Capítulo 6 CAPÍTULO 6: El fuego y la ceniza

El eco de la bofetada todavía retumbaba en las paredes de cristal de la oficina.

Elena respiraba entrecortadamente, con el pecho agitándose bajo su blusa. Le temblaba la mano, pero no de miedo, sino de la furia contenida que había ido acumulando en el trayecto. Había sido un borrón de minutos: la irrupción de Héctor en la mansión, el veneno revelado en esa cláusula oculta y el escape desesperado. Nadie en la residencia había osado detenerla cuando cruzó las puertas como un vendaval, ni el taxista tuvo tiempo de hacer preguntas al ver su rostro desencajado mientras le exigía llevarla a la Torre Volkov. Al llegar, se había colado entre el flujo de ejecutivos, aprovechando que el personal de recepción aún no la conocía pero la vio caminar con una determinación tan voraz que nadie atinó a pedirle un gafete antes de que las puertas del ascensor ejecutivo se cerraran. Subió hasta el último piso en un parpadeo, empujando a quien se interpusiera en su camino hasta plantarse frente al hombre que había pretendido comprar su matriz.

Y allí estaba él.

Damián Volkov ni siquiera había pestañeado. Mantenía la cara levemente girada hacia la izquierda, justo donde los dedos de Elena habían dejado una huella ardiente sobre su pálida mejilla.

Para cualquier otro hombre, aquello habría sido una humillación intolerable. Para Damián, sin embargo, la sensación era un fenómeno alucinante. Un impacto sordo, caliente, punzante. Contacto humano real, puro, sin el filtro de la náusea ni la asfixia del pánico. En medio del dolor físico de la bofetada, Damián sintió una corriente de aire fresco en su prisión neurológica. Era fascinante. Era la confirmación violenta y real de que Elena Vance no era un espejismo: ella era el único ser en el planeta capaz de tocar su piel sin destruirlo.

Un segundo después, el caos irrumpió en el santuario de la presidencia.

—¡Señor Volkov! ¡Sujétenla! —gritó el jefe de seguridad de la torre, entrando a la carrera junto a tres guardias armados que venían escoltándola desde el vestíbulo, exhaustos y con los radios echando chispas.

Mateo, paralizado junto a la mesa de juntas, tenía el rostro desencajado por el horror. Conociendo el carácter implacable de su jefe y su absoluta aversión al contacto, esperaba ver a Damián ordenar que destruyeran a la atrevida que acababa de cruzar la línea.

Uno de los guardias se abalanzó sobre Elena, sujetándola fuertemente del brazo para reducirla y sacarla a rastras del despacho.

—¡Suélteme! —se zafó Elena con altivez, aunque el agarre era firme.

—¡Fuera de aquí! —ordenó el guardia—. Señor, disculpe la brecha de seguridad, esta mujer entró burlando el control y...

—Suéltala —la voz de Damián no fue un grito, sino un murmullo de hielo que congeló la habitación por completo.

El guardia parpadeó, confundido, ajustando la llave en el brazo de Elena.

—Señor, lo agredió físicamente, debemos llevarla a la comisaría...

—Dije... que la sueltes. Ahora.

Damián volvió la cara despacio. Sus ojos grises, oscurecidos por una tormenta contenida, se clavaron en el guardia. Hubo un silencio sepulcral. El empleado aflojó el agarre de inmediato, dando dos pasos hacia atrás como si hubiese tocado un cable de alta tensión. Elena se acomodó la manga de la blusa, manteniendo la mirada desafiante sobre el CEO, rehusando mostrar la más mínima debilidad.

—Todos fuera —dictaminó Damián, ajustándose la solapa del saco con una calma espeluznante. La marca roja en su mejilla izquierda empezaba a inflamarse, pero él actuaba como si no existiera—. Mateo, despeja el piso. Cancela la reunión de las cuatro y asegúrate de que nadie interrumpa.

—Damián... ¿estás seguro? —intervino Mateo con cautela.

—Fuera.

Los guardias salieron de inmediato y Mateo cerró las pesadas puertas de madera, dejando el despacho sumido en un denso silencio. Damián se erigió cuan largo era, acomodándose los puños de la camisa con una parsimonia calculadora. No había rabia en sus gestos; sólo la sombra implacable del hombre que domina cada tablero.

—Tienes la mano dura, Elena —dijo con voz grave y distante, caminando despacio hasta situarse detrás de su imponente escritorio de caoba—. Y una forma bastante ingenua de gestionar tu ira.

—Tu tío estuvo en la mansión —espetó ella, dando un paso al frente con la barbilla en alto—. Me enseñó el contrato con la cláusula del heredero. Me usaste, Volkov. Ocultaste que pretendías que quedara embarazada de ti, un completo desconocido, un hombre frío y sin principios. Sentir solo la idea de ser usada por ti o llevar un hijo tuyo en mis entrañas me da absoluto asco.

Damián la escuchó sin inmutarse, apoyando las manos enfundadas sobre la madera. Por dentro, al ver la repulsión visceral en sus ojos y la palidez de su rostro al hablar de la intimidad, algo en su pecho se contrajo con una punzada incómoda. La aversión de Elena abría una grieta en su fría coraza, pero su mente de acero reaccionó con rapidez para no perder el control.

—Héctor hizo exactamente lo que esperaba: buscar una grieta para que salieras huyendo —respondió Damián, firme y tajante—. A mi tío le importa que rompas el acuerdo para dejarme sin el respaldo del testamento. Si te vas ahora, el pagaré de las deudas de tu abuela se cancela hoy mismo y volverás a la calle en la ruina absoluta.

—¡Prefiero la ruina antes que entregarle mi cuerpo a un desconocido! —le cortó Elena, con la voz quebrada por la impotencia.

Damián la observó en silencio durante un segundo tenso. Al notar la angustia real que la devoraba, decidió dar un paso atrás sin romper su postura dominante.

—No habrá contacto físico, Elena —declaró Damián con voz firme—. La cláusula del heredero que exige el testamento se cumplirá mediante inseminación artificial. Un procedimiento médico, estrictamente privado y bajo una cláusula de confidencialidad absoluta que solo tú y yo sabremos. No tendrás que soportar mi toque ni mi presencia en tu cama.

Elena lo miró fijamente, con el corazón latiéndole desbocado. La sola mención de la inseminación eliminaba la amenaza inmediata de la intimidad forzada, dándole un respiro a su dolor, pero la realidad del trato la mantenía acorralada.

—En privado vivirás en la mansión, en suites separadas. Cero contacto. Cero presiones —añadió Damián, acortando la distancia con lentitud—. Al finalizar el año, no solo estarás libre de deudas, sino que te otorgaré un fondo de inversión que asegurará tu independencia definitiva. Es mi última oferta. Lo tomas, o cruzas esa puerta y dejas que el mundo te devore.

Elena respiraba agitadamente, evaluando la frialdad del magnate. Saber que su cuerpo no sería vulnerado mediante contacto físico reducía su aversión, dejándola solo ante la fría necesidad de sobrevivir.

—Quiero el nuevo documento redactado hoy mismo —dijo Elena con la voz rasgada, tragándose el orgullo—. Con la cláusula de inseminación y la confidencialidad por escrito. Si intentas sobrepasar ese límite, se acaba todo.

—Mateo lo tendrá esta noche —asintió Damián, implacable.

Elena sostuvo su mirada un instante más antes de dar media vuelta y salir con la cabeza en alto.

Damián permaneció inmóvil en el centro de la oficina. Solo cuando la puerta se cerró por completo, levantó la mano para rozar la piel caliente de su rostro y sonrió.

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