Capítulo 1 Sus manos encima de mi piel
Sus manos se deslizaban por mi piel haciendo que cada tacto quemara, pero esto, lejos de ser tortuoso, era placentero. Aquellos labios se detuvieron en mi cuello mientras que yo quería quitarle la ropa desesperadamente.
Nuestros cuerpos reaccionaban el uno con el otro de una manera en que no había pensado llegar a experimentar con un hombre que apenas conocía.
—Quiero que te pongas boca abajo. —Él me lanzó a la cama y me quitó mi ropa interior. —Vamos, hazlo.
Le obedecí; cuando hice esto, sentí como el miembro de aquel hombre entró en mí y lancé un gemido que era placentero y doloroso al mismo tiempo.
—Qué estrecha que estás —su aliento rozaba mi oído mientras embestía en esta posición—. Me encantas.
Sus manos comenzaron a golpear mi trasero, aquel que había sido la mayor bendición y maldición que una mujer podía tener.
—No puedo creer que me encuentre aquí contigo y de esta manera —mis manos se aferraron a la sábana—. Demonios, hazlo más fuerte.
Horas antes.
—Te he organizado una cita a ciegas y vas a ir —mi papá, con su usual ceño fruncido, habló mientras estaba sentado en aquel escritorio que parecía ser parte de él—. No puedes seguir soltera con la edad que tienes; un hombre se tiene que hacer cargo de ti.
—Pero papá, no puedes venir a hacer eso. Entiende que no me interesa casarme; quiero ser independiente totalmente.
—Pues no, señorita. Te vas a casar porque yo te lo digo. La persona con la que he organizado la cita a ciegas no se encuentra al nivel de la familia Ferrer De la Vega, pero es una persona digna, así que vas a ir de inmediato; la cita es en una hora.
—Está bien, papá. —Me levanté de aquella silla que era demasiado pesada para mí, aceptando lo que me pedía porque sabía bien que era inútil decir que no—. Te mantendré al tanto de mi cita.
—Perfecto, Alessandra. Me alegra que puedas comprender. —La sonrisa de mi papá fue de oreja a oreja; él se levantó de su silla y me dió un fuerte abrazo. —Quiero que sepas que te amo profundamente y que eres mi más grande tesoro.
—Lo sé, papá —me solté de su agarre que me quemaba por completo —. Si no te importa, pues te digo que me voy a preparar; sé bien que tú detestas la impuntualidad.
Me di la vuelta y salí del despacho, a veces sentía que ser la heredera de la casa empresarial de la Vega era una maldición y muchos anhelaban ocupar mi lugar sin saber las consecuencias que traía esto, toda la presión que recaía en mí era gigantesca y no cualquiera iba a aguantar las exigencias de papá.
—Cualquiera que quiera mi sitio pues que venga, no quiero seguir siendo la preciosa heredera de esta casa, se lo regalo con todo y moño.
Las empleadas que se encontraban limpiando el pasillo que daba a mi habitación sabían bien que habían escuchado lo que decía y probablemente pensaban que estaba loca por andar hablando sola, pero tal como era de esperarse, ellas no podían decir o hacer nada que me perjudicara.
Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria y, por un momento, el silencio me pesó más de lo habitual. Llevé la mano hasta el camafeo que siempre colgaba de mi cuello y lo apreté entre los dedos, como si de alguna forma eso fuera suficiente.
No lo era. Nunca lo era.
—Vamos… —murmuré en voz baja, cerrando los ojos apenas un segundo—, decías que podía con esto.
El metal frío contra mi piel fue lo único que respondió.
Caminé por mi cuarto y fui directo al clóset, mi papá siempre había sido exigente con las cosas, con la ropa que debía de usar y que debía dar una buena imagen. Por lo tanto las elecciones siempre fueron prendas de diseñadores reconocidos, incluso las camisas básicas valían unos cuantos cientos de miles y no podía usar ropa de supermercado o de tienda comercial.
—Bueno —miré el pantalón de vestir negro junto con la camisa de seda blanca y el abrigo largo —está haciendo algo de frío, mejor me voy bien abrigada.
Tomé un sombrero, botas a juegos y un bolso pequeño que llevaba todo lo necesario para una cita. Mi papá que esperaba al pie de la escalera me miró de pies a cabeza y dió su aprobación.
El chófer fue el que me llevó al sitio de la cita, tal como era de esperarse se trataba de uno de los mejores restaurantes de la ciudad y que de paso era el favorito de papá.
Al entrar, el mesero me llevó donde estaba mi cita. Al llegar a la mesa miré a un tipo al que le importaba muy poco mi presencia, ni siquiera tuvo la sutileza de volver a verme por estar metido en el celular todo ese tiempo. Me quedé de pie unos segundos frente a él, esperando a que al menos levantara la mirada, pero no lo hizo.
—¿Será que me puedes brindar un poco de tu atención? —hablé con voz firme, y fue entonces que levantó la mirada, recorriéndome rápido, como si estuviera comprobando algo. —Yo soy…
—Ya sé bien quién eres, solo un idiota no lo sabría —dijo sin más—. Te quiero decir que lo que vamos a consumir en este sitio va a ir por tu cuenta, al final de cuentas tú eres la que más dinero tiene de los dos y, bueno… es bastante evidente que tú vas a comer más que yo, no has engordado a base de aire.
Sentí cómo se me tensaba el estómago, y por un instante no supe dónde poner las manos. Todo lo que mi padre me había enseñado estaba en contra de esto, así que respiré profundamente y, con la sonrisa más amable que fui capaz de sostener, me preparé para enviarlo al demonio.
—También tenemos que ver el tema de la boda —continuó, como si nada—, y referente a los hijos pues te digo que no quiero tenerlos con una mujer como tú. Además, los gastos van a ir por cuenta de tu padre y no de mi parte, ustedes tienen dinero después de todo. Esto sin mencionar que cuando tenga ganas de tener intimidad contigo lo vamos a hacer con las luces apagadas porque no me interesa conocer la grasa que te rodea, debe ser espantoso estar con una mujer de tu talla.
Escuchaba a este hombre hablar una tras otra vez y cada una de sus palabras era peor que la otra.
—Agradecida deberías de estar que me voy a casar contigo, al final de cuentas las mujeres como tú solamente existen para ser el segundo plato y quitarnos las ganas. Sin embargo estoy haciendo el enorme sacrificio de casarme contigo porque mi familia necesita de una buena posición social y tú eres la más adecuada para eso, porque si no de ninguna manera yo me juntaría contigo, aquí estoy arriesgando mi reputación solo con que te vean a mi lado.
En ese momento lo entendí. No era una cita, era una evaluación, y claramente ya tenía un resultado que estaba lejos de favorecerme.
—No va a haber comida y tampoco boda —respondí con total calma—, mucho menos hijos, creo que al final coincidimos en algo. Así que la cita a ciegas ha finalizado, espero que encuentres lo que buscas.
Aquel hombre se levantó y de repente me dió una bofetada que hizo que toda mi cara se entumeciera. Y fue en ese momento en que un puño pasó rozando mi mejilla roja en dirección a la cara de mi agresor.
—¿Te encuentras bien? —aquel hombre me miró con angustia —un gusto, soy Sebastián Rinaldi…
