Capítulo 4

Lydia parece a punto de tragarse la lengua y, sinceramente, espero que lo haga.

Me siguió hasta el dormitorio pocos minutos después de que subiera, profiriendo insultos que ni siquiera me molesté en escuchar.

Ahora ocupa el centro de la habitación, con el pecho agitándose bajo una bata de seda que cuesta más que los coches de la mayoría. Con razón está tan desesperada por salvar a la familia de la ruina. Lo bastante desesperada para venderme a un monstruo.

El maquillaje no consigue ocultar la furia que le mancha el rostro. Sostiene mi acta de matrimonio con dos dedos, como si fuera un pañuelo sucio.

—¿De verdad esperas que crea esto? —gruñe—. ¿Piensas que puedes imprimir cualquier papel y jugar a las casitas? Es falso. Un intento patético de escapar de tus obligaciones.

Mi padre aparece en el umbral. Ni siquiera lo he oído subir.

Para ser un hombre tan grande, ocupa muy poco espacio. Lo comparo con Alistair y casi me río.

—Emily… —dice.

Tiene el rostro congestionado. No necesita añadir nada: el puño cerrado sobre el marco de la puerta habla por él.

—Es auténtico, Lydia. —Permanezco sentada al borde de la cama, con las manos sobre el vientre—. Ahora soy una Wolfe. Tu acuerdo con Silas Reed está muerto y ya no tiene nada que ver conmigo.

Thomas entra a grandes zancadas y le arrebata el documento a Lydia. Lo examina con aparente serenidad hasta que pierde el control.

Ya sé de quién heredé mis bruscos cambios de la calma a la furia.

—Me da igual que este papel diga que te has casado con el papa —brama. Su aliento huele a whisky—. Irás a ese hotel, te sentarás con Silas y serás encantadora. Si tengo que llevarte arrastrándote del pelo, lo haré. ¿Me has entendido?

Mi padre nunca fue cariñoso, pero tampoco había sido tan cruel.

Me pongo en pie y mantengo la cama entre los dos.

—No puedes obligarme. Es ilegal casarse con una mujer que ya está casada, papá. Deberías saberlo.

—¡Es falso! —insiste Lydia, apuntándome con un dedo perfectamente manicurado—. ¡Se lo ha inventado! Llama al Registro Civil, Thomas. Demuestra que miente.

Saco el teléfono y accedo al portal oficial de verificación. Marco el número y activo el altavoz. El tono mecánico acalla los chillidos de Lydia.

—Oficina de Verificación de Registros Públicos —responde una voz aburrida—. Indique el identificador del documento.

Leo el número. Mis padres permanecen inmóviles.

—Documento 49-B-72 verificado. Emitido esta mañana a las ocho y cuatro minutos. Contrayentes: Alistair Wolfe y Emily Vance. Estado: legalmente vinculante.

Cuelgo.

Lydia retrocede con una mano en la garganta. Mi padre ha adquirido un tono cetrino y envejecido.

No están pensando en su hija recién casada. Están pensando en los millones que acaban de perder.

O que ya han recibido. No reaccionarían así si Silas no les hubiera adelantado parte del dinero para asegurarse mi mano.

El teléfono de Thomas comienza a sonar. Él contempla la pantalla como si hubiera visto un fantasma.

Los tres pensamos en la misma persona. A Silas no le gusta que lo hagan esperar.

—Le diré que ha habido un error —murmura Thomas—. Lo arreglaré.

Antes de que responda, le arrebato el teléfono y me lo llevo al oído, esquivando su mano.

—¿Thomas? —La voz de Silas Reed parece grava triturada contra una herida.

—No soy Thomas. Soy Emily. —Odio el leve temblor de mi voz—. No voy a almorzar ni a cenar contigo. Tampoco asistiré a ninguna otra reunión. Ya no estoy disponible. Me he casado esta mañana.

Al otro lado solo se oye su respiración.

—¿Crees que un papel te protegerá de mí, Emily? —pregunta con una tranquilidad que me eriza los brazos.

—Creo que Alistair Wolfe lo hará. Pero, si aún buscas a una Vance para saldar la deuda, deberías fijarte en mi hermana. Chloe es mucho más bonita. Y, sin duda, más de tu tipo.

Thomas ruge y me arranca el teléfono. Lo estrella contra la pared, aunque Silas ya ha colgado.

Mi padre se vuelve hacia mí. La fachada del respetable hombre de negocios ha desaparecido. Solo queda un animal acorralado.

