Capítulo 4 Tú me perteneces

Punto de vista de Briar

Me levanté de un salto de la cama y metí la nota en el cajón. El vestido esmeralda se me enredaba alrededor del cuerpo mientras trastabillaba hacia la puerta, con la cabeza latiéndome a cada paso. Pegué el ojo a la mirilla y la sangre se me heló.

Julian estaba en el pasillo, el rostro hundido en una sombra dura por las luces fluorescentes a su espalda. Incluso a través del lente distorsionado, pude ver el peligro en la línea de su mandíbula, la tensión rígida en sus hombros. Parecía un depredador que por fin había acorralado a su presa.

Me aparté de la puerta, respirando en jadeos cortos. Tal vez, si me quedaba callada, pensaría que no estaba aquí.

—Abre la puerta, Briar.

Su voz atravesó la madera, baja y controlada, de una forma que era de algún modo peor que gritar.

—O la voy a tirar abajo de una patada y voy a dejar que todos en este piso vean exactamente en qué estado estás ahora mismo.

Mi mano fue al cerrojo antes de que pudiera detenerla. La amenaza no era vacía. Entorné la puerta lo justo para tapar la rendija con mi cuerpo.

—¿Cómo me encontraste? —me tembló la voz—. Se supone que deberías estar con tu prometida ahora.

Sus ojos destellaron dorados solo un segundo, las fosas nasales dilatándose mientras aspiraba hondo. Olfateando el aire. Buscando algo.

Una sonrisa fría le curvó los labios.

—¿De verdad creíste que iba a funcionar escabullirte mientras yo entretenía a los invitados? —se inclinó más cerca—. ¿Creíste que podías largarte a ver a tu amantecito?

Antes de que pudiera reaccionar, empujó la puerta con fuerza suficiente para hacerme trastabillar hacia atrás. Entró y la cerró de un portazo detrás de él; el seguro hizo clic con una finaldad terrible.

—No hay nadie aquí —dije, con la voz temblorosa—. Y aunque lo hubiera, acabas de comprometerte con otra persona. Lo que yo haga no es asunto tuyo…

—¿No es asunto mío? —Julian soltó una risa mientras se aflojaba la corbata, avanzando hacia mí con pasos lentos.

Sus ojos ya estaban cambiando: el dorado se filtraba en el marrón oscuro, las pupilas estirándose hasta volverse rendijas.

—¿Crees que porque tengo que jugar a la política con la Manada Silverwind, de pronto eres libre? Me perteneces, Briar.

Se detuvo justo delante de mí, tan cerca que pude oler champaña y colonia mezcladas con algo más oscuro que hizo que mi loba, Selene, gimiera. Su mano salió disparada y me sujetó la barbilla, obligándome a alzar la cabeza.

—Así que dime —su mirada recorrió el vestido esmeralda—. ¿Te vestiste así para seducir a alguien? ¿Para dejar que algún otro Alfa te ponga las manos encima?

Sus ojos se encendieron con más fuerza.

—Puedo olerlo en ti. Tenue, pero ahí está. Te tocó. ¿Dónde está?

—No hay nadie aquí. —Intenté apartarme, pero su agarre se endureció—. No pasó nada. Yo solo…

—¿Solo qué? —Su otra mano me tomó del hombro, girándome mientras sus ojos examinaban mi piel—. ¿Solo fuiste a una habitación de hotel con un desconocido? Dime dónde está. O dime exactamente qué pasó.

—Se fue —las palabras me salieron demasiado rápido—. Yo estaba borracha y solo me dejó dormir. Eso es todo.

Julian me miró fijamente, entornando los ojos mientras me estudiaba la cara. Sabía que estaba escuchando los latidos de mi corazón, buscando un engaño. Mi pulso iba a toda velocidad, pero constante.

—¿Ah, sí? —su voz bajó aún más—. Entonces no te va a importar si lo verifico yo mismo.

Me agarró de la muñeca y me arrastró hacia la cama. Tropecé detrás de él, tratando de zafarme, pero su mano era de hierro. Me empujó sobre el colchón y se subió encima, inmovilizándome, una rodilla a cada lado de mis caderas.

Sus manos fueron a su cinturón.

—Última oportunidad. Dime la verdad. ¿Hasta dónde llegaste con él?

Apreté los labios, negándome a responder. Su sonrisa se volvió cruel cuando se sacó el cinturón.

—Bien. Entonces lo comprobaré yo mismo.

Sus manos se movieron por mi piel con una precisión fría, buscando marcas, buscando moretones. Sus dedos presionaron mi hombro, mi clavícula, la parte superior de mi brazo; cada contacto acompañado por la misma pregunta.

