Capítulo 6 CAPÍTULO SEIS
PUNTO DE VISTA DE ROMAN
Observé a Emily; el desconsuelo en su rostro por lo que estaba presenciando me tironeó de las fibras del corazón. El primer día que vi a Emily, apenas se sostenía.
Su loba había quedado gravemente herida. Stefan y yo estábamos jugando en el borde del límite de la manada cuando percibí un aroma que me hizo agua la boca. Olía a sidra de manzana, mezclada con pastel de chocolate recién horneado. Seguí el rastro de inmediato.
Confundido y en shock ante la escena frente a mí, vi a Stefan a mi lado, mudo. Una lobita diminuta yacía cerca del peñasco de nuestra manada, con el cuerpo cubierto de sangre. Me lancé hacia ella, revisando si seguía con vida, y suspiré aliviado al sentir un pulso débil. La cargué de vuelta a la manada, con Stefan pisándome los talones, mientras corría hacia la enfermería.
A ella le tomó cuatro meses recuperarse, y yo estuve siempre a su lado. Estaba ahí de día y de noche, incapaz de apartarme por completo. Nuestro Alfa tuvo que usar su voz de Alfa para ordenarme que me alejara de ella, y aun así me resultó muy difícil.
Todavía era demasiado joven para entender lo que todos en la manada ya sospechaban: Emily era mi pareja destinada.
No era raro que un lobo encontrara a su pareja a una edad temprana, y nos habían preparado suficientes veces como para saber qué esperar.
Y, aun así, era completamente distinto de lo que yo esperaba.
En cierto momento, Emily despertó aterrada. Para ser una cachorra, era muy fuerte. Hicieron falta dos guerreros de nuestra manada para someterla. Cuando me enteré, le insistí a Stefan para que me siguiera a la enfermería; no podía mantenerme alejado demasiado tiempo.
Nos colamos adentro y fuimos directo a la habitación donde estaba. Tan de cerca, su aroma era demasiado intenso; su fuerza me debilitaba el cuerpo. Y, aun así, como un canto de sirena, me impulsó a ir más rápido: la necesidad de estar cerca de ella se hacía más fuerte.
Me detuve en la puerta, con la mirada fija en ella. La mayoría de las heridas ya estaban completamente curadas; estaba en forma humana. Su piel pálida, suave e impecable; el cabello cayéndole hasta los hombros. La enfermera la había vestido con una simple bata de hospital.
Parecía un ángel, descansando en paz. Me acerqué con cautela, tomé sus manos pequeñas entre las mías, y el contacto calmó a mi lobo inquieto.
—¡Guau! ¡¡¡Ya está completamente curada!!! —dijo Stefan, acercándose a su lado mientras estiraba las manos hacia su cara.
Le aparté las manos de un manotazo. No quería que la tocara. Mi lobo ya estaba en alerta con él en la misma habitación que ella. Su olor… contaminando el cuarto.
Él me miró raro, antes de desviar la atención al lugar. Su mente infantil y traviesa ya estaba ocupada con otra cosa.
Me senté en la cama, pasando las manos sobre las suyas. Me ruboricé al mirarle el rostro y me pregunté cómo se llamaba, o de dónde era. Se me rompió el corazón al pensar quién podría haberle hecho algo así a alguien tan inocente.
Me quedé helado cuando alcé la vista. Ella tenía los ojos muy abiertos mientras me observaba: un extraño sosteniéndole las manos. Por más que me doliera, intenté retirar la mano, pero ella la agarró, aferrándose con todas sus fuerzas.
—Ayuda… yo… —susurró, con los ojos muy abiertos mientras asimilaba su entorno.
Stefan corrió a su lado, con una sonrisa enorme.
—Está bien, estás a salvo aquí. ¿Cómo te llamas? —preguntó, desbordado de emoción.
—¡Basta! —lo regañé.
—Emily… —soltó ella con voz ronca.
Mi corazón latió con fuerza al oír su nombre; mi lobo lo susurró una y otra vez dentro de mi cabeza.
La señorita Falcon, la doctora de la manada, entró en la habitación y se apresuró hacia Emily, con el ceño fruncido mientras nos miraba a Stefan y a mí.
