Capítulo 4

Aeron

Hago girar al iniciado y lo estrello contra la pared. Oigo cómo se le quiebra la columna y el cuello se le parte. Se desploma hacia adelante, flácido en mi mano.

Aprovecho su estado temporal para mirar por encima del hombro a Isla. Respira con dificultad, el pulso lento y débil. Literalmente está a un paso de la muerte.

Suelto al iniciado.

—Quédate —ladro, y cruzo el piso para arrodillarme junto a Isla.

Samuel por fin aparece. Soy consciente de que está ahí, bloqueando la salida, observándome en silencio.

Me cubre la espalda.

Pongo la mano en la frente de Isla. Está pegajosa al tacto; tiene un tono gris blanquecino enfermizo, y la piel está casi tan fría como la mía.

Mierda.

—Aeron —dice Samuel—. Se va a morir.

Lo ignoro. Me muerdo la muñeca y acerco mi brazo sangrante a sus labios. Observo cómo mi sangre gotea dentro de su boca y se acumula ahí. Al principio no se mueve. No traga lo único que la salvará.

—Isla —susurro—. Necesitas beber.

Su boca se cierra, y la oigo tragar. Cuando vuelve a abrir los labios, mi sangre ha desaparecido.

—Más —digo, y me muerdo la muñeca otra vez, reabriendo la herida ya cicatrizada.

Ya respira con más facilidad, y su corazón late con más fuerza.

Con un gemido, me agarra el brazo con ambas manos y se lleva la muñeca a la boca, aferrándose a mí con firmeza mientras sus labios cálidos se cierran alrededor de las dos marcas de los colmillos.

Isla se retuerce en el suelo, las caderas se le arquean hacia arriba, y el olor de su excitación inunda la habitación.

Nuestra sangre provoca ese efecto en los humanos.

Soy demasiado consciente del iniciado que se está curando y de Samuel, que aún nos observan. Esto no es algo que quiera que vean.

Es un momento intensamente íntimo y privado. Lo único que los vampiros no haríamos voluntariamente a la vista de todos.

Podemos coger con cualquier cosa que tenga un agujero delante de un estadio lleno de gente, pero compartir nuestra sangre… así es como hacemos el amor.

Siento la sangre salir a borbotones de mí mientras ella sigue succionando. Las extremidades se me vuelven más pesadas y un zumbido bajo vibra en el fondo de mi cráneo.

—Ya es suficiente —digo, y aparto el brazo.

Intenta resistirse, pero es como pelear con un ratón. Fácil y aburrido.

Deslizo los brazos por debajo de ella y la levanto del suelo. La recuesto en la cama y la cubro con la manta; luego me vuelvo hacia el iniciado.

—Eres uno de los nuevos bebés de Nicolette —declaro.

—Sí —dice, y levanta la barbilla como si creyera que es especial.

—No, chico, no —advierte Samuel—. Humíllate un poco.

En vez de hacerle caso al consejo de mi hermano, el iniciado me sisea como si fuera una serpiente y enseña los colmillos.

En un parpadeo estoy frente a él, con la mano alrededor de su cuello; de mis dedos brotan uñas afiladas que le cortan la carne.

—Guarda los colmillos.

Los ojos del iniciado destellan en rojo. No tiene ningún control.

—¿Te atreves a tocar a mi humana? —pregunto.

—Es virgen —responde, como si eso fuera algún tipo de defensa.

—Es mía. No tocas lo que es mío.

—Nicolette me dijo que harías eso.

—¿Hacer qué?

—Dijo que finges que estás a cargo para quedarte con las buenas para ti… pero en realidad nadie gobierna este reino, y cualquiera puede tomar lo que quiera.

Miro a Samuel, que me alza las cejas. Luego se ríe. Una risita aguda, sarcástica.

—Nicolette es una maldita mocosa.

—Sáquenlo afuera —digo—. No quiero manchar a Isla con su sangre asquerosa.

