Capítulo 2 Recuerdos de otra mujer

La época actual.

Y fue de esta manera en que terminé en los brazos de este hombre que me tomaba con total pasión; incluso me preguntaba qué bendito era lo que él había visto en mí. Al final de cuentas, me encontraba lejos de tener el físico que buscaban este tipo de hombres en las mujeres que elegían.

—¿Por qué estás tan pensativa? —Sebastián me dió un beso en el cuello y me quedó mirando—. Vamos, habla. Te has puesto tiesa como una tabla; no estabas actuando de esa manera.

—Solo tengo una pregunta, ¿Por qué te has metido conmigo?

—¿Acaso no es obvio? Es porque me gustas.

Ya había pasado muchos desengaños con otros tipos; sabía bien que un hombre iba a decir cualquier cosa con tal de coger; al final de cuentas, ellos eran así.

Pero a pesar de saber tal cosa, decidí no hablar y simplemente seguir con lo que estábamos haciendo. Su mano delgada me golpeó con una fuerza increíble; mi nalga quedó ardiendo debido a esto y sentí como todo bajaba hasta mi pierna.

Él puso sus manos en mi cintura y me embistió con más fuerza que la que estaba usando. Al escuchar un gruñido de su parte, luego de eso se lanzó a un lado sin hacer nada más que mirar al techo.

—Ahora sí, necesito que me digas el motivo real por el cual has estado conmigo. Y no salgas con que te gusto… porque a duras penas me conoces.

Sebastián no respondió de inmediato. Bajó la mirada, como si encontrara algo interesante en las sábanas desordenadas.

—¿Quieres sinceridad o no?

—Siempre… incluso si duele al punto en que cuesta respirar.

Él soltó una leve risa sin humor.

—No busco una relación formal —dijo al fin—. Solo… compañía. Fui casado.

Hizo una pausa. Demasiado larga.

—Y… supongo que hay algunas manías que no se me han quitado. Me gustaría tener una amistad contigo.

Abrí los ojos un poco más de lo normal, pero mantuve el tono firme mientras jalaba la sábana para cubrirme. 

—Está bien. Lo entiendo. Gracias por tu honestidad. No tengo problema con ser tu amiga.

Sus ojos se levantaron hacia mí, como si evaluara algo que no terminaba de encajar.

—¿De verdad crees que eso sea posible?

—Sería bastante estúpida si no —respondí, encogiéndome de hombros—. Meterme con alguien que todavía está… en otra parte.

El silencio volvió a instalarse y fue pesado e incómodo.

Sebastián me miró otra vez, esta vez más detenidamente. Recorrió mi rostro, luego bajó la vista… demasiado lento. Frunció levemente el ceño, como si estuviera armando una idea que no terminaba de convencerlo.

—Es raro…— No dije nada. —Hay algo en ti.

Mi estómago se tensó sin que pudiera evitarlo, sentía que de alguna manera había algo que si me lo decía me iba a doler, en serio que era una tonta.

—¿Algo?

Él dudó y eso fue peor que cualquier respuesta inmediata.

—Olvídalo.

—No —insistí—. Ya empezaste por lo tanto debes terminar, créeme que si quiero averiguar algo voy a llegar a las últimas consecuencias.

Exhaló, pasándose una mano por el cabello.

—No es nada importante. —Otra pausa. —Es solo que… —volvió a mirarme, esta vez sin sostenerme del todo la mirada— me recuerdas a alguien.

El nudo en mi estómago se apretó.

—¿A quién?

Tardó un segundo más de lo necesario.

—A mi ex.

No supe en qué momento dejé de sentir los dedos de los pies. Mi agarre sobre la sábana se tensó apenas, lo suficiente para que mis nudillos palidecieran, pero mi voz salió estable.

—Vaya… qué coincidencia.

Él asintió, como si acabara de confirmar algo para sí mismo.

—Sí… supongo que sí.

Y ahí estaba. No era yo. Nunca había sido yo, simplemente era una sustituta de un viejo amor, alguien que estaba disponible para calmar su fulgor y de paso recordarle a una persona que aún permanecía en su corazón.

