Capítulo 6 Propuestas de trabajo

Estaba en una cafetería mientras movía mis pies y mis manos con nerviosismo; unos cuantos repiques fueron suficientes para que Sebastián quisiera verme y me citó en esta cafetería.

Mientras veía por el cristal de la ventana, fue que vi a aquel hombre bajar con una elegancia que hacía que más de una mujer volteara a verlo.

Fueron las mismas mujeres que quisieron matarme en el momento en que vieron que él se sentó en mi mesa. No podía culparlas; al final de cuentas no era fácil que ellas terminaran en segundo plano gracias a una mujer que simplemente no cumplía con los estándares de la sociedad.

—Bien, ya me encuentro aquí —él cruzó sus manos y me miró con interés—. Dime si has pensado las cosas y a qué conclusión llegaste.

—Hay algo que te quiero pedir antes —Sebastián se echó hacia atrás y cruzó sus brazos—. Necesito tu ayuda con un grave asunto que tengo entre manos. La vida de una persona que es muy importante para mí se encuentra en riesgo y necesito mucho dinero para pagar la cuenta del hospital.

—¿Quién es y qué le pasa? 

—Es Sebastián, mi mejor amigo. Él se encuentra en el hospital en estado de coma y le han suspendido el tratamiento debido a que tiene facturas acumuladas.

—¿Y qué es lo que quieres de mí, mujer?

—Lo que quiero es que le pagues las cuentas médicas; te doy mi palabra de que voy a pagarte todo, hasta el último centavo.

—¿Y cómo piensas pagar eso? —él deslizó su mano encima de la mía y me miró con interés— a ver, dime.

—Esa es la otra petición que tengo —alejé mi mano de la suya—. Necesito que me des trabajo, no hay una sola persona en la ciudad que quiera darme empleo y confío en que tú, al ser nuevo aquí, pues no tendrás problemas con ello.

—¿Cómo sabes que soy nuevo en la ciudad?

—Es simple, no tienes idea quién soy yo. Incluso me atrevo a decir que eres extranjero porque a nivel nacional se sabe quién es la hija de la familia Ferrer De la Vega. 

—Bueno, tienes razón. Pero a todo esto, ¿Qué gano yo con todo esto? Porque hasta el momento solo me has dicho cosas que te benefician a ti y evidentemente no quieres lo que te propuse inicialmente.

—Para eso vamos a tener una reunión en otro lado, un sitio más privado de preferencia.

—Muy bien —él se levantó de la mesa —vamos a esa reunión, mi oficina se encuentra cerca y lo mejor es cerrar todo hoy. No lo digo tanto por mí, sino por ti y por tu mejor amigo.

—Claro —me levanté y quise tomar mi bolso, pero no tenía uno —que tonta, ya vámonos.

Salimos de la cafetería y él abrió la puerta del carro para mí, sin pensarlo mucho entré, pero sentí sus ojos clavados en mi trasero hasta que me senté.

Luego de esto, Sebastián se metió en el carro y arrancó. Aquel vehículo se movía en los edificios más altos de la ciudad, pasé a la orilla de uno de los edificios de papá y sentí una gran nostalgia.

—Hemos llegado —él se detuvo en el parqueo —bienvenida a mi edificio.

El edificio de Sebastián era nuevo, había visto su construcción meses atrás y recuerdo que me sorprendió la velocidad con la que hicieron este sitio que incluso era más alto que las oficinas centrales de mi papá y debido a esto él tuvo un malestar tremendo.

—¿Acaso te vas a quedar ahí de pie viendo el edificio o vas a entrar de una vez por todas?

No dije nada y simplemente caminé delante de Sebastián, él se puso a mi lado y comenzó a caminar con calma. 

—¿Acaso no te has dado cuenta? Las mujeres no te dejan de ver ni un solo momento y a mí me quieren despellejar viva.

—Claro que me doy cuenta, es el día a día en mi vida. Referente a ti pues no te preocupes que no te van a hacer nada mientras te encuentres a mi lado y te digo algo, si vas a aceptar el trato que te he propuesto pues debes de acostumbrarte a este tipo de cosas.

Bajé la mirada, se suponía que tenía que estar acostumbrada a que las personas me vieran de esta manera al ser la hija de mi padre, pero lo cierto es que las cosas cambiaban cuando la causa es un hombre al que muchas consideran inalcanzable.

Un golpe seco fue el que me sacó de mis cavilaciones, pronto miré que me había golpeado con la puerta de cristal del edificio. La sonora carcajada de Sebastián no se hizo esperar, sentí como mis mejillas se calentaban como si fueran brasas ardientes.

—¿Has terminado? —miré a Sebastián con rabia —que lindo edificio el que tienes que ni siquiera has puesto a alguien para que abra y cierre la puerta.

—No le veo sentido a tal cosa, al final de cuentas eres perfectamente capaz de abrir la puerta, claro está, mientras no vayas pensando quién sabe en qué cosa o en qué persona.

—Vaya, con razón te has divorciado de tu esposa.

Un silencio de ultratumba me hizo darme cuenta de que había cruzado un límite que no debía de cruzarse. Aclaré mi garganta y simplemente seguí caminando y por un momento pensé que Sebastián no iba a seguirme, sin embargo así lo hizo y pronto llegamos a su oficina.

—Muy bien, escuchó la propuesta que me tienes —él se sentó en la silla presidencial y cruzó sus piernas con elegancia —de qué manera me vas a pagar todo lo que me has pedido.

—Acepto el trato, pero hay tres cosas que quiero pedirte y no son negociables —él me miró atentamente —la primera es que no nos debemos exclusividad, la segunda es que no nos vamos a inmiscuir en la vida del otro además de que seremos sinceros siempre y la tercera es que no va a haber amor de por medio sin importar nada, quiero ver si aceptas o simplemente no lo aceptas…

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