Capítulo 6

La mejor manera de silenciar a un multimillonario a punto de revelar su identidad secreta es fingir que tus órganos internos están organizando un golpe de Estado.

Chloe mira a Alistair con los ojos muy abiertos y cargados de esperanza.

Espera que mienta. Que sea un pobre desgraciado incapaz de ofrecerme otra cosa que miseria. Que aquellos hombres armados estén allí por casualidad y él no sea más que un fanfarrón. Espera que no se trate de un multimillonario capaz de librarme de toda la crueldad que había planeado para mí.

No podría estar más equivocada.

Pero todavía no puedo permitir que lo descubra.

Así que, justo cuando Alistair abre la boca para responderle, me doblo sobre mí misma.

Me aferro al vientre y la tela de su costoso abrigo se arruga bajo mis dedos. De mi garganta brota un grito desgarrado que apenas necesito fingir: los moratones de mis costillas son muy reales. Dejo caer el peso contra su pecho y escondo el rostro en su cuello para no contemplar el desastre reflejado en las caras de mis padres.

—El bebé —jadeo—. Alistair, me duele.

Un gruñido retumba en su pecho.

Antes de que pueda añadir nada, desliza un brazo bajo mis rodillas y otro alrededor de mi espalda. Me levanta como si no pesara nada. Hundo el rostro en el hueco de su cuello y aspiro su aroma a lluvia y sándalo. Nuestra cercanía me eriza la piel y, sin darme cuenta, me acurruco contra él.

Se encamina hacia la puerta, pero se detiene para mirar por encima del hombro a las tres personas apiñadas en un rincón del salón destrozado.

Cuando habla, lo hace con una serenidad aterradora.

—Si vuelven a tocarle un solo pelo o este niño sufre por lo que han hecho, la pobreza será el menor de sus problemas. Me encargaré personalmente de que paguen con todo lo que son.

Thomas parece haber olvidado cómo respirar. Lydia está desplomada contra la pared, con las manos demasiado temblorosas para levantar siquiera su dedo acusador.

Alistair no espera una respuesta.

Sale de la casa mientras sus guardaespaldas forman un pasillo hasta un todoterreno negro que aguarda junto a la acera.

En cuanto la puerta se cierra y nos envuelve el olor a cuero del habitáculo, la tensión abandona mi cuerpo. No me aparto de inmediato. El coche está caliente, un lujo que llevo tres días sin experimentar, y el pecho de Alistair constituye una presencia firme a mi lado.

Él busca su teléfono con movimientos demasiado urgentes para un hombre que suele parecer imperturbable.

—Voy a pedir una ambulancia privada. Nos reuniremos con ellos en el hospital.

—Espera.

Me incorporo despacio y me ajusto mejor el abrigo sobre los hombros. Mi voz sigue ronca por la sed, pero ya no suena agonizante.

—Estoy bien. Bueno, no exactamente, pero el bebé está bien. He fingido el dolor.

Alistair se queda inmóvil, con una mano suspendida sobre la consola. Sus ojos se estrechan mientras examina la sangre seca de mi labio, el moratón de la mejilla y el temblor que el calor del coche todavía no ha conseguido detener.

—¿Por qué?

—Estabas a punto de decirles quién eres. —Apoyo la cabeza en el reposacabezas y cierro los ojos para detener el balanceo del mundo—. Si saben que eres Alistair Wolfe, no se limitarán a tener miedo. Te verán como una oportunidad. Mi padre intentará venderte su fábrica en ruinas antes de que termines una frase. Lydia empezará a redactar una lista de compras. Son sanguijuelas, Alistair. Cuando encuentran una vena, no se desprenden hasta saciarse o matar al huésped.

Abro los ojos.

Alistair observa mis heridas con una intensidad sombría.

—¿Me estás protegiendo de tu familia? —pregunta, con un deje de humor oscuro—. Creo que puedo ocuparme de unas cuantas sanguijuelas, Emily.

—No se trata de ti, sino de mí. Quiero que teman al hombre con quien me he casado, no a su cuenta bancaria. No quiero que utilicen mi nombre para abrirse puertas en esta ciudad. Prefiero que crean que me casé con un monstruo que, por casualidad, tenía los músculos necesarios para derribarles la puerta.

Alistair guarda silencio.

Extiende la mano hacia mi rostro y detiene el pulgar a pocos centímetros del moratón de mi mandíbula. Después la retira y cierra el puño sobre la rodilla.

Su teléfono vibra en el portavasos. En la pantalla aparece el nombre de Jackson, su asistente principal.

Alistair acepta la llamada.

—Informe.

El silencio del coche me permite oír la voz de Jackson.

—Señor, he confirmado los hechos con el personal. La encerraron en el trastero del sótano durante setenta y dos horas, sin comida ni agua. La madrastra y la hermana participaron en las agresiones. El padre lo autorizó todo.

Un músculo palpita en la mejilla de Alistair. Mira a través del cristal tintado hacia la finca donde me mantuvieron prisionera.