—¿Aquí? —presionó—. ¿O aquí? —presionó otra vez—. ¿Te tocó aquí?

Cuando su mano llegó a mi omóplato izquierdo, se quedó inmóvil. Sus dedos recorrieron el raspón de cuando tropecé en el bar anoche y luego presionó con fuerza, haciéndome jadear.

—¿Qué es esto? —Las palabras le salieron como un gruñido; sus ojos estallaron en un dorado puro—. ¿Quién te marcó?

—Me caí… —solté atragantándome, intentando zafarme—. Estaba borracha y me golpeé con el borde de una mesa. Nadie me tocó, Julian. Te lo juro.

Me miró desde arriba durante lo que se sintió como una eternidad, con la mandíbula apretada. Podía verlo luchando por controlarse. Por fin, aflojó el agarre. Se inclinó hasta quedar muy cerca, con el oído junto a mi pecho, mientras escuchaba mi corazón. Comprobando si mentía.

Después de diez segundos, se echó un poco hacia atrás.

—Parece que tu amantecito sí mostró algo de contención, al final.

Bajó la mano y me subió la manta por encima. Su expresión había pasado de la rabia a algo más frío.

—Un año y todavía no he quebrado ese espíritu por completo.

Su mano se movió para agarrarme del cabello, manteniéndome inmóvil mientras su rostro descendía hacia mi cuello, donde estaba la vieja marca de reclamo.

—¿Sabes lo que creo? Creo que necesitas un recordatorio de a quién perteneces en realidad.

—Julian, no… por favor…

Sus dientes se hundieron en mi carne justo sobre la marca antigua. No lo bastante profundo como para crear un vínculo real, pero sí lo suficiente para desgarrar la piel, para sacar sangre, para hacer que el dolor me estallara por dentro. Grité, con las manos empujándole los hombros, pero era inamovible. Volvió a morder, y otra vez, y otra, hasta que pude saborear el metal de la sangre por haberme mordido la lengua.

Cuando por fin se apartó, tenía los labios manchados de rojo y los ojos aún le brillaban en dorado. Me llevé una mano al cuello, sintiendo la sangre caliente filtrándose entre mis dedos.

—¿Por qué? —La palabra me salió rota—. Te acabas de comprometer con Chloe. ¿Por qué sigues haciendo esto?

Julian se limpió la sangre de la boca.

—El compromiso es política. Una alianza necesaria entre la Manada Shadowmoor y la Manada Silverwind —se inclinó, acercándose—. Pero tú… tú eres mía, en lo personal. El poder de terminar esta relación me pertenece solo a mí. Cuando yo diga que se acabó, se acabará. No antes.

Se enderezó.

—Y aun después de que me case con Chloe, seguirás siendo mía. ¿Entiendes?

Algo dentro de mí se quebró.

—Si sigues presionándome, nos destruiré a los dos. Haré público todo: cómo me has estado controlando. Me aseguraré de que la alianza se venga abajo por completo.

Julian no se inmutó. En cambio, sonrió.

—Me has estado amenazando con arrastrarme al infierno desde el día en que nos conocimos, Briar. Pero no puedes obligarte a hacerlo. Te da demasiado miedo morir —su voz bajó—. Y todavía crees que puedes salvar la empresa de tu padre. Aún tienes esperanza.

Se acuclilló junto a la cama, y su mano manchada de sangre me rozó la mejilla.

—Y además, una vez que tome el control real de la Manada Shadowmoor, una vez que tenga el poder por el que he estado trabajando… —su sonrisa se ensanchó—. ¿Adónde exactamente crees que vas a poder correr?

Las palabras cayeron como golpes, porque tenía razón. Me había arrancado mi última arma.

Julian se puso de pie y caminó hacia el baño. Oí el agua correr mientras se lavaba la sangre de las manos. Mi cuerpo se sentía congelado, con el shock y el dolor hundiéndome.

Me obligué a moverme, a trastabillar hasta el clóset, donde encontré un camisón de hotel. Me temblaban las manos cuando me quité el vestido arruinado y me puse el camisón. Luego me dejé caer otra vez sobre la cama, hundiéndome en el colchón mientras el agotamiento me arrastraba hacia abajo.

Apreté los ojos y me dejé llevar a un sueño brumoso.

A través de la niebla de la semiconsciencia, sentí que algo frío se presionaba contra mi cuello. Una toallita; el escozor del antiséptico me hizo soltar un siseo. Intenté apartar esas manos, pero unos dedos se cerraron alrededor de mis muñecas y las sujetaron.

Luego me jalaban hacia atrás, hacia un abrazo frío. Un brazo se trabó alrededor de mi cintura, arrastrándome contra un pecho que irradiaba helor en lugar de calor.

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