Capítulo 2 Capítulo 2

La vida con su padre fue un tormento. No solo era una omega, lo cual ya era un estigma en sí mismo dentro de los clanes lobunos, sino que para la mayoría de los de su especie, el despertar del lobo interior ocurría a temprana edad. Desde los tres años, los lobos se manifestaban con pequeños signos: un aura de poder, sentidos más agudos, un olor distintivo que los identificaba. Pero Maya, a sus 19 años, no tenía nada. Ni poderes lobunos, ni olor. Era más débil que un humano común y corriente, lo que hacía que Arthur la despreciara aún más.

Lo peor no era solo la indiferencia de su padre, sino también el desprecio de la esposa de este, quien nunca pudo superar que su marido hubiera tenido que buscar a otra mujer, aunque fuera solo un vientre. Cada mirada de la Luna estaba cargada de veneno, y no perdía oportunidad de recordarle que no pertenecía allí, que era una intrusa, una desgracia.

Sin embargo, no todo había sido dolor. Lisa, su hermanastra, había sido su único refugio. Lisa era la única que la trataba como una persona, que la defendía de los comentarios hirientes y la abrazaba cuando todo se sentía demasiado pesado. Si no hubiera sido por Lisa, Maya probablemente se habría rendido mucho antes.

Maya no podía dejar de pensar en Ethan. En cómo había llegado a creer que él era su todo. Era inteligente, atractivo, y parecía tener el futuro asegurado. Todos en la manada decían que sería el próximo Alfa de los Blackwood una vez que su padre, Arthur, decidiera retirarse. Ethan siempre destacaba en las reuniones, no solo por su físico imponente, sino por su manera de hablar, por su confianza. Y ella, una simple omega sin lobo, había sido la elegida por él.

Cada vez que caminaban juntos por el pueblo, podía sentir las miradas de las demás chicas. La admiración en sus ojos, el deseo. Pero Ethan nunca se dejó llevar por ellas. O al menos, eso había creído Maya. Su atención estaba siempre sobre ella, haciéndola sentir especial, como si estuviera viviendo un sueño. Pero hoy ese sueño se había convertido en una pesadilla.

La realidad la golpeaba con brutalidad: ella no era suficiente. Nunca lo había sido. Solo era un fenómeno que jamás sería amada.

Maya no regresó a casa después de lo ocurrido. No podía enfrentarse a las preguntas de su padre o las miradas de desprecio de la Luna. En lugar de eso, se encontró en un parque desolado, abrazándose a sí misma mientras las lágrimas caían sin cesar. Sus sollozos eran el único sonido en la fría noche, un eco de su corazón roto.

No supo cuánto tiempo pasó, pero de alguna manera Lisa la encontró. Maya no entendía cómo su hermanastra había sabido dónde buscarla, pero tampoco le importó. En cuanto la vio, todo su autocontrol se rompió.

—Lisa… —sollozó Maya, incapaz de decir algo más.

Lisa, alta y majestuosa como su madre, no dudó en correr hacia ella y envolverla en un abrazo protector. No había reproches en sus ojos, solo preocupación genuina.

—Estoy aquí, Maya. Estoy contigo —susurró Lisa, acariciándole el cabello mientras Maya lloraba contra su hombro.

Fue entonces cuando Maya lo soltó todo. Le contó entre lágrimas lo que había visto en el apartamento de Ethan, cómo se había sentido y cómo su mundo se desmoronaba ante sus ojos. Lisa escuchó en silencio, sin interrumpirla, pero sus manos se tensaban cada vez que Maya mencionaba el nombre de Ethan.

Cuando terminó, Lisa habló con firmeza.

—Ese hombre no te merece, Maya. No quiero que vuelvas a llorar por alguien tan despreciable. Eres mucho más de lo que él jamás podrá tener.

Las palabras de Lisa eran cálidas, pero no bastaban para llenar el vacío que Maya sentía en su pecho. Su hermanastra seguía abrazándola, murmurando palabras de consuelo, cuando de repente una luz brillante las iluminó.

Maya levantó la vista y vio las luces de un auto acercándose. El vehículo se detuvo frente a ellas, y un escalofrío recorrió su cuerpo. No sabía si era el frío de la noche o la creciente sensación de incomodidad.

Fue entonces cuando algo llamó su atención. Miró la mano de Lisa, que descansaba en su hombro, y notó un detalle que antes había pasado por alto: el reloj.

—Lisa… —murmuró, su voz temblando ligeramente.

—¿Qué pasa? —preguntó Lisa, frunciendo el ceño.

Maya bajó la mirada hacia el reloj nuevamente, un diseño elegante y distintivo. Era inconfundible. La imagen de esa mujer en el apartamento, de espaldas, vino a su mente como un rayo.

—La mujer que estaba con Ethan… ella llevaba un reloj igual al tuyo.

Lisa miró su reloj con nerviosismo y dijo en un susurro:

—¿En serio?

Su voz sonó tensa, y por un momento, Maya pudo ver un destello de miedo y pánico en los ojos de su hermanastra. Pero, tan rápido como apareció, esa expresión desapareció, como si nunca hubiese estado allí. Lisa rápidamente se recuperó y, con una sonrisa forzada, agregó:

—Hay muchos relojes como el mío, pero este... este ya no me gusta. Me voy a deshacer de él.

Maya la observó sin comprender del todo. La escena había sido tan fugaz que no estaba segura de si realmente había visto lo que pensaba. Sin embargo, la idea de que Lisa tuviera algo que ocultar no le parecía creíble. Aunque su hermanastra a veces era difícil de entender, Maya confiaba en ella. Quizás solo se había sorprendido por la coincidencia de que sus relojes fueran tan similares.

—¿Sabes qué? —Lisa dijo con determinación, alzando el reloj con una mano—. Lo tiraré. No quiero que nada arruine nuestra noche.

Sin más preámbulos, Lisa lanzó el reloj tan lejos como pudo, observando cómo caía en un rincón oscuro de la calle. Maya no sabía si debía sentirse tranquila o preocupada por el gesto impulsivo de Lisa, pero, al final, decidió dejarlo pasar.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo