Capítulo 1 El Lobo
Gabriela
A veces me quedo reflexionando sobre la vida, sobre los innumerables traumas que he sufrido y sobre los miedos que tengo.
Nada de esto me ayudará a crecer, nada de esto me pondrá donde quería estar, pero aun así mi cerebro y mi corazón insisten en intentar joderde la vida tanto cuando estoy despierta como cuando duermo.
Sueño con aquel día como si hubiera ocurrido ayer. Todavía puedo sentir el olor a sangre seca pegada en mis brazos, y a veces, esa mordida arde como si estuviera en llamas.
Siempre es el mismo sueño, siempre la misma sensación, siempre el mismo dolor.
Lo recuerdo como si fuera ayer, cuando mis padres y yo estábamos en la carretera y ya pasaba de la medianoche.
Nunca viajábamos de noche; mi padre no veía bien y mi madre era una pésima copiloto, así que siempre optábamos por movernos de día. Sin embargo, aquel día salimos más tarde de lo que debíamos de la casa de mis abuelos, y fue ahí donde todo sucedió.
Mi padre conducía, mi madre iba en el asiento del copiloto y yo en el trasero. Todos llevábamos el cinturón de seguridad, reíamos y conversábamos, hasta que algo cruzó delante de nosotros. Mi padre frenó bruscamente, mientras mi madre gritaba su nombre alertándolo de que debía detener el coche. Él lo intentó, pero chocamos contra algo tan rígido y fuerte que el impacto hizo que nuestro coche diera vueltas de campana innumerables veces.
Recuerdo despertar con la cara sangrando y con un ardor gigantesco en la pierna. Pero misteriosamente, estaba fuera del coche, tumbada boca abajo mientras todo mi cuerpo dolía, y el coche en el que estaban mis padres, a unos metros de distancia, estaba envuelto en llamas.
Intenté moverme varias veces, pero mi cuerpo entero estaba paralizado, completamente letárgico, mientras mis ojos observaban a mis padres quemándose dentro de esa caja de metal. Mi corazón se aceleraba cada instante más, y llegué a pensar que había muerto y que mi alma estaba atrapada en mi cuerpo momentáneamente, solo para que mis ojos vieran aquello; pero no. Estaba completamente equivocada. Todo lo que ya está mal, puede empeorar.
Escuché un ruido extraño, como si un animal se estuviera acercando a mí. El sonido que hacía al respirar me dejaba aún más entumecida, y cuando sentí que se aproximaba a mi cuerpo inmóvil, todavía boca abajo, sentí un ardor aún mayor en el brazo.
No podía verlo en esa posición, pero cuando se metió frente a mí, pude observar bien desde abajo el tamaño del monstruo, o mejor dicho, el tamaño del lobo.
Mi cuerpo entero ardió todavía más, mientras un grito contenido me estrangulaba de dentro hacia fuera.
Sabía que existían los shifters, sabía que estaban entre nosotros, eso no era una novedad para nadie. Incluso había muchos metamorfos famosos, pero jamás había visto uno en persona.
Pero aquel lobo, aquella criatura que tapaba mi visión, tenía un pelaje tan negro que llegaba a mezclarse con parte de la oscuridad, y lo único que lo iluminaba esa noche era el brillo del fuego que consumía cada minuto más lo que quedó del coche y de mis padres. Mis ojos empezaron a pesar, y lo único que vi antes de desmayarme por completo fueron los ojos color ámbar del lobo que me miraba fijamente de forma profunda.
(...)
El día amaneció nublado, como siempre, pero eso no me impediría salir e intentar luchar por mi propia supervivencia; al fin y al cabo, si no lo hago yo, no conseguiré vivir.
Después del accidente me vi completamente sola, abandonada a mi propia suerte, y para colmo, nunca he sido afortunada.
Era joven, así que me fui a vivir con mis abuelos maternos, pero pronto fallecieron y terminé en un hogar de acogida, lleno de niños más pequeños que yo. Me crié pasando de casa en casa, porque ninguna familia deseaba realmente a una chica problemática como yo; así que, en la última casa, ya casi alcanzaba la mayoría de edad, y fue ahí donde terminó esa agonía.
Fui lanzada a la suerte, conseguí un empleo y volví a vivir en la casa que perteneció a mis padres.
Las cosas iban bien hasta que las pesadillas regresaron, y con eso no conseguía dormir; por más que lo intentaba, mis ojos no se cerraban por miedo a ver nuevamente el coche en llamas y aquellos ojos color ámbar que me persiguen hasta el día de hoy.
A veces tengo la sensación de que me están observando, tal vez sea manía persecutoria, tal vez.
—Maldita sea, qué dolor de cabeza… —refunfuñé para mis adentros tras entregar otro currículum.
Pasé todo el día corriendo detrás de un empleo, y después de entregar la última hoja de papel, me di por vencida.
Volví a casa completamente cansada, pero a mitad de camino decidí comprar un periódico.
Recuerdo que mi padre buscaba trabajo a través de los anuncios del periódico. Sé que eso es prehistórico, pero no cuesta nada intentarlo.
En cuanto llegué a casa me desplomé en el sofá, respiré hondo y empecé a leer algunas de las pocas ofertas de empleo, y en la mayoría yo no encajaba de ninguna manera, ya que pedían formación y, además, experiencia.
Hasta que una hizo que me sentara de golpe en el sofá.
—Vacante para niñera… eso es interesante. —Quiera o no, tengo experiencia con niños, ¡mucha experiencia!
Tomé mi móvil, anoté el número y acto seguido le escribí a la persona por la aplicación de mensajería.
—Vamos a ver en qué termina esto —murmuré.