Nos hicimos a un lado, sabiendo que estábamos en problemas por habernos colado, mientras la señorita Falcon revisaba los signos vitales de Emily.
Cuando terminó, se volvió hacia nosotros, con las manos en la cintura.
—¿En qué estaban pensando? —preguntó, con la mirada fija en mí.
Abrí la boca para responder, pero me mandó callar.
—Esto no es propio de ti, Roman. Espero que mantengas a Stefan bajo control, pero aquí estás, alentándolo en estas niñerías.
Me mordí los labios, con la mirada baja. Yo tampoco sabía por qué no podía mantenerme alejado de esa chica; había algo en ella… algo interesante.
La señorita Falcon nos pidió que regresáramos, pero no sin antes advertirnos que no volviéramos a entrar a la enfermería sin permiso.
Me fui a regañadientes, frotándome el pecho adolorido, mientras lloraba.
—¿Qué te pasa? —preguntó Stefan, desconcertado por mi comportamiento.
Me limpié las lágrimas, avergonzado. Yo nunca lloraba; mi padre siempre me había dicho que solo los hombres débiles lo hacían, y aun así, por alguna razón desconocida, estaba llorando por alguien a quien ni siquiera conocía.
—No es nada —le dije a Stefan.
Ni yo mismo podía explicarlo; ¿cómo iba a explicárselo a él?
Cuando llegué a casa esa noche, mi padre me llamó a su despacho; la noticia ya le había llegado. Me dijo lo decepcionado que estaba de mí, despotricando sobre que era mi responsabilidad, como el siguiente beta de la manada, proteger al Alfa y ser la voz de la razón, sobre todo cuando Stefan se descontrolaba.
No se me permitía cometer errores. En voz baja, murmuré que había sido yo quien había querido colarme en la enfermería, y con eso mi padre se quedó callado de inmediato.
Me fulminó con la mirada, negando con la cabeza, y me ordenó que fuera a mi habitación.
Más tarde, cuando todos estábamos sentados a la mesa del comedor, empujé la comida de un lado a otro con el tenedor, con una sola pregunta dándome vueltas en la cabeza.
—¿Cómo sabes quién es tu pareja? —pregunté en voz alta, y mi voz resonó alrededor de la mesa.
Bella, mi hermana mayor, se detuvo y alzó la cabeza desde su teléfono, donde estaba tecleando con furia.
—Pues es como si una estrella explotara en tu mente —dijo, asintiendo como si su respuesta simple pero insatisfactoria pudiera calmar el tornado que me daba vueltas por dentro.
Suspiré, decepcionado.
—¿Por qué preguntas, hijo? —dijo mi padre, antes de compartir una mirada silenciosa con mi madre.
—No lo sé… es solo lo que siento cuando veo a Emily. Es confuso —dije, negándome a sostenerle la mirada.
—¿Qué sientes, cariño? —preguntó mi madre en voz baja.
—Yo… —me detuve, ordenando mis ideas—. Es como una necesidad abrumadora de estar cerca de ella. Su aroma es tan tentador y diferente… Le pregunté a Stefan a qué olía ella, y lo que él describió no es lo que yo huelo. Y no sé… es esa sensación, y cómo se comporta mi lobo desde que la vio —dije, sonrojándome por cómo sonaba.
—¡Guau! ¿Mi hermanito se consiguió una pareja? —dijo Bella, sonriéndome de oreja a oreja.
Puse los ojos en blanco y luego miré a mi padre.
—Come —dijo mi padre, simplemente, antes de seguir con lo suyo, ignorando por completo el tema.
Miré a mi mamá, que me sonrió con suavidad y asintió, dando a entender que lo hablaríamos después.
Después de levantar la mesa, fui a mi cuarto y me dejé caer sobre la cama con un suspiro. Alcé la cabeza al oír un golpecito suave en mi ventana, frunciendo el ceño al preguntarme qué podría querer Stefan a esas horas.
Me levanté, caminé hasta la ventana y la subí con cuidado. Se me abrieron los ojos de par en par por la impresión al ver a Emily, cubierta de sangre, de pie ahí… ¡desnuda!
—¡Ayuda! —dijo ella, antes de desplomarse.