Levanta la mano.

El golpe llega tan deprisa que no alcanzo a apartarme. Su palma me cruza la mejilla y caigo al suelo. El sabor metálico de la sangre me inunda la boca.

—Perra desagradecida —escupe, erguido sobre mí—. Acabas de destruir a esta familia. Has firmado nuestra sentencia de muerte.

Llama a Miller, su jefe de seguridad, un hombre que siempre me ha mirado con más compasión de la que yo quería. Cuando aparece, mantiene el rostro cuidadosamente inexpresivo.

—Llévala al trastero —ordena Thomas—. Enciérrala. Sin comida ni agua. Quizá unos días a oscuras le recuerden a quién pertenece.

—Señor, está embarazada —advierte Miller.

—¡No me importa! ¡Hazlo!

Miller me ayuda a levantarme con inesperada delicadeza. Me conduce al sótano, pasa junto a la bodega y abre una pesada puerta de madera. Dentro huele a moho y piedra húmeda.

Me empuja y cierra de golpe.

La oscuridad es absoluta.

Me dejo caer, con la espalda contra la puerta y los brazos alrededor del vientre.

Tres días, me repito.

Alistair dijo que regresaría en tres días.

No sé cuánto tiempo transcurre. Las horas se disuelven entre escalofríos y respiraciones superficiales. Pienso en los ojos de Alistair cuando vio el acta. Es un hombre frío, un lobo con traje color carbón, pero constituye mi única esperanza.

Rezo para que el niño sea fuerte.

Y para que Alistair cumpla su palabra.

El agotamiento acaba por hundirme en un sueño febril.

Despierto con el estrépito de un cristal enorme al romperse. Después llegan los gritos. Lydia aúlla en el piso superior, un alarido estridente que atraviesa las tablas.

Oigo un golpe, muebles que vuelcan y más cristales rotos. Parece que hubieran desatado un huracán en el salón.

Por un instante, la esperanza me sacude.

Tal vez sea…

—¿Dónde está? —retumba una voz.

No es Alistair.

Es Silas.

La voz aguda de mi padre suplica clemencia. Se oye otro golpe, seguido de un gruñido y más estruendo.

—Jugaste conmigo, Thomas —dice Silas a través de los conductos de ventilación—. Aceptaste mi dinero y permitiste que tu hija se casara con un Wolfe. ¿Crees que soy un payaso?

—¡Por favor! ¡Te devolveré el dinero! ¡Encontraré la manera!

Thomas está llorando. Debería disfrutarlo, pero aún siento una pizca de lástima por él.

Una pizca.

—No quiero el dinero. Quiero lo que se me debe. Y, como Emily ya no está disponible, me llevaré lo que queda.

La puerta situada en lo alto de las escaleras del sótano se abre. Oigo pasos ligeros y apresurados.

—¿Mamá? ¿Papá? ¿Qué ocurre?

Chloe.

Debe de haber regresado del hospital. ¿Hoy? ¿Ayer? He perdido la noción del tiempo.

—Vaya, vaya —dice Silas, y hasta desde aquí percibo el cambio depredador de su tono—. Emily tenía razón. Eres mucho más bonita.

—¡Déjala en paz! —grita Lydia.

Se oye un forcejeo y luego una bofetada.

—Te propongo algo, Thomas. Tu fábrica se hunde y los acreedores llaman a tu puerta. Puedo resolverlo todo. O puedo quemar la fábrica hasta los cimientos esta misma noche y dejarte en la calle.

—Lo que sea —solloza mi padre—. Pero no nos mates.

—Tu hija se queda conmigo tres días. Si me entregas los diez millones antes de que termine el plazo, te la devuelvo. Si no… siempre he querido tener a una Vance trabajando en uno de mis clubes.

—¡No! —chilla Lydia—. ¡A Chloe no! ¡Llévate a Emily! ¡Está encerrada en el trastero!

—No quiero las sobras de un Wolfe. Quiero a la intacta. Decide, Thomas: la chica o el negocio.

El silencio se prolonga hasta doler.

Espero que mi padre se resista. Espero que, al menos una vez, se comporte como tal.

—Llévatela —dice, con la voz reducida a un susurro apagado—. Solo… no destruyas la empresa.

La puerta del sótano se cierra de golpe. Los gritos de Chloe se alejan, acompañados por el roce de sus tacones contra el suelo.

Después, la casa queda en silencio.

Yo continúo en la oscuridad.

Sola.

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