Capítulo 7

Mi hermana es muy estúpida o Alistair Wolfe es un nombre tan común que de verdad cree que me he casado con un portero glorificado.

Justo antes de que Jackson cierre la puerta del trastero, Chloe grita:

—¡Espera!

Su voz emerge de la oscuridad con un tono áspero de incredulidad. Ha visto el acta de matrimonio y al ejército de hombres. Sin embargo, el cerebro humano posee una capacidad extraordinaria para engañarse cuando la verdad resulta demasiado pesada.

Jackson finge no oírla.

—¿De verdad es el director ejecutivo? —insiste Chloe—. ¿Emily es la esposa de Alistair Wolfe?

Jackson mira la pantalla, hacia nosotros.

Alistair permanece inexpresivo. Yo contengo el aliento, preguntándome si podremos mantener en secreto que es multimillonario.

Jackson aparta la vista y deja escapar una carcajada desdeñosa.

—¿El director ejecutivo de Wolfe Global? ¿De verdad crees que un hombre que posee cientos de miles de millones pasa un martes por la mañana derribando la puerta de un fabricante de cuarta categoría? Es un nombre común. Mi jefe es el guardaespaldas de una persona muy importante. Músculo con un buen traje y muy poca paciencia.

No veo la expresión de Chloe, pero su silencio me proporciona la respuesta.

Le cree.

Por ridícula que sea la explicación, la acepta. Mis padres también lo harán. Están dispuestos a creer cualquier mentira, por absurda que resulte, siempre que no implique que me he casado con un multimillonario.

—¿Un guardaespaldas? —repite Chloe.

El miedo todavía le tiembla en la voz, aunque empieza a mezclarse con algo más familiar: un resentimiento venenoso.

Ahora que lo pienso, Chloe siempre ha utilizado ese tono conmigo. No creo que le haya importado nunca. Ni siquiera un poco.

Si Alistair es un simple empleado, podrá soportarlo. En su cabeza, sigo siendo la perdedora que se ha conformado con un trabajador, aunque ese hombre tenga armas, varios subordinados y un todoterreno enorme.

El cerrojo encaja con un golpe y Alistair termina la llamada.

—Conduce —ordena sin levantar la vista.

El motor rompe el silencio.

Mientras el coche se aleja, observo la finca de los Vance por la luneta trasera. Todavía temo que todo sea un sueño: que Alistair haya ido a buscarme y castigado a mi familia resulta demasiado improbable.

Me aterra despertar de nuevo en aquel trastero.

—Ahora estás a salvo, Emily. Relájate.

Aparto la mirada de la casa y me encuentro con los ojos de Alistair. Sigue existiendo en ellos una frialdad mineral, pero, al mismo tiempo, me hacen sentir protegida. Como si nadie pudiera alcanzarme mientras él esté cerca.

Nos observamos unos segundos. Después, él rompe el contacto y empieza a escribir en el teléfono.

—Voy a llevarte al hospital. Procura no alterarte hasta que lleguemos.

Asiento y me acomodo en el asiento.

El coche de Alistair parece una nave espacial comparado con la tumba que acabo de abandonar. El cuero es tan suave como la mantequilla y el aire, fresco e impecable. Envuelta en su pesado abrigo, contemplo cómo la ciudad se disuelve en una mancha de luces grises.

Mi mano está cubierta de moratones y las costillas me duelen al respirar, pero solo puedo pensar en el bebé.

El hospital se convierte en una sucesión borrosa de luces blancas y estetoscopios fríos. Los médicos se mueven con una premura que sugiere que saben perfectamente quién ha ordenado mi ingreso.

Después de una hora de pruebas y análisis, llega el diagnóstico.

El bebé está bien.

El médico lo llama un milagro de resistencia. Yo prefiero pensar que es tan terco como su madre.

Alistair se marcha antes de conocer los resultados. Tiene asuntos que no pueden esperar. Sus conductores me llevan a un lugar que parece menos una casa que una fortaleza construida para la realeza.

La villa Wolfe se alza sobre un acantilado con vistas al Atlántico embravecido. Es una obra maestra de la arquitectura moderna, formada por ventanales de suelo a techo y mármol blanco. Huele a lirios y sal marina.

Es hermosa, silenciosa y no posee nada parecido a un alma.

No hay fotografías familiares, colores vivos ni objetos innecesarios que sugieran que alguien vive allí. Ni siquiera veo esos cuadros carísimos con los que los ricos suelen llenar sus paredes.

Intento recorrer por mi cuenta la planta baja, pero el cansancio me obliga a detenerme después de dos habitaciones.

Estoy recostada en un sofá cuando Alistair aparece.

Permanece en la entrada del salón, recortado contra la luz de la luna que atraviesa los ventanales. Se ajusta los gemelos y mantiene el rostro convertido en una máscara de hierro.

—Te quedarás aquí —dice sin mirarme—. El personal conoce tu dieta y tus necesidades médicas. No abandones la propiedad sin escolta.

Contemplo al hombre que acaba de rescatarme de una prisión para encerrarme de inmediato en una jaula distinta.

—Gracias, Alistair. Gracias por preocuparte por mí.

Él deja de moverse y frunce el ceño.

—¿Preocuparme por ti?

