Capítulo 5
Tengo el pulso desbocado.
Permanezco pegada a la puerta húmeda del trastero, esforzándome por distinguir el caos amortiguado del vestíbulo.
—Chloe, deja de resistirte —oigo decir a mi padre.
La respuesta es un forcejeo seguido de una súplica.
—¡No pienso ir a ninguna parte contigo!
Algo golpea el suelo. Un hombre gruñe.
—¡Perra!
—Thomas, si tu hija no se calma, tendrás que usar esto.
El ruido disminuye.
—¿Qué… qué es? —pregunta Thomas.
—Un afrodisíaco. La ayudará a tranquilizarse.
Los gritos de Chloe aumentan. Sus tacones repiquetean frenéticamente contra el mármol.
—¡Sujétale los brazos, Lydia! —ordena mi padre—. ¡No dejes que se mueva!
Se oye un sonido húmedo, ahogado, seguido del tintineo de un frasco.
Me entran náuseas. Puedo imaginar a mi padre, el hombre que me arropaba de niña, inmovilizando a su hija para obligarla a tragar aquella sustancia. No se limita a venderla: está preparando la mercancía.
Las lágrimas me llenan los ojos. Chloe no es precisamente mi persona favorita, pero no merece esto.
Y, si ese es su destino, ¿qué será de mí?
El portazo de la entrada retumba sobre mi cabeza. A continuación llega un silencio que apenas dura un latido.
Lydia vuelve a gritar.
—¡Has dejado que se la lleve! —Su voz corta la quietud como una cuchilla—. ¡A nuestra Chloe! ¿Cómo has permitido que ese monstruo saliera de aquí con ella?
—¿Qué otra opción tenía? —ruge Thomas.
Sus pasos recorren el salón de un lado a otro.
—¡Emily nos ha arruinado! Se casó con ese bastardo de Wolfe y nos dejó un agujero de diez millones. Si Chloe no se iba con él, mañana estaríamos durmiendo en una tienda de campaña. Silas habría incendiado la fábrica con nosotros dentro.
—Es culpa de Emily —gime Lydia—. Esa egoísta se esconde en la oscuridad mientras mi niña está… Dios sabe dónde.
Me deslizo hasta el suelo y abrazo mis rodillas. Apoyo una mano sobre el vientre.
Ya ni siquiera fingen. Para ellos, soy la villana por haberme negado a ser el sacrificio. Les da igual que me vendan, que abusen de mí o incluso que muera.
Solo quieren que desaparezca con sus problemas.
Los tres días siguientes se disuelven en una niebla gris.
Al principio, el hambre me araña las entrañas. Después se transforma en un dolor sordo. La sed es peor. Tengo la lengua áspera y cada intento de tragar se convierte en un esfuerzo.
Entro y salgo de un sueño febril, invadido por los ojos grises de Alistair y por el recuerdo fugaz de su mano rozando la mía en el Registro Civil.
Dijo tres días.
Tengo que creer que un hombre tan arrogante cumple su palabra.
La mañana del tercer día, el cerrojo chirría por fin.
La luz me golpea como una pared blanca. Intento cubrirme el rostro, pero los brazos apenas me responden.
—Levantadla —ordena una voz.
Es Chloe.
Suena distinta. Más dura.
Unas manos me sujetan por los hombros y me arrastran. No tengo fuerzas para resistirme mientras una criada me lleva hasta el salón. Mis pies rozan la alfombra y acabo arrojada ante el sofá.
La casa continúa destrozada. Aún quedan cristales de la visita de Silas, y el aire huele a tabaco rancio.
Chloe está frente a mí con un vestido lencero de seda. Tiene los ojos hundidos y la piel cetrina, pero la malicia de su expresión sigue muy viva.
—Tú hiciste esto.
Sin esperar respuesta, me propina una patada en las costillas con su tacón de aguja. El impacto me vacía los pulmones.
—Tú lo enviaste a por mí. Le dijiste que me llevara.
—Fue nuestro padre quien se lo permitió —consigo susurrar.
Chloe se inclina, me agarra del pelo y me obliga a levantar la cabeza.
—¿Crees que eres muy lista? ¿Que estás a salvo porque te casaste con un apellido? Tuvimos que pagarle diez millones para recuperarme. Diez millones que no tenemos. Nos has costado todo.
