Capítulo 6 Capítulo Seis – El límite invisible
Su beso me tomó por sorpresa.
Durante un instante, no supe si alejarlo o rendirme. Sentí su respiración mezclarse con la mía y su cuerpo tan cerca que fue imposible pensar con claridad. Pero apenas sus manos empezaron a deslizarse por mi cintura, reaccioné.
Le tomé las muñecas y lo aparté despacio, aún con el corazón desbocado.
—¿Qué estás haciendo, Seth? —pregunté, intentando sonar firme, aunque mi voz temblaba un poco.
Él me miró con esa tranquilidad descarada que tanto me desconcertaba.
—Lo que los dos queremos —respondió, como si fuera la cosa más obvia del mundo.
Solté una risa corta, incrédula.
—¿Ah, sí? ¿Y qué sabes tú de lo que yo quiero?
Seth ladeó la cabeza, con esa media sonrisa que siempre parecía tener la respuesta antes de hacer la pregunta.
—Entonces dime tú —dijo con voz baja—, ¿qué es lo que quieres?
Lo miré un segundo, intentando que no notara el temblor en mis manos.
—No es tu problema —contesté, esquivando su mirada.
Él dio un paso más cerca, y aunque no me tocó, su presencia bastó para que me costara respirar.
—Claro que lo sé —murmuró—. Quieres que te haga perder el control.
Levanté la vista y lo miré con una sonrisa leve, entre divertida y desafiante.
—Qué arrogante eres —dije, intentando sonar indiferente.
Seth rió suavemente.
—No es arrogancia, Eden. Es certeza.
Me crucé de brazos, sin saber si quería reír o empujarlo otra vez.
—¿Y cuál es tu certeza exactamente? —pregunté.
Él me miró fijamente, con esos ojos grises que parecían leer lo que yo intentaba ocultar.
—Que quieres escucharme decir tu nombre… mientras pides que te da más duro.
Me reí por su descaro y el frunció el ceño saliendo de mi apartamento. Me quedé inmóvil pensando en que carajos acababa de pasar. Y cuando apenas me estaba recomponiendo, el volvió con unos papeles en la mano.
—¿Qué es eso? —pregunté, señalando los papeles que traía en la mano.
Seth me los tendió sin decir nada. Los tomé con cautela y bajé la mirada. Eran resultados médicos.
—Mis últimos análisis —dijo con voz calmada—. Estoy limpio, Eden. Siempre lo estoy. Y, por si te lo preguntas, nunca follo sin condón. Por si eso era lo que te preocupaba.
Lo miré alzando una ceja, sin saber si reírme o tirarle los papeles en la cara.
—No es solo eso, Seth —respondí, cruzándome de brazos—. Es que… es un poco asqueroso que te acuestes con mujeres diferentes todas las semanas.
Él sonrió con ese aire coqueto que tanto me sacaba de quicio.
—¿Me estuviste espiando?
—No —repliqué enseguida—. Pero, casualmente, siempre coincidíamos en el ascensor. Y tú… siempre ibas con una distinta.
Seth soltó una pequeña risa, casi divertida.
—¿Y qué tiene de malo? —preguntó, encogiéndose de hombros—. Eso es todo lo que busco: follar. No creo en el amor, ni en las relaciones. Y, sinceramente, tampoco estoy interesado en tener una.
Solté una carcajada corta.
—¿Y tú crees que yo sí lo estoy? No sabes nada de mí, Seth. Ni entiendo por qué me estás diciendo todo esto.
Él dio un paso hacia mí, reduciendo la distancia a centímetros.
—Entonces follemos —dijo con descaro—. Y grita mi nombre mientras te doy duro.
Me quedé boquiabierta, sin poder creer lo que acababa de decir.
—Eres un asco —espeté—. No pienso follar con un tipo que tiene a una diferente cada semana.
Seth alzó una ceja, como si mis palabras lo divirtieran más que ofenderlo.
—No soy exclusivo, Eden. Las mujeres son complicadas. Todas terminan queriendo lo mismo: enamorarse, tener una relación… y yo no estoy para eso. Así que tengo mi regla: una sola noche y adiós.
—No todas las mujeres son así —rebatí, mirándolo fijamente—. Yo no quiero nada de eso. Así que tu pensamiento está completamente equivocado. Pero, en serio, me da asco tu vida sexual.
Él rió suavemente, mirándome con ese brillo desafiante.
—¿Entonces me estás pidiendo que sea exclusivo?
—Si quieres sexo —dije sin apartar la vista—, esa es la condición.
Seth arqueó una ceja, interesado.
—¿Y podrás satisfacer todas mis necesidades sexuales, Eden?
Sonreí, apenas ladeando la cabeza.
—Puedo con eso… y más.
Hubo un silencio corto, denso, cargado de algo que ninguno quiso nombrar.
Seth inclinó un poco la cabeza, con una media sonrisa que me erizó la piel.
—¿Trato hecho, entonces?
Lo miré un instante, sabiendo que lo que estaba a punto de hacer cruzaría un límite del que no habría vuelta atrás.
—Trato hecho —dije al fin.
Seth dio un paso hacia mí, lento, calculado, como un depredador que sabe exactamente la distancia que lo separa de su presa. Su mirada no se apartaba de la mía, y aunque yo intentaba mantenerme firme, cada movimiento suyo me robaba el aire.
—Trato hecho —repitió en un susurro ronco, avanzando otro paso.
El espacio entre nosotros se volvió insignificante. Pude sentir el calor de su cuerpo antes de que siquiera me tocara. Me quedé quieta, no porque no quisiera moverme, sino porque mis piernas parecían haber olvidado cómo hacerlo.
Seth levantó una mano y me rozó la mejilla con el dorso de los dedos, apenas un toque, pero suficiente para que mi piel se estremeciera.
—Sabes que si me provocas… no voy a detenerme —murmuró, su voz tan baja que sentí las palabras vibrar más que escucharlas.
Tragué saliva, intentando mantener la calma, aunque mis latidos retumbaban en mis oídos.
—Nadie te está deteniendo —respondí, con un hilo de voz.
Su sonrisa se ensanchó, lenta, peligrosa. Me rodeó la cintura con una mano, acercándome hasta que su respiración chocó contra mis labios. No me besó todavía. Solo se quedó ahí, sosteniendo el momento, como si disfrutara torturándome con la espera.
—Dilo —susurró, con esa voz cargada de deseo—. Dime que lo quieres.
Cerré los ojos un instante, intentando no perder el control, pero ya era tarde. La tensión nos envolvía como un hilo invisible, tirando de los dos hasta que no hubo espacio para el aire.
Cuando por fin sus labios rozaron los míos, fue apenas un roce, una promesa peligrosa. Mi respiración se mezcló con la suya, y en ese instante supe que, aunque hubiera intentado resistirme, ya había cruzado la línea y que, desde ese momento, nada entre nosotros volvería a ser inocente.