Por primera vez, el vampiro recién nacido tiene el buen juicio de parecer asustado.

—¿Qu- qué me vas a hacer?

—Arrancarte la cabeza y dársela de comer a los lobos —digo sin rodeos—. La carne de vampiro es una rareza que disfrutan como un manjar.

—Nicolette te va a matar.

Samuel resopla.

Yo me río.

Agarro al iniciado y lo arrojo al pasillo. Samuel lo esquiva justo a tiempo, imperturbable, mientras el chico se estrella contra la pared del fondo con un golpe sordo y se desmorona en el suelo. Los escombros caen sobre él, cubriéndolo con una fina capa de polvo.

Entonces aparece Nicolette. Enojada como siempre, zapateando como la niña que es.

—¿Qué le estás haciendo a Justin?

Miro a mi hermana. Es de una belleza de postal, con el cabello rubio largo trenzado y los ojos verde brillante lanzándome chispas. Sus labios de capullo de rosa se curvan en una sonrisita sardónica, y cruza sus brazos delgados sobre sus pechos generosos.

—Voy a matarlo. Se alimentó de mi humana.

—Eso apenas merece una sentencia de muerte. Échalo a los fosos una semana.

—¿Por alimentarse de mi novia? No. No lo creo.

Un pequeño ceño de pura consternación le frunce las cejas.

—Ah. ¿No tienes ya una novia?

—No —decimos Samuel y yo a la vez, completamente exasperados por lo despistada que es.

Todos los hijos de nuestros padres son hermosos. Por eso nos eligieron, pero algunos días pienso que debieron mirar un poco más allá de los defectos evidentes en la superficie.

—Bueno —dice Nicolette y, casi jovial, le da un golpe a Justin en el hombro—. Fue un gusto conocerte. Yo, Nicolette de los Stonehearts, rompo el vínculo que nos une. Ya no eres mío. Ya no tengo dominio sobre ti. Eres libre de buscar tu propio camino.

Justin aúlla de dolor, pero Nicolette solo gruñe.

—¿Se vuelve más fácil mientras más veces lo haces? —pregunta Samuel con sequedad—. ¿O solo te acostumbras a ser una perra?

—Eh. Se vuelve más fácil. Los vínculos ya no son tan fuertes para mí. Pero te digo algo: igual es como una patada fría en la concha… aunque él lo siente todo. Directo en los huevos —señala a Justin, que está doblado sobre sí mismo, sollozando.

He oído que cortar el vínculo del creador es el dolor más profundo, más crudo, que un vampiro puede sentir. Yo nunca lo he experimentado.

Mi hermana se encoge de hombros y se aleja.

—Es todo un caso —dice Samuel.

—Sí —concuerdo.

—Nicolette —la llamo para que vuelva.

Ella se gira para mirarme.

—Deja de decirle a tu bandada de juguetes sexuales que yo no estoy al mando.

—Sí, sí, sí —dice, y se da la vuelta, moviendo los dedos en el aire—. Chao.

Le tengo mucho cariño a Nicolette, y nuestro vínculo de sangre familiar significa que tengo que amarla, pero sí que tiene una manera de tocarme la última maldita fibra de paciencia.

Detrás de mí, oigo a Isla moverse y luego una inhalación profunda y entrecortada. Samuel asoma la mirada hacia su habitación.

—Mejor entra, hermano.

Le hago un gesto con la cabeza hacia Justin.

—¿Puedes encargarte de él?

—Claro —dice Samuel, encantado—. ¿Cómo quieres que lo haga?

—Haz lo que haga cantar a tu oscuro corazoncito.

Una sonrisa cruel se dibuja en los labios de mi hermano.

—Ahora sí estamos hablando.

—¡Quítate de encima! —grita Isla—. ¡No! ¡No!

Sin decir otra palabra, me doy la vuelta para atender a Isla.

Ella me mira una sola vez y grita, aterrada hasta lo más profundo.

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