Claro, de otra manera jamás hubiera estado en su radar, un hombre como él se encontraba fuera de mi liga incluso siendo quien era.

—¿Entonces qué piensas?

—Pienso que es hora de irme —me senté en la cama y miré a Sebastián —no me lo tomes a mal, es solo que tengo serios problemas que arreglar en casa debido al desastre de cita que tuve y es por eso que debo de irme cuanto antes para ver los daños colaterales.

—Está bien —él tomó su pantalón y sacó su billetera, fue entonces que tomó una tarjeta —ahí tienes mi contacto, si acaso necesitas quitarte las ganas en cualquier momento pues me encuentro a la disposición para lo que desees.

—Está bien —tomé la tarjeta y luego comencé a vestirme —supongo que no tienes idea quién soy yo.

—No, ¿Acaso es algo que tiene que importar?

—No, sinceramente prefiero las cosas de esa manera. Respecto a que quieres amigos pues no veo el impedimento de ser tu amiga, si gustas hago como que nada de esto ha pasado y eso es todo —comencé a vestirme —tal como te dije antes pues no soy invasiva con las personas.

—No me estás entendiendo —él se levantó y deslizó su mano por todo mi torso —quiero tenerte como amiga con beneficios.

—¿O sea que quieres seguir cogiendo, pero sin ningún compromiso de por medio? —él asintió mientras su nariz se paseaba por mi cuello; fue entonces que lo alejé—. Déjame pensar las cosas, ahorita no tengo cabeza para otra cosa que no sea la batalla que me espera en casa.

—Está bien, ahí tienes mi contacto, me puedes buscar sin importar la hora que sea.

Al incorporarme, sentí cómo algo se deslizaba y caía al suelo. No le di importancia hasta que lo vi inclinarse.

—Se te cayó esto.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

Sebastián sostenía el camafeo entre los dedos, observándolo con demasiada atención, como si intentara descubrir algo más allá de su superficie.

Di un paso al frente y se lo arrebaté casi de inmediato.

—Gracias.

El metal frío rozó mi palma y, por un instante, todo lo demás perdió fuerza.

“Para que no olvides lo que eres capaz de hacer.”

Su voz regresó sin aviso, tan clara que dolía.

Tragué saliva y cerré el camafeo con más fuerza de la necesaria.

—Es solo una tontería —añadí, bajando la mirada un segundo antes de volver a recomponerme.

Salí del hotel al que había ido y tomé un uber que me llevó hasta la casa, al entrar pude ver a mi papá que caminaba de un lado al otro mientras la tensión en la casa era palpable.

—¡Tú! —me señaló con su dedo mientras lo agitaba con fuerza —¡Vas a ver lo que te espera!

Pensé que me iba a mandar a encerrar a mi cuarto o algo por el estilo, pero en el momento en que miré como su mano se alzaba en dirección a mi rostro me quedé helada y  no pude reaccionar porque simplemente no creía que él se iba a atrever a hacer tal cosa y fue justo por eso que me dió un golpe.

—Es la primera vez que me pegas —llevé mi mano a mi mejilla —no puedo creer que te atrevieras a hacer tal cosa, papá.

—Y creo que debí haberlo hecho antes, quizás de esa manera no actuarías como si fueras una zorra. No puedo creer que arruinaste la cita a ciegas que me costó tanto trabajo conseguir, entiende que no hay una sola persona en la ciudad que quiera casarse contigo, solamente a Fabricio es que pude conseguir, ¿Y qué es lo que haces? Te largas con el hombre que agredió la única oportunidad que tenías de casarte con alguien decente.

—Ese tipo de decente no tiene nada, me ha dado una bofetada y Sebastián solamente me defendió. Además, si has podido organizar una cita a ciegas, bien puedes organizar otra, solo espero que en esta ocasión puedas elegir a alguien que no me intente agredir.

—¿Y en serio piensas que hay otros prospectos? Por favor, Alessandra, quiero que sepas que no tienes la belleza descomunal que una mujer debe de tener para poseer una cola de candidatos que se pelean por ella, eres una persona gorda y debes ser realista con tus deseos. La única oportunidad que tenías era Fabricio y la has arruinado, pero en este momento vas a ir a su casa para pedirle perdón…

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