Capítulo 4 Pedir perdón

Tomé un libro que se encontraba en la mesita de noche y luego de eso comencé a leerle a Adrián. Mientras lo hacía, fue que la puerta se abrió y la madre de este hombre me miró con cansancio.

—Nuevamente has tenido problemas serios con tu padre. —Ella se sentó a mi lado y puso su mano en mi rodilla. —Dime qué ha pasado.

—Me organizó una cita a ciegas con un tipo que era un desastre total diciendo que necesito casarme. No obstante, después de todo el maltrato que ese miserable me dió fue que mi querido padre me exigió ir a pedir perdón, según él porque no hay un solo prospecto en toda la ciudad para mí por el hecho de que soy gorda.

—No eres gorda, eres una mujer hermosa. Tienes tus curvas y eres pareja por completo; no hay un sitio en el que tengas más y otros menos.

—La realidad es que decir hermosa es lo mismo que decir gorda, solo que de una manera un tanto más sutil. Y si le soy sincera, pues no me importa tanto, porque al final de cuentas estoy bien de la manera en que me encuentro. Hago ejercicio y de alguna manera las cosas han funcionado bien, he perdido peso, pero al parecer las cosas no son suficientes por mucho que me esfuerce.

—Sabes bien que no te quiero ofender con lo que te digo y también soy consciente de que has perdido peso, pero debes de saber que todo lo que haces es por tu salud.

—¿Mi salud? Ahora tengo problemas de colesterol y ácido úrico alto; cuando antes estaba más gorda, no tenía problema con esto. Y quiero decirle que el hecho de que me diga gorda, pues no me ofende; al final de cuentas no es una ofensa, pero con el tiempo la sociedad lo ha hecho ver de esta manera, así que tranquila, que no hay problema con eso.

—¿Y quién es la persona con la que te has ido del restaurante? Porque los rumores andan terribles por la ciudad.

—Si ya sabía lo que había pasado, ¿Para qué me preguntó?

—Porque quería escuchar tu versión, esa que las personas chismosas de la ciudad, pues, simplemente no conocen.

—Gracias por eso —sonreí con gratitud—. Es una de las pocas personas que se preocupa por saber la otra versión de la historia. Y bueno, referente al sujeto ese, pues solo sé que se llama Sebastián Rinaldi y no sabe quién soy yo. 

—¿Qué no sabe quién eres tú? —ella se sorprendió un tanto —¿En dónde vive? Toda la ciudad sabe bien quién es la hija del señor De la Vega, sinceramente no creo que sea una persona pobre porque si estaba en ese restaurante no es alguien de escasos recursos.

—Lo mismo pienso, quizás es alguien nuevo en la ciudad. De igual manera no es alguien que tenga tanta importancia que digamos, al final de cuentas…

—¿Al final de cuentas? —ella me quedó mirando —vamos, habla de una vez.

—No es nada importante, digamos que fue una persona fugaz en mi vida y nada más. De alguna manera me ayudó y me perjudicó al mismo tiempo.

—No lo sé, él te miraba con mucho afecto. Ni te hagas la sorprendida que sabes bien que aquí los chismes van con imágenes incluídas y letras mayúsculas si la implicada es la única hija de un magnate que se sitúa como el hombre más rico del país.

—Lo sé, desgraciadamente no puedo cambiar mi apellido y será una carga que me acompañe toda la vida. Pero bueno, quiero saber qué le han dicho los doctores sobre el caso de Adrián, ¿Hay alguna mejoría o algo por el estilo?

Cuando la madre de Adrián iba a hablar conmigo, un doctor entró al cuarto. Su cara era larga y sabía bien que no traía buenas noticias.

—Señora Celine, lamento tener que venir a hablar con usted, pero el hospital se rehúsa a seguir con el tratamiento si no se pagan las facturas que están pendientes.

Fue en ese momento en que la señora Celine derramó la primera lágrima y la angustia surcó su rostro por completo.

—¿Cuánto es lo que se debe, doctor? —me levanté y extendí la mano para que me diera las facturas —yo pienso pagar la cuenta.

El doctor me extendió la factura y al mirar el monto fue que comprendí la angustia de la señora Celine. Ella no fue capaz de verme, simplemente se mostraba totalmente avergonzada por lo que estaba pasando, di un paso al frente y puse mi mano en su hombro.

—No se preocupe que yo voy a pagar la cuenta, al final de cuentas él se encuentra así por mi culpa.

Salí del cuarto y fui directamente a la caja para pagar las facturas pendientes, extendí mi tarjeta y la mujer la pasó.

—Señorita De la Vega, lamento informarle que la tarjeta ha sido declinada. No sé si tiene algún otro método de pago.

—No, no tengo —fruncí el ceño —espere un momento que necesito hacer una llamada al banco, probablemente se trate de un error.

Cuando llamé al banco me informaron que mi papá había cancelado mi tarjeta. Fui furiosa a la mansión y al entrar a la casa fue que él me esperaba con total tranquilidad.

—¿Por qué has cancelado mi tarjeta? No puedo creer que te atrevas a hacer semejante bajeza.

—Lo hice porque quiero que sepas que siempre voy a tener el control sobre ti, no eres una mujer independiente y si acaso te atreves a desafiarme pues van a haber consecuencias como estas, se acabaron tus caprichos de niña mimada.

—¿Qué es lo que quieres para activar nuevamente mi tarjeta?

—Es sencillo, que le pidas perdón a Fabricio…

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