Desde el interior de su coche, con su presencia dominante a mi lado, la casa parece pequeña y miserable.

—Dales una lección —ordena—. Quiero que comprendan el significado de una deuda. Que sepan qué ocurre cuando se meten conmigo o con alguien que me importa.

Alguien que le importa.

La frase me deja una calidez absurda en el pecho. Me obligo a no pensar demasiado en ella.

—Pero no les digas quién soy —añade Alistair—. Deja que se pregunten qué clase de sombra los persigue.

—Entendido, señor.

Jackson convierte la llamada en videollamada. Su rostro aparece unos segundos en la pantalla mientras coloca el teléfono en un ángulo que nos permite ver la habitación.

Está en el centro del salón, vestido con un traje demasiado elegante para un espacio lleno de cristales y muebles volcados. No parece un matón, lo que vuelve aún más perturbador el momento en que saca una pistola negra mate de la funda.

Camina hasta Chloe y apoya el cañón contra su frente.

Mi hermana emite un sonido semejante al de un pájaro herido. Las rodillas le fallan y cae al suelo con las manos levantadas en un gesto inútil de rendición. Thomas y Lydia permanecen paralizados, con el rostro pálido y cubierto de sudor.

—El señor Wolfe es un hombre muy particular —dice Jackson con ligereza—. No tolera que maltraten lo que le pertenece. Mucho menos que alguien olvide sus modales.

Se vuelve hacia Thomas y Lydia y les indica que se acerquen.

—Parece que disfrutan usando las manos para hacer daño. Veamos si les resulta igual de entretenido cuando el blanco no es una embarazada muerta de hambre. Se abofetearán el uno al otro. Cien veces cada uno.

Lydia se lleva una mano a la boca.

—¿Qué? ¡No! Yo no…

Jackson quita el seguro del arma.

El sonido es mínimo, pero basta para que una lágrima resbale por el rostro de Chloe.

—Cada golpe debe oírse —prosigue—. Si alguno se contiene, la cuenta empezará de nuevo. ¿Está claro?

Thomas mira a su esposa. Después, el arma contra la cabeza de su hija menor.

No se disculpa. Ni siquiera duda.

Golpea a Lydia.

La bofetada resuena en el salón.

Lydia grita, más por sorpresa que por dolor, pero sus ojos se endurecen enseguida. Devuelve el golpe y uno de sus anillos abre el labio de Thomas.

—Uno —cuenta Jackson, aburrido—. Faltan noventa y nueve.

Pronto adquieren un ritmo desesperado. Thomas golpea a Lydia. Lydia golpea a Thomas. El sonido de las bofetadas llena la estancia como un aplauso nauseabundo dedicado a su propia codicia.

Al llegar a cincuenta, el peinado de Lydia está deshecho y la nariz de Thomas sangra. A los ochenta, ambos tienen el rostro hinchado y los brazos pesados por el agotamiento.

No lloran por el otro. Lloran por sí mismos.

Cuando por fin intercambian la última bofetada, caen al suelo, sollozando y sin atreverse a mirarse.

Jackson dirige su atención hacia Chloe, que tiembla tanto que le castañetean los dientes.

—Ahora tú.

Hace una seña a dos guardaespaldas.

—Cien para ella también. Con la mano abierta. Asegúrense de que recuerde por qué no debe patear a una embarazada.

Chloe se derrumba hacia delante, con la frente contra la alfombra.

—¡Por favor! No hagan esto. No la golpeé tan fuerte.

—Una criada afirma que apuntaste al vientre.

El recuerdo me recorre la espalda como un escalofrío.

Entonces una mano cálida cubre la mía.

—Nadie volverá a tocarte —dice Alistair.

La ira sigue presente en su voz, pero debajo hay algo más suave. Asiento y vuelvo la mirada hacia la pantalla.

Los guardaespaldas avanzan sin mostrar emoción y comienzan a contar. Chloe no tiene fuerzas para defenderse. Recibe los golpes hasta que el dolor desfigura sus facciones.

Tras la última bofetada, solo queda el llanto de las tres personas tendidas en el suelo.

Jackson guarda el arma y se arregla la corbata frente al espejo del perchero, uno de los pocos objetos que han sobrevivido al destrozo.

—Ahora, la última lección.

Mira a la criada que me sacó del sótano.

—Abre el trastero.

Los guardaespaldas levantan a Thomas, Lydia y Chloe. Uno de los hombres recoge el teléfono para mostrarnos cómo los arrastran escaleras abajo, más allá de la bodega, hasta la habitación fría y húmeda en la que pasé los últimos tres días.

Los empujan dentro. Los tres tropiezan entre sí en la oscuridad.

—Sin comida —dice Jackson desde el umbral—. Sin agua. Ni una sola gota. Permanecerán aquí exactamente setenta y dos horas. Si alguien intenta liberarlos, entrará con ustedes.

Apoya una mano en la pesada puerta.

—Disfruten de la oscuridad. Es sorprendente todo lo que uno puede pensar cuando no tiene nada que mirar.

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