Capítulo 3 Capítulo 3: La sombra y el abismo

Capítulo 3: La sombra y el abismo

El trayecto hacia el consorcio Volkov se hizo en un silencio aplastante. Elena miraba por la ventana del sedán, apretando la bolsa de basura con su ropa contra su regazo como si fuera un escudo. Odiaba al hombre sentado a su lado. Odiaba su postura erguida, su perfume amaderado y esa frialdad quirúrgica con la que la había acorralado.

Pero no tenía elección. La imagen de las máquinas de la UCI pitando junto a la cama de su abuela y los avisos de embargo eran un fantasma que la perseguía. La abuela había sido su único pilar desde que sus padres murieron en aquel trágico choque cuando ella era apenas una bebé. Para Elena, el amor significaba sacrificio; para el sujeto a su lado, parecía ser solo un trámite transaccional.

Damian, por su parte, clavaba la vista en su tableta, ignorándola en apariencia. Pero por dentro, su mente era un caos.

No era crueldad lo que lo movía, sino pura supervivencia. Desde los cinco años, cuando despertó atrapado entre los fierros retorcidos del auto donde su madre yacía sin vida, su mundo se había vuelto un infierno. Su padrastro —el hombre que la sociedad creía su padre— lo confinó a un aislamiento sistemático, acusándolo de haber "distraído" a su madre al volante. Creció creyendo que su toque traía la muerte, una culpa deformada que su mente transformó en la patología física de la haptefobia. Para Damian, mostrar debilidad o calidez hacia alguien significaba darle un arma para destruirlo. Si trataba a Elena con dureza, era porque no sabía interactuar con un ser humano de otra manera que no fuera a través del control.

El vehículo se detuvo frente a una mansión privada en las afueras de la ciudad, en lugar de la torre corporativa.

—Baja —ordenó Damian, ajustándose la corbata—. Firmaremos el contrato aquí antes de que mi abogado traslade los fondos al hospital.

Elena tragó saliva y descendió. Entraron al imponente vestíbulo de mármol. La casa era fría, impecable y desprovista de cualquier toque personal, como un museo sin alma.

—Tienes cinco minutos para leer las cláusulas finales —dijo Damian, dejando la carpeta sobre la mesa de cristal del salón principal—. Mi asistente ya inició la transferencia que pagará tu deuda. En cuanto firmes, el dinero será liberado.

Elena tomó el bolígrafo con manos temblorosas. Leyó las letras pequeñas: Matrimonio de conveniencia, duración de doce meses, cohabitación obligatoria en suites separadas, confidencialidad absoluta.

Justo cuando estaba por leer las últimas tres cláusulas del contrato, la puerta principal de la mansión se abrió de golpe.

—¡Espero que tengas una excelente explicación para este circo, Damian!

Un hombre maduro, de cabello cano y mirada despiadada, irrumpió en la estancia secundado por dos abogados. Era Héctor Volkov, el hermano menor de su difunto padrastro y el principal interesado en que la cláusula del testamento expirara para quedarse con la presidencia del grupo.

Héctor clavó sus ojos en Elena, recorriendo su ropa gastada y la bolsa de plástico a sus pies con abierto desprecio.

—¿Así que este es tu patético intento de burlar la cláusula de tu padre? —se burló Héctor, avanzando a pasos agigantados—. ¿Traer a una indigente de la calle para simular un compromiso de última hora? Todos en la junta directiva sabemos de tu asquerosa condición, Damian. Eres un fenómeno incapaz de tocar a una mujer. Mañana a primera hora exigiré una evaluación médica y la impugnación de este contrato absurdo.

Damian no se inmutó exteriormente, pero la vena de su cuello se tensó violentamente. La sombra de su pasado amenazaba con aplastarlo.

—La señorita Vance es mi prometida —respondió Damian con una voz tan baja y peligrosa que hizo que los abogados de Héctor dieran un paso atrás—. Y sus asuntos no son de tu incumbencia.

—¡Por favor! —se rio Héctor con crueldad—. Demuéstralo. Tócala. Dale un beso frente a mis abogados o firmarás tu renuncia a las acciones ahora mismo. Sé que prefieres cortarte la mano antes que rozar a una hembra.

El aire en la sala se volvió denso. Damian permaneció inmóvil, acorralado. Si cedía, perdía el imperio por el que había sangrado toda su vida para honrar a su madre; si fallaba en la prueba, el engaño saldría a la luz.

De pronto, una mano suave se deslizó por el brazo de Damian.

Elena, movida por una mezcla de rabia contra la arrogancia de Héctor y el instinto visceral de proteger la única oportunidad de saldar la memoria de su abuela, dio un paso al frente.

Ante la mirada atónita de Héctor y el impacto helado de Damian, Elena rodeó el cuello del CEO con ambos brazos, acortó la distancia y estampó sus labios firmemente contra los de él.

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