Capítulo 4 Capítulo 4: La jaula de cristal
Capítulo 4: La jaula de cristal
El techo con molduras de pan de oro fue lo primero que vio al abrir los ojos.
Elena permaneció inmóvil sobre el colchón, con las sábanas de seda cubriéndola hasta la barbilla. Por un segundo, esperó escuchar el pitido sofocante del monitor cardíaco o el goteo en el techo de su viejo apartamento. Pero no. El silencio de la habitación principal de la mansión Volkov era absoluto y ajeno.
Se incorporó de golpe, sintiendo una punzada de pánico.
Lo ocurrido la tarde anterior la golpeó como una ola helada: la irrupción violenta de Héctor, la humillación, la presión... y el beso. Elena se llevó los dedos a los labios. Aún sentía la rigidez de Damian al impacto y la extraña vibración al tocarse sus pieles. Lo había hecho por desesperación, para asegurar el pago de la deuda de su abuela y callar a ese anciano despiadado, pero la discusión le impidió terminar de leer el contrato. Había firmado a ciegas la última página. ¿A qué se había encadenado realmente?
Un golpeteo suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Señorita Vance, buenos días. Con su permiso —una joven vestida con uniforme impecable entró cargando un perchero con vestidos de alta costura, seguida por otra empleada con un carrito de desayuno de lujo.
—¿Qué... qué es todo esto? —susurró Elena, encogiéndose en la cama.
—Indicaciones del señor Volkov —respondió la joven con una sonrisa amable—. Mi nombre es Clara. Estaré a su servicio. El señor Volkov tuvo que salir a primera hora a la sede central para una reunión de emergencia, pero dejó órdenes estrictas de proporcionarle todo lo necesario.
Elena miró el despliegue de frutas exóticas y telas costosas. Se sentía como una intrusa. La mansión no era un hogar; era una prisión dorada.
—Clara... —murmuró Elena—. ¿Él es siempre así? ¿Tan frío?
Clara miró hacia la puerta antes de responder en voz baja:
—El señor Damian ha llevado una vida muy dura, señorita. Nadie en esta casa lo ha visto sonreír jamás. Pero anoche... anoche realizó la transferencia del banco personalmente para asegurarse de que el hospital emitiera el paz y salvo de la deuda de su abuela antes de que usted se durmiera. Él no habla mucho, pero actúa.
La revelación dejó a Elena desarmada. ¿Aquel hombre arrogante se había tomado el trabajo de verificar eso en la madrugada?
Tras vestirse con un sencillo vestido blanco de lino y declinar la mayor parte del banquete, Elena salió al inmenso jardín trasero a tomar aire, buscando procesar la mezcla de culpa, agradecimiento y confusión.
Sin embargo, la paz duró poco.
—¡Vaya, miren a la gran dama! ¡Qué rápido aprendiste a venderte al mejor postor!
Elena se petrificó. Al darse la vuelta, vio a Rob, su exprometido, avanzando por el sendero con la cara desencajada por la rabia. Había burlado la seguridad haciéndose pasar por un repartidor de flores.
—¿Qué haces aquí, Rob? —exigió Elena, tratando de mantener la voz firme.
—¿Que qué hago aquí? —se burló él, acercándose emanando rencor—. El mes pasado me llorabas porque no tenías para pagar el entierro de tu abuela y hoy amaneces en la mansión del hombre más rico de la ciudad. ¡Eres una cínica! ¿Desde cuándo te acostabas con él? ¡Eres una cualquiera!
—¡Cállate! —gritó Elena, sintiendo que las lágrimas le quemaban los ojos—. Tú me abandonaste en el peor momento. Me dijiste que era un caso perdido y bloqueaste mi número. ¡No tienes ningún derecho a reclamarme nada!
—¡Tengo todo el derecho porque fuiste mía! —Rob la agarró del antebrazo con violencia, sacudiéndola—. Solo eres una muerta de hambre que usó el luto para acostarse con un millonario. ¿Crees que él te quiere? Solo te está usando para su circo, pedazo de...
—Suéltala.
La voz no fue elevada, pero el tono contenía una carga de amenaza mortal que congeló el aire.
Damian estaba de pie a unos metros, con la chaqueta sobre el brazo y la mirada fija en la mano de Rob sobre el brazo de Elena.
Rob, intentando mantener la compostura frente al imponente CEO, no la soltó al instante.
—Esto es entre ella y yo, señor Volkov. Usted no sabe la clase de muerta de hambre manipuladora que metió en su casa...
En dos zancadas quirúrgicas, Damian acortó la distancia. Con la mano enfundada en su guante de cuero, tomó la muñeca de Rob y aplicó una presión precisa en la articulación.
Un chasquido seco retumbó en el jardín. Rob ahogó un alarido de dolor, soltando a Elena inmediatamente y cayendo de rodillas sobre la grava.
Damian se colocó sutilmente delante de Elena, bloqueándola con su cuerpo como un muro infranqueable.
—Esta mujer es mi prometida —dijo Damian con voz helada—. Si vuelves a pisar mi propiedad, si vuelves a pronunciar su nombre o si te atreves a tocarle un solo cabello otra vez, me aseguraré personalmente de que no encuentres trabajo ni un techo en este país por el resto de tu miserable vida. ¡Seguridad, sáquenlo de mi vista!
Los guardias arrastraron a Rob mientras desaparecía por el portón.
El silencio volvió al jardín. Damian permaneció de espaldas durante unos segundos, respirando con pesadez.
Elena lo miró desde atrás. Ya no veía solo al ejecutivo despiadado; veía a un hombre oscuro, lleno de grietas, que no había dudado un segundo en ponerse como escudo para defender su dignidad. Por primera vez, no sintió miedo de estar en esa casa.
Damian se giró despacio. Sus ojos grises se cruzaron con los de ella.
—¿Estás bien? —preguntó él con la severidad habitual, pero con un matiz imperceptible de cautela.
Elena tragó saliva y dio un paso hacia él.
—Sí... gracias, señor Volkov.
Él simplemente asintió, dio media vuelta y caminó hacia la mansión, dejándola sola en el jardín. Elena no lloró; se prometió a sí misma que saldría de ese infierno con vida.
