
—No seas grosera. Solo queremos charlar un poco —siseo con una sonrisa sínica.
El agarre le quemó la piel. Ella forcejeó, la adrenalina ahogando su tristeza por un instante.
—¡Suéltame! —gritó, tratando de soltarse, pero el tipo la empujó contra la pared de ladrillos.
—Cállate la boc...
La frase se extinguió en un chasquido seco.
Una figura alta brotó de la oscuridad cuando apenas había salido del antro por la misma puerta trasera. La mano enfundada en cuero del desconocido atrapó al agresor por la nuca y lo estampó de cara contra el ladrillo con una violencia salvaje, casi animal.
El otro sujeto reaccionó sacando una navaja, pero él no retrocedió. No peleaba como un hombre de negocios; peleaba como alguien que buscaba que lo mataran esa misma noche. Esquivó el primer corte a ciegas, le propinó un puñetazo devastador en la mandíbula al segundo tipo y lo derribó, pero el alcohol y el desgaste le pasaron factura. El primer agresor, recuperado del golpe, le asentó un madero pesado por la espalda.
El sonido del impacto hizo eco en el callejón.
El desconocido ahogó un gemido de dolor, se giró con los ojos inyectados en sangre y remató al sujeto de una patada en las costillas que lo dejó convulsando en el suelo. Los dos maleantes se arrastraron aterrados hacia la avenida principal, dejando tras de sí un reguero de insultos.
El hombre permaneció de pie un segundo, jadeando, pero las rodillas se le doblaron. La borrachera, sumada al golpe en la espalda, le cortó el centro de gravedad.
Ella no pensó. Olvidó su propio miedo, el dolor de su tristeza y la prudencia. Dio un paso al frente y lo atajó antes de que se estrellara de cabeza contra el pavimento.
Lo sostuvo contra su pecho. Instintivamente, para evitar que su cabeza colisionara contra el bordillo, ella deslizó las manos desnudas por el cuello de él, ahuecando su cara y sosteniéndolo por las mejillas.
—¡Oiga! ¡Señor, manténgase despierto! —suplicó ella, con la voz entrecortada por el pánico.
El cuerpo de él se congeló al instante.
Él esperó la tormenta. Esperó la bilis subiendo por su garganta, la asfixia violenta, la náusea paralizante que desde hacía veinticinco años lo destruía cada vez que una piel femenina intentaba rozarlo. Apretó los dientes, aguardando el colapso de su propio trastorno.
Pero la crisis no llegó.
Nada ocurrió.
En lugar del horror, la piel desnuda de la chica contra su cara le transmitió una descarga eléctrica, una calidez repentina y nueva que le acalló la migraña y le limpió el aire de los pulmones. No hubo asco. No hubo repulsión. Solo una paz desconocida y voraz que le recorrió las venas de golpe.
Él abrió los ojos con esfuerzo. La penumbra del callejón le impedía ver los rasgos exactos de la mujer que lo sostenía, pero pudo sentir las lágrimas calientes de ella cayendo sobre su frente y el temblor de unas manos que no le provocaban ningún rechazo.
Trató de articular una palabra, pero la negrura de la conmoción y el alcohol lo arrastraron hacia abajo. Antes de perder la conciencia por completo, aferró con fuerza la muñeca desnuda de la chica, asegurando el agarre sobre la única anomalía que acababa de regalarle la vida.
