Capítulo 2 Una última opción
El doctor Ernest Holloway retiró el transductor del ecógrafo del vientre de Norma Hicks y comenzó a limpiar el gel que momentos antes le había aplicado. Cuando terminó miró a la mujer con cara de resignación, y luego a su marido, Nathan Hicks.
–Como lo supuse –dijo, mientras limpiaba el transductor y lo colocaba en su soporte al lado del ecógrafo–, el sangrado que tuvo fue por el desprendimiento del óvulo. Definitivamente su cuerpo no acepta ni retiene por mucho tiempo los óvulos fecundados.
Nathan aferró la mano de su esposa, quien dejó escapar una lágrima furtiva al escuchar la noticia.
–Podemos tratar de nuevo –le dijo Nathan casi con un susurro–, no nos rendiremos.
–Me temo que eso ya no será posible, señor Hicks –dijo el doctor Holloway, volteando de nuevo hacia ellos–. Es la tercera vez que tratamos a petición suya, por lo general cuando el útero rechaza los óvulos implantados en dos oportunidades es suficiente para saber que ya no los retendrá ni desarrollará. No continúe invirtiendo dinero en algo que no sucederá.
–Es todo –dijo Norma, secándose las lágrimas con las manos, el doctor le extendió una servilleta de papel–, tendremos que olvidarnos de ser padres. Si no se puede, no se puede.
–No nos vamos a rendir –dijo Nathan–, debe haber alguna forma de lograr que salgas embarazada, no sé, un nuevo procedimiento, un tratamiento, algo…
–Lamentablemente su esposa no puede ni podrá salir embarazada, señor Hicks –dijo el doctor–. Es definitivo. Sin embargo, aún queda una posibilidad de que sean padres…
–¿Cuál? –se apresuró a preguntar Nathan–. ¿Adoptar? Esa sería nuestra última opción, y por supuesto no sería lo mismo.
El doctor se sentó tras su escritorio, mientras Nathan ayudaba a Norma a bajar de la camilla, para luego sentarse también en las sillas frente al mismo, enfrentándolo y a la expectativa de lo que iba a decirles.
–Alquilen un vientre –les dijo finalmente–. Busquen a una mujer joven y saludable que esté dispuesta a tener a su hijo; le implantamos un óvulo de la señora Hicks fecundado con su esperma y ¡listo! Tienen un bebé a los nueve meses. Es un procedimiento que está muy de moda hoy en día y que ayuda a las parejas como ustedes a ser padres.
–¡Cierto! –Nathan se veía entusiasmado con la propuesta–. Muchas parejas han hecho eso y logran ser padres. ¿Qué dices, mi amor? ¿Lo intentamos?
Norma se veía compungida, pero a pesar de todo trataba de recomponerse y sonreír a duras penas.
–¿Y si son mis óvulos los que tienen problemas? ¿Si no quieren aferrarse a ningún útero?
–Bueno, eso solo lo sabremos cuando lo intentemos –le contestó Holloway–. Hasta ahora he logrado fecundarlos satisfactoriamente, tal vez en otro vientre se desarrollen sin problemas.
–No sé… ¿Y si esa mujer después decide no entregar al bebé? Puede suceder que al final se arrepienta.
–No se preocupe por eso, señora Hicks, su esposo es un hombre de negocios y estoy seguro que habrá un contrato de por medio para que eso no suceda. Además, no será biológicamente hijo de esa mujer, así lo haya llevado en su vientre nueve meses. Será de ustedes porque tendrá el ADN de ambos. Tampoco lo será legalmente porque habrá un contrato que así lo especifique. Solo deben poner muy en claro las condiciones.
–Si es así, entonces no tengo problema en intentarlo, siempre y cuando usted siga al frente de todo el procedimiento, doctor.
–No se preocupe, señora Hicks, si me traen a una buena candidata, yo me encargo de todo.
