Capítulo 5 Capítulo 5: La cláusula oculta
Capítulo 5: La cláusula oculta
El silencio en el salón principal de la mansión era tan denso que casi se podía cortar. Elena caminaba de un lado a otro, sintiéndose como una pieza de exhibición. Aunque las paredes respiraban lujo, ella se sentía en una celda blindada.
Un golpe rítmico en la puerta interrumpió su marcha. Clara entró con una bandeja de té recién preparado, luciendo su habitual sonrisa que contrastaba con la rigidez del lugar.
—Le traje manzanilla, señorita Elena —dijo la joven sirvienta, dejando la taza sobre la mesa—. La veo muy tensa. Parece que estuviera esperando que el techo le caiga encima.
Elena esbozó una sonrisa débil, agradeciendo la calidez. Clara tenía esa virtud: una soltura imprudente pero leal.
—No estoy acostumbrada a estar encerrada sin hacer nada, Clara —admitió Elena, sentándose en el sofá—. Y la verdad... todo aquí me sobrepasa. Especialmente tu jefe.
Clara echó una mirada rápida hacia el pasillo, bajando el tono con complicidad.
—El señor Damian impone, no se lo niego. Trabajar aquí es caminar sobre cáscaras de huevo, pero le juro que no es malo, solo distante. Nunca deja que nadie se le acerque. Siempre usa esos guantes de cuero. Dicen que desde niño quedó marcado por lo de su madre y que el difunto señor Volkov lo trataba con crueldad. Se volvió un témpano para que nadie pudiera volver a lastimarlo.
Las palabras de Clara calaron hondo. La imagen de un niño atrapado en la frialdad hizo que una inesperada punzada de empatía le oprimiera el pecho. Quizás la distancia de Damian no era soberbia, sino un escudo.
—Es una lástima que viva así... tan solo —murmuró Elena.
—¿Sola en esta mansión, querida? Qué escena tan conmovedora.
La voz cargada de falsa cortesía hizo que Clara diera un brinco. En el marco de la puerta se encontraba Héctor Volkov, luciendo una sonrisa calculada. Clara hizo una inclinación apresurada y salió a toda prisa.
—Señor Volkov —dijo Elena, poniéndose de pie y cruzando los brazos—. No creo que tenga permiso para estar aquí.
—Tranquila —dijo Héctor, avanzando lentamente—. No vine a pelear. Vine a disculparme. Fui un poco duro la tarde anterior, pero la aparición repentina de una prometida nos tomó por sorpresa.
—Acepto sus disculpas. Prefiero retirarme a mi habitación.
—¡Oh, qué prisa! —Héctor le bloqueó el paso—. Solo quería felicitarte. Hay que tener un estómago de acero y una ambición implacable para aceptar un trato como el tuyo.
Elena frunció el ceño.
—No sé de qué me habla.
Héctor soltó una risita amarga.
—Vamos, no tienes que actuar conmigo. Admito que Damian fue astuto. Nadie en la junta esperaba que consiguiera a una mujer dispuesta a ceder tan rápido. Cualquier mujer se pensaría dos veces antes de vender su vientre a un hombre que ni siquiera puede tocarla sin sentir asco.
Un frío helado le recorrió la espina dorsal a Elena.
—¿De qué... de qué vientre está hablando? —susurró.
Héctor fingió sorpresa, llevándose una mano al pecho.
—¿Acaso no lo sabes? La cláusula que dejó mi difunto hermano en el testamento es muy clara: Damian no solo debe casarse en seis meses para conservar las acciones, sino que debe certificar que su esposa está embarazada de un heredero en ese mismo plazo. Si no hay descendencia, todo pasa a la junta directiva.
Elena sintió que el aire se le escapaba. Recordó la interrupción brusca de la tarde anterior y cómo había firmado la última página del documento a ciegas, confiando en las palabras de Damian de que solo era un contrato de acompañamiento social por un año.
—Él... no me dijo nada de un hijo —balbuceó Elena.
—¿No te lo dijo? —Héctor sonrió revalidando sus garras—. Mi sobrino no te compró como esposa, Elena. Te compró como una incubadora contractual. Eres solo un vientre de alquiler con la firma sobre un papel.
Sin decir una sola palabra más, Elena pasó por su lado a empujones. La empatía que había comenzado a germinar por el CEO se evaporó por completo, sustituida por una marea de furia y profundo desprecio.
Salió a la calle, tomó un taxi y le dio una sola dirección: la sede central del Consorcio Volkov.
Veinte minutos después, la torre ejecutiva no la intimidó. Elena avanzó por el vestíbulo principal como una exhalación. Subió por el ascensor privado hasta el piso superior y caminó directo hacia la oficina de la presidencia.
Mateo, el asistente, se puso de pie de golpe.
—Señorita Vance, espere, el señor Volkov está en medio de una revisión...
Elena empujó las enormes puertas dobles de roble con ambas manos. Dentro de la imponente oficina, Damian estaba de pie tras su escritorio de caoba. Llevaba la camisa arremangada y el guante de cuero de su mano derecha aún suelto. Se giró con molestia, pero sus ojos grises se abrieron con asombro al verla allí, despeinada y con las mejillas encendidas.
—Elena, ¿qué significa esto? —preguntó Damian con tono severo—. Te dije que permanecieras en la mansión...
No pudo terminar la frase.
Elena cruzó la estancia en cuatro zancadas violentas. Sin darle tiempo a reaccionar, alzó la mano derecha y descargó una bofetada seca, rotunda y ensordecedora directamente sobre la mejilla del CEO.
El sonido del impacto retumbó en las paredes de cristal. La cabeza de Damian se giró bruscamente. Mateo ahogó un grito en la puerta, petrificado.
Damian permaneció inmóvil. La marca roja de la mano comenzó a dibujarse en su piel pálida. Pero no fue solo el dolor del golpe lo que lo congeló: fue la quemadura física de su piel desnuda chocando contra la de ella, una descarga de electricidad que le acalló los sentidos.
Llevó sus dedos desprotegidos a la mejilla golpeada, clavando una mirada gris e impactada en la mujer que tenía enfrente.
Elena no retrocedió. Lo miró a los ojos con las lágrimas de rabia contenidas y la voz vibrando de furia:
—Me vendiste la idea de un matrimonio de fachada para salvar tu empresa, Damian... pero jamás te firmé el derecho a comprar mi vientre. Esto se acabó.
