Capítulo 2 Capítulo 2: La pieza faltante
El dolor de cabeza retumbaba al ritmo de un martillazo tras otro.
Damian Volkov abrió los ojos y se topó con el techo de cristal de su penthouse en el centro financiero. La luz de la mañana le laceraba las pupilas. Con un gruñido, se incorporó en el sofá de cuero negro, pasándose una mano cansada por el cabello azabache despeinado. Su reflejo en el ventanal le devolvió la imagen de un hombre de treinta años, de facciones angulosas y corte impecable, con una sombra de barba de dos días y los ojos grises tan fríos como el acero.
A la vista de la élite empresarial, Damian era el heredero indiscutible de un imperio. Para el difunto magnate al que llamó "padre" toda su vida por mero respeto social, él jamás fue más que una plaga. Su madre ya lo traía en el vientre de un matrimonio anterior cuando se casó con el viejo Volkov. Y cuando ella murió en aquel sangriento accidente automovilístico veinticinco años atrás, el viejo no solo perdió a la mujer que amaba, sino que descargó todo su veneno sobre el niño de cinco años que sobrevivió milagrosamente.
«Deberían haberme devuelto a mi esposa en tu lugar, maldito bastardo», le había gritado una vez, borracho, antes de encerrarlo en un armario.
La culpa lo había devorado desde entonces. Damian creció sabiendo que la muerte de su madre era una sombra que pisaba sus talones. Una sombra que se materializó en su trastorno: la imposibilidad absoluta de tocar o ser tocado por una mujer.
Damian miró su mano derecha. Llevaba puesto un guante de piel.
—Señor Volkov.
Su asistente personal, un hombre enjuto y meticuloso de anteojos finos, dio dos pasos al frente dentro de la amplia estancia.
—Dime que la encontraste, Mateo —la voz de Damian sonó como grava raspando contra el suelo.
—Las cámaras de seguridad del callejón del bar eran de pésima resolución, pero rastreamos el trayecto del taxi que abordó tras dejarlo en la sala de emergencias privadas —Mateo le extendió una carpeta de Manila—. Se llama Elena. Elena Vance. Veintidós años.
Damian abrió la carpeta con brusquedad. La fotografía de una ficha de identificación le devolvió la mirada. Tenía un rostro ovalado, piel pálida, cejas expresivas y unos ojos grandes y oscuros que traslucían una terquedad indomable, enmarcados por una melena castaña con reflejos cobrizos.
—Está en la ruina absoluta, señor —continuó Mateo—. Su abuela falleció el mes pasado en el centro médico central. La deuda asciende a casi trescientos mil dólares entre hospitalización y trámites funerarios. Su prometido rompió la relación ayer y la embargaron esta mañana.
Un chispazo de fría satisfacción cruzó la mirada gris de Damian. Perfecta. Una mujer desesperada era una mujer manipulable.
—Prepara el auto. Vamos a buscarla.
Veinte minutos después, Elena apretaba contra su pecho una bolsa negra de basura con sus pocas pertenencias. Dos hombres con trajes oscuros acababan de poner un sello de embargo en la puerta de su modesto apartamento. La tristeza por la muerte de su abuela se mezclaba con una rabia impotente que le quemaba la garganta.
De pronto, un sedán negro de cristales blindados se detuvo a la orilla de la acera. La puerta se abrió y de él bajó un hombre alto, de hombros anchos y una presencia tan intimidante que los transeúntes instintivamente se apartaron.
Elena reconoció de inmediato la silueta. Era el sujeto de la noche anterior. Pero ya no parecía el borracho temerario que la salvó en un callejón; vestía un traje a medida de tres piezas que costaba más que la casa de su abuela.
Damian caminó hacia ella sin vacilar. Se detuvo a un metro de distancia, observándola de arriba abajo con una frialdad analítica, como si estuviera evaluando un lote de mercancía defectuosa.
—Elena Vance —dijo él. Su voz era grave, dominante.
—¿Quién es usted? —exigió ella, dando un paso atrás y alzando la barbilla a pesar de la zozobra—. ¿Viene a cobrarme algo más? Porque ya se lo llevaron todo.
Damian ignoró la pregunta. Se desabrochó despacio el guante de cuero de su mano derecha.
—Acércate y toca mi mano —ordenó.
Elena frunció el ceño, entre la incredulidad y la indignación.
—¿Qué? ¿Usted está loco? Le salvé la vida anoche de que le rompieran el cráneo en un callejón y ¿aparece aquí a darme órdenes estúpidas?
—Si mal no recuerdo fui yo quien la salvo en primera instancia.
—Yo podía defenderme sola —espeto ella con terquedad a pesar de saber que mentía.
Damian hizo girar sus ojos con evidente desespero.
—Solo toca mi mano desnudada, Elena. Ahora.
—¡No soy su juguete ni un experimento de laboratorio, señor arrogante! —soltó ella, con los ojos echando chispas de rabia—. No sé quién se cree que es, pero si vino a burlarse de mi desgracia, puede irse al diablo.
La firmeza de la chica hizo que Damian entornara los ojos. Sin esperar permiso, él dio un paso rápido, acortando la distancia, y atrapó la muñeca de Elena con su mano desprotegida.
Elena ahogó un jadeo ante el descaro, intentando zafarse, pero se congeló.
Un chispazo recorría la piel de ambos. Damian cerró los ojos un milisegundo, exhalando el aire de golpe. No hubo asco. Tampoco nausea. La marea negra que solía ahogarlo ante la proximidad femenina simplemente no existía con ella. Era real. La chica no había sido un espejismo alcohólico.
—Suéltame —siseó ella, zafándose con un tirón violento, con las mejillas ardiendo de furia por la intromisión—. ¡No vuelva a ponerme una mano encima!
Damian se recompuso al instante, poniéndose el guante de nuevo con una calma calculada que a ella le pareció exasperante.
—Pagaré la deuda médica de tu abuela hasta el último centavo —soltó él sin anestesia—. Te daré un departamento a tu nombre, una pensión mensual de cincuenta mil dólares y saldaré cualquier compromiso financiero que tengas.
Elena se quedó petrificada. El tono del hombre era tan frío como si estuviera cotizando el precio de una máquina.
—¿A cambio de qué? —preguntó ella, con el pulso desbocado.
—A cambio de tu firma en un contrato de matrimonio por un año —Damian sacó un documento del interior de su saco y se lo extendió—. Serás mi esposa ante la ley y ante la prensa. Cumplirás con las presencias sociales que te exija. Ni una palabra de esto a nadie.
Elena miró el papel y luego clavó sus ojos oscuros en el rostro del CEO.
—Usted me salvó anoche y aunque me pese aceptarlo le estoy agradecida por eso —dijo ella, con una sonrisa amarga y llena de desprecio—, pero ahora usted solo está buscando comprar una sirvienta cara... Me da asco su dinero.
—No te estoy pidiendo que me quieras, ni yo voy a quererte a ti —sentenció Damian, acercándose con voz gélida y tono de sentencia absoluta—. De hecho, no me importas en lo más mínimo ni tu ni tus problemas, pero tienes dos opciones, Elena: o me odias desde una vida acomodada con la memoria de tu abuela limpia de deudas, o te pudres en la calle por orgullo… ¿y sabes qué? Estoy apurado, tienes diez segundos para decidir… o lo tomas o lo dejas.