–De acuerdo, doctor, lo intentaremos –dijo Nathan–. En los próximos días tendrá noticias nuestras.
Cuando subían al Bentley, Bernard se dio cuenta de que no había buenas noticias para sus jefes, y prefirió guardar silencio durante todo el camino. De vez en cuando escuchaba a la pareja decirse alguna que otra cosa en voz baja, y por el retrovisor veía a la señora Hicks limpiarse alguna que otra lágrima de vez en cuando.
–Dejaremos a mi esposa en la casa, Bernard, y luego iremos a mi oficina.
–Como usted diga, señor Hicks.
Bernard condujo hacia la residencia de los Hicks, ubicada en la exclusiva zona de Hudson Square en Mahattan, y como le ordenaron, dejó a Norma Hicks en la misma y luego siguió camino hacia la empresa de sus jefes. Durante el trayecto no cruzó palabra alguna con Nathan, y pensó que siempre sería así, lo que le gustaba en parte ya que no era muy dado a entablar conversaciones con la gente solo por conversar.
–No comentes con nadie sobre ese sitio al que me llevaste, Bernard –le dijo Nathan luego de un rato y cuando estaban a punto de llegar a su empresa–. Mi esposa y yo tratamos de mantener todo este asunto en la más absoluta reserva.
–No tengo por qué hablar con nadie al respecto, señor Hicks, no es de mi incumbencia su vida privada. Usted me contrató para ser su chofer, no para andar metiéndome en sus asuntos, y mucho menos hacer de chismoso.
–Muy bien, Bernard, me gusta tu forma de pensar. Era solo para asegurarme de que había contratado al hombre correcto.
–No se preocupe por mí, señor Hicks, sé cuál es mi trabajo, y procuraré hacerlo bien. De todas formas, si tiene algo que decirme para que no me encuentre con ninguna sorpresa o situación desagradable, dígamelo ahora.
–¿A qué te refieres? No entiendo.
–Es sencillo, señor Hicks, si usted mantiene algo así bajo absoluta reserva es por algo, y como voy a andar cerca de usted, su familia y el resto de sus trabajadores, me gustaría saber a qué atenerme con todos ellos, para que no me tomen por sorpresa o piensen que soy manipulable de alguna manera para que suelte información confidencial y privada.
–Me parece justo. En primer lugar, mi esposa y yo no podemos tener hijos, eso es algo de lo que ya estamos convencidos desde el día de hoy, y vamos a considerar otras opciones para ser padres. En segundo lugar, mi familia es conflictiva aunque no lo parezca, no tienes idea de las batallas que he tenido que librar para que mi hermana y mi primo no se destruyan el uno al otro por el control de la empresa, y entre los dos no me destruyan a mí, aunque mi hermana últimamente ha estado un poco alejada de todo esto, procurando no meterse en el manejo de la empresa para no echar por tierra todo lo que mis padres y yo hemos hecho por ella todos estos años, y por supuesto, porque amenacé con quitarle algunos de sus «beneficios» y lujos con los que ha contado desde que puede derrocharlos. Mi esposa y yo pensamos que si se llegasen a enterar de que tendremos un hijo al cual heredarle toda nuestra fortuna, redoblarían esfuerzos para procurar que eso no pase, y de allí que decidamos mantener todo este asunto en secreto. De todas formas se enterarán en su momento, pero cuando eso pase, ya habré modificado mi testamento y no podrán hacer nada.
–¿Tan malos son?
–No te imaginas cuánto, por eso debes cuidarte de ellos y de las personas que tengan cerca, pues siempre tendrán quien les busque información por todos los medios posibles.
–Entiendo. Puede contar con mi discreción y confianza, señor Hicks. Gracias por advertirme.
–No vayas a pensar que te estoy metiendo en un nido de víboras, Bernard –Nathan sonrió apenas mientras le decía eso–, no todos son emisarios del mal en la empresa.