Me suelta para abofetearme. Antes de que pueda reaccionar, hunde el tacón en el dorso de mi mano.
El dolor me arranca un grito. Chloe presiona con más fuerza.
—¡Para! ¡Por favor!
Lydia entra en la habitación. Al verme, sonríe.
No intenta detener a su hija.
Cuando consigo incorporarme, se acerca y me golpea con el dorso de la mano. Caigo contra la mesa de centro. La sangre vuelve a llenarme la boca.
—Diez millones —escupe—. Esa era tu dote. Nuestro futuro. Y hemos necesitado otros diez para recuperar a tu hermana. Ahora la deuda asciende a veinte millones por tu culpa. Eres una maldición para esta familia, Emily. Siempre lo has sido.
Thomas entra y nos observa. Primero a Chloe, luego a Lydia y finalmente a mí.
Hay satisfacción en sus ojos.
Se alegra de verme así.
Estas personas deberían ser mi familia. Sin embargo, su odio hacia mí parece no tener fondo.
Thomas coge un pesado cenicero de cristal de la repisa. Tiene los ojos enrojecidos y vidriosos. Avanza con el objeto levantado sobre la cabeza.
—Debí librarme de ti hace años.
—Papá, ¿qué estás…?
Descarga el golpe.
Una oleada de adrenalina me impulsa a rodar hacia un lado. El cenicero se estrella a pocos centímetros de mi cabeza y me cubre de fragmentos.
Intento arrastrarme, pero Chloe vuelve a sujetarme por el pelo y me obliga a arrodillarme.
—No vas a ninguna parte —sisea.
Mira mi vientre y entrecierra los ojos.
—¿Quieres quedarte con el hijo de Julian y casarte con un viejo repugnante? Veamos cuánto soporta esto.
Echa el pie hacia atrás.
Me cubro el vientre con los brazos y cierro los ojos.
Espero el impacto.
Pero lo que sigue no es una patada.
Es un estruendo.
La puerta principal salta de sus bisagras. El marco de roble se astilla y cae sobre el suelo del vestíbulo. Una ráfaga de aire frío y olor a lluvia irrumpe en la casa.
Una fila de hombres vestidos con equipo táctico negro invade el salón.
Pero yo solo miro al hombre que cruza los restos de la entrada.
Alistair Wolfe parece una divinidad vengativa tallada en granito. Lleva un abrigo oscuro sobre el traje y tiene el cabello humedecido por la lluvia. Su rostro muestra una quietud letal.
Examina la habitación. Mira a mi padre, después a Lydia y por último a Chloe, que todavía me sujeta del pelo.
Sus ojos se clavan en los míos y, por un instante, su frialdad se resquebraja. Ve la sangre de mi rostro, los moratones de mis brazos y el temblor que me sacude.
—Suéltala. Ahora.
No levanta la voz. No le hace falta.
Chloe aparta la mano como si mi cabello la hubiera quemado y retrocede, pálida.
Alistair cruza el salón en tres zancadas. Sus hombres inmovilizan a Thomas y a Lydia contra la pared con precisión brutal, pero él ni siquiera los mira.
Se arrodilla frente a mí. Su mano se detiene junto a mi rostro antes de apartarme con delicadeza un mechón de la frente. Recorre mis heridas y endurece la expresión.
—Ya estoy aquí, Emily.
Se pone en pie, se quita el abrigo y me lo coloca sobre los hombros. La lana conserva el calor de su cuerpo. Es la primera vez que dejo de tener frío en tres días.
Después me toma en brazos como si no pesara nada y me acomoda contra su pecho.
—¿Quién demonios eres? —chilla Chloe desde un rincón—. ¡No puedes entrar así! ¡Esta es una propiedad privada!
Alistair vuelve apenas la cabeza y la mira como si fuera un insecto.
—Soy Alistair Wolfe. Su marido. Y el hombre que se encargará de que mañana ninguno de ustedes conserve un techo ni un solo centavo.
Chloe se queda inmóvil. Mira a Alistair, luego a mí y por último a sus padres. El nombre empieza a resultarle familiar.
Contempla los restos de la puerta, a los guardaespaldas y de nuevo a Alistair.
—¿Es usted…? —balbucea—. ¿Alistair Wolfe, el director ejecutivo de Wolfe Global?