Su mirada se posa en mí, fría y analítica.

—No me des las gracias, Emily. No lo hice por ti. Llevas a mi heredero. Recuérdalo y nos ahorraremos nuevos malentendidos emocionales.

Se vuelve y se aleja. Sus pasos resuenan sobre el mármol como una cuenta atrás.

—Gracias de todos modos —susurro.

No se detiene, aunque sus hombros se tensan un instante.

Lo haya hecho por el bebé o no, me ha salvado. Me sacó del trastero y me protegió de mi familia.

En mi mundo, eso merece un agradecimiento.

El sueño apenas llega durante la primera noche. La cama es demasiado grande. Permanezco tumbada, contemplando las sombras que se deslizan por el techo blanco hasta el amanecer.

No dejo de pensar en la chica que fui.

La que vivía en una casa llena de risas antes de que el cáncer se llevara a mi madre.

Recuerdo cómo cambió la luz de la finca de los Vance cuando Lydia se instaló allí. Fue un eclipse lento. El afecto de mi padre no desapareció de golpe: se erosionó poco a poco, hasta que solo quedó un hombre que me veía como el recuerdo de una vida que deseaba olvidar.

Después murió mi abuela, la última persona que de verdad me veía.

Entonces apareció Julian.

Fue mi faro. Mi salvador.

Me aferré a él como quien se está ahogando, convencida de que sus sonrisas eran sinceras y sus promesas, inquebrantables. Su infidelidad fue una cuchillada, pero la verdadera traición fue oír cómo Chloe y él hablaban de mí como si fuera una obligación de la que necesitaban librarse.

Ese veneno se ha hundido muy dentro.

Cada vez que recuerdo aquella habitación del hospital, la herida se abre un poco más.

Me incorporo y apoyo los pies en el suelo frío.

La Emily Vance que creía en faros murió en aquel trastero. La mujer que salió de allí es distinta.

Ya no necesita un salvador.

Está aprendiendo a empuñar su propia espada.

Un golpe en la puerta me sobresalta.

Jackson entra con una maleta de cuero desgastada.

Mi maleta.

—La recuperé de casa de tu padre —explica, dejándola sobre el banco situado al pie de la cama—. Pensé que querrías tus cosas.

—¿Está todo?

—Intacto.

Se despide con un asentimiento.

En cuanto cierra la puerta, me abalanzo sobre el equipaje. No me importan la ropa ni las joyas. Aparto capas de seda y tela vaquera hasta encontrar un objeto duro y familiar.

Saco un cuaderno grueso encuadernado en cuero, con los bordes desgastados y las páginas abultadas por las flores prensadas y las manchas de tinta.

Es el trabajo de toda mi vida.

Mi madre era sanadora. Conocía el lenguaje de las plantas y la química del cuerpo humano. Me enseñó cuanto pudo antes de morir y, desde entonces, he continuado aprendiendo por mi cuenta.

Junto al cuaderno encuentro una pequeña caja metálica pintada a mano. Al abrirla, el aroma de lavanda, eucalipto y hierbas secas llena la habitación. Contiene hileras de frascos de cristal: remedios que he preparado para tratar desde la fiebre hasta los moratones.

Aprieto la caja contra el pecho y dejo escapar un suspiro tembloroso.

Mientras conserve esto, no estaré indefensa.

No soy solo un recipiente.

—Voy a vivir por mí —susurro a la habitación vacía—. Por mí y por ti.

Apoyo una mano sobre el vientre.

Los tres días siguientes transcurren entre comidas ricas en proteínas y revisiones médicas. Alistair no aparece. Probablemente está en alguna reunión donde se decide el destino de empresarios enteros, mientras yo recorro los pasillos de cristal de la villa.

Aprovecho el tiempo para recuperarme.

Aplico mis ungüentos en la mano y las costillas. Observo cómo los moratones pasan del morado al amarillo antes de desaparecer.

Con cada amanecer, me siento un poco más fuerte.

La tercera noche, el timbre anuncia el regreso de Alistair.

Estoy en la biblioteca, contemplando el océano, cuando oigo sus pasos. No llama. Aparece en el umbral, se quita la chaqueta y la deja sobre una silla.

Parece cansado y lleva el cabello algo revuelto, pero su presencia continúa imponiéndose como una tormenta que se aproxima.

Avanza con los ojos clavados en mí. Se detiene a pocos centímetros, lo bastante cerca para que perciba el calor de su cuerpo.

Y huele demasiado bien.

—¿Cómo están las heridas? —pregunta.

Su voz no es fría ni cálida. Es simplemente suya.

—Sanando.

Intento retroceder, pero él alza la mano con tal rapidez que me corta la respiración.

No llega a sujetarme. Coloca dos dedos bajo mi barbilla e inclina mi cabeza hacia atrás, obligándome a mirarlo. Su contacto es firme y su piel, ligeramente áspera.

Distingo las líneas finas junto a sus ojos y veo cómo sus pupilas se dilatan mientras estudia mi rostro. Observa mi labio, después mi mejilla y, por último, los lugares donde antes había moratones.

Solo se oye el océano golpeando los acantilados.

Se inclina hacia mí.

Su rostro se acerca hasta que puedo distinguir cada una de sus pestañas.

¿Qué piensa hacer?

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