Capítulo 3 Te extraño, Adrián
Quedé mirando a mi papá para ver si lo que él decía era una broma de mal gusto o algo por el estilo, pero al verlo tan serio, supe que no era así.
—¿Perdón? Por favor, papá, no comiences con tus bromas de mal gusto, que te juro que no me encuentro de humor.
—No estoy bromeando, me encuentro hablando muy en serio con lo que vas a hacer. Así que te recomiendo que hagas lo que te estoy pidiendo y vayas a la casa de Fabricio a pedirle perdón, porque créeme que no me quieres conocer como mala persona.
—Pues te digo que ya te estoy conociendo y te digo que no me das miedo, no pienso hacer la locura que me pides porque, antes que nada, no tengo que pedir perdón por el simple hecho de que no hice nada impropio. Desde que llegué al restaurante, ese tipo ni siquiera se dignó a verme, omitiendo las cosas que me dijiste que un hombre debe de darme, como levantarse y mover la silla.
—Eso era cuando solamente tenías 3 años y pensé por un momento que ibas a ser una mujer delgada, pero en el camino comenzaste a devorar todo lo que te ponían.
—Papá, te encuentras siendo cruel —sentí como un nudo se me formaba en la garganta— y te digo que no voy a permitir eso de ti, no soy una abominación, simplemente no cumplo con los estándares que personas llenas de prejuicio como tú establecen como aceptables para una señorita de sociedad. Si mi madre estuviera viva, definitivamente estaría de mi lado.
—Pues tu madre murió y no hay nada que puedas hacer para cambiarlo, así que te digo que debes de hacer lo que te estoy pidiendo por el simple hecho de que soy tu padre.
—¡No lo pienso hacer! —apreté mis manos con fuerza y miré a mi papá sin temor alguno—. No me importa si me quedo sola de por vida; no me voy a casar con un tipo que evidentemente lo único que quiere es aprovecharse de la posición social que tengo.
—¿Y en serio piensas que alguien se va a casar contigo por amor? Por favor, deja de ser tan ilusa y vuelve a la realidad. Fabricio aceptó la cita a ciegas porque sabe bien que eres más influyente que toda su familia y no por otra cosa.
—¿O sea que no te importa con quien me voy a casar? Mientras tenga un macho a mi lado pues todo va a estar bien —mis ojos comenzaron a aguarse —pero te digo una cosa, incluso si me llevas amarrada al altar, estando ahí voy a gritar a todo pulmón que no acepto, ¿Lo has escuchado? ¡NO ACEPTO!
Cuando mi papá me iba a golpear nuevamente fue que tomé su brazo en el aire y él me miró con cierta sorpresa y rabia.
—Una vez te permití que me golpearas y te digo que va a ser la última, no pienso ceder ante lo que me pides, al menos no con esto. Accedí a renunciar incluso a querer trabajar y a quedarme a tu lado para cuidarte, pero en esto no pienso ceder ni siquiera un poco.
—Alessandra, no hagas que mi paciencia se rebalse por completo porque sabes bien que enojado puedo ser terrible.
—Y tú sabes que heredé tu carácter junto con el de mi mamá, por lo tanto si me enojo soy más temible que tú. No me vengas con amenazas porque sales perdiendo por completo en ese caso.
—No puedo creer que te atrevas a hablarme de esa manera, evidentemente has perdido la cabeza por completo.
—No me interesa lo que pienses o dejes de pensar, te digo lo que voy a hacer y punto final. Es muy tu problema si crees que yo vengo a decir esto sin la intención de cumplirlo.
Me di la vuelta y comencé a subir las escaleras, iba por la mitad cuando escuché a mi papá tocar un tema sensible para mí.
—Adrián no va a volver a tu vida, debes de comprender que se fue y es casi imposible que vuelva a tu lado, así que si lo sigues esperando vas a quedar totalmente sola.
—No te atrevas a decir eso, mantén el nombre de Adrián lejos de tu boca porque él ni siquiera se puede defender de tus ataques y patadas de ahogado.
Me fui de ahí porque sentía que mi voz quebrada era el primer indicio de que iba a comenzar a llorar como si fuera una niña y definitivamente no era el momento y tampoco el lugar para hacer esto.
—¿Por qué te fuiste, Adrián? —miré la foto que descansaba en mi mesita de noche —Dios, te amo y te extraño tanto. Tú fuiste la única persona que jamás me hizo cuestionar mi valor a pesar de ser una mujer gorda como dicen muchos, gracias a ti es que ahora puedo tener la autoestima muy en alto.
Puse la foto, no importaba cuanto llorara, la situación iba a ser exactamente la misma. Respiré profundo y me fui a cambiar, mientras lo hacía fue que la tarjeta de aquel hombre se cayó de la bolsa de mi abrigo.
—Sebastián Rinaldi… Vaya que es un hombre muy guapo, pero no sé… No me encuentro lista para hacer tal cosa… Mi vida es complicada de por sí y venir a complicarla más es algo que no me apetece en absoluto.
Guardé la tarjeta, después puse la ropa en la cesta para la lavandería y luego fui a mi cama, pensé en lo bien que me había sentido con Sebastián. No podía creer que me entregué a un hombre, era imposible que esto pudiera pasar.
No era posible que yo me pudiera enamorar, lo sabía perfectamente, no al menos después de todos los engaños que viví con todos los que decían que me amaban y a la hora llegada era solo para beneficiarse de una manera u otra.
—El amor no existe para la gente como yo, definitivamente no.
Pensé en la única persona que podía aliviar mi alma, tomé las llaves de mi coche, ese que papá me había prohibido manejar porque no era algo que hicieran las niñas decentes. Salí de la mansión con total calma y al llegar al hospital fue que transité por aquel pasillo tan amargamente familiar para mí.
—Hola —entré al cuarto y lo miré, me senté en la silla que estaba al lado de su cama y tomé su mano —he venido a verte, espero que esto te alegre. No tienes idea lo mucho que te extraño, Adrián…
