Capítulo 4 4
—¿Está embarazada?
Jade no respondió de inmediato.
Estaba junto a la ventana del departamento, todavía con la ropa de la oficina y el teléfono encerrado entre los dedos. Habían pasado horas desde que Esteban leyó el resultado por accidente y felicitó a un esposo inexistente. Horas desde que Draco la siguió exigiendo una explicación.
Él dejó las llaves sobre la barra.
—Necesito que me contestes.
—No necesito que uses ese tono.
—No estoy usando ningún tono.
Jade soltó una risa sin humor.
—Claro. Es tu voz natural de interrogatorio.
Draco no respondió. Por primera vez desde que había entrado, parecía más inquieto que irritado.
Jade desbloqueó el teléfono, buscó el archivo del laboratorio y caminó hacia él.
—Lee.
Draco tomó el aparato.
Sus ojos recorrieron la pantalla una vez. Después otra.
β-hCG cuantitativa: POSITIVA.
Compatible con embarazo de aproximadamente cinco semanas.
—Cinco semanas —dijo.
Jade asintió.
Él levantó la vista.
—Es mío.
No era una pregunta.
—Sí.
Draco le devolvió el teléfono y caminó hasta el ventanal. Se pasó una mano por el cabello, desordenándolo.
Jade lo había visto negociar contratos que podían hundir empresas enteras sin cambiar de expresión. Lo había visto despedir directivos, enfrentar accionistas, soportar gritos sin pestañear.
Nunca lo había visto buscar una salida en una pared de vidrio.
—Esto no puede estar pasando.
—Está pasando.
—No.
—Draco, un análisis de sangre no cambia de opinión porque tú digas que no.
Él se giró.
—Yo no puedo tener un hijo.
—Puedes. La prueba acaba de ser bastante concluyente.
—No estoy hablando de biología.
Jade dejó el teléfono sobre la mesa.
—Entonces habla claro.
Draco tardó unos segundos.
—No voy a traer a un niño a este mundo para que termine igual que yo.
Señaló alrededor, aunque Jade sabía que no hablaba del apartamento.
—Todo esto... mi familia, mi padre, la forma en que crecí. No es un lugar para un niño.
—Tu hijo no crecería dentro de una junta directiva.
—No sabes cómo funciona mi familia.
—Y tú no sabes qué clase de padre serías.
—Sí sé de dónde vengo.
—No eres tu padre.
La boca de Draco se torció en una sonrisa amarga.
—Eso dices ahora.
Jade lo observó con atención. Había miedo detrás de aquella frialdad, pero no pensaba permitir que el miedo de él decidiera por su cuerpo.
—¿Cuántas semanas? —preguntó otra vez.
—Cinco.
Draco cerró los ojos apenas.
Cuando volvió a hablar, su voz había cambiado. Más baja. Más calculada.
Jade conocía ese tono.
Era el que utilizaba cuando ya había encontrado una solución.
—Todavía estamos a tiempo.
La piel de Jade se enfrió.
—¿A tiempo para qué?
Él dudó.
Fue un segundo.
Suficiente para que ella entendiera antes de escucharlo.
—Para no seguir adelante con esto.
Jade permaneció quieta.
—Repite eso.
—Podemos solucionarlo ahora, antes de que sea más complicado.
La bofetada sonó antes de que Jade pudiera pensarla.
Draco recibió el golpe sin moverse.
Ella tenía la mano ardiendo.
—No vuelvas a decir eso.
—Jade, escúchame.
—No.
—No estoy intentando...
—¿Arreglarme? ¿Administrarme? ¿Resolver el embarazo antes de que altere tu agenda?
—No dije eso.
—Dijiste suficiente.
Jade dio un paso atrás. Su mano bajó al vientre por puro instinto.
Todavía no había nada que pudiera sentir bajo la palma. Ningún movimiento, ninguna forma. Solo una noticia que llevaba unas horas sabiendo y que ya tenía que defender.
—Esto no es un problema que tengas que solucionar.
Draco respiró hondo.
—Es una responsabilidad que no quiero asumir.
Ahí estaba.
Mucho peor sin rodeos.
Jade dejó caer la mano.
—Entonces no la asumas.
Él la miró.
—No es tan simple.
—Para mí acaba de volverse bastante simple.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sé perfectamente lo que estoy diciendo. No necesito que estés.
Eso consiguió detenerlo.
—¿Vas a hacer esto sola?
—Si es necesario.
—No tienes idea de lo que implica.
—Tampoco tú. La diferencia es que yo no estoy usando lo que desconozco como argumento para borrar la decisión.
Draco abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Podría ayudarte.
—Hace dos minutos dijiste que no querías asumirlo.
—No es lo mismo.
—Esta noche, para mí, sí.
Jade continuó antes de que él encontrara otra forma de convertir el miedo en argumento.
—No necesito que lo quieras. No necesito tu dinero. No necesito que te conviertas en alguien que no quieres ser. Pero tampoco voy a permitir que hables de este embarazo como si fuera una avería que puedes mandar a reparar.
—No pienso que sea una avería.
—Acabas de llamarlo algo que podemos “solucionar”.
Draco bajó la mirada un instante.
—Lo dije mal.
—No. Lo dijiste exactamente como lo pensaste.
Jade tomó el bolso del sofá.
—Esto no es negociable.
Caminó hacia la puerta.
—Jade.
No se detuvo.
—Podemos hablarlo mejor.
—Tú puedes hablar todo lo que quieras cuando yo no esté escuchando.
Draco la alcanzó antes de que abriera. Le sujetó la muñeca.
Jade se soltó de inmediato.
—No me toques.
Él retrocedió.
—No quería detenerte.
—Acabas de hacerlo.
Draco dejó las manos a los costados.
—No voy a obligarte a nada.
—Bien. Empieza por creerme cuando te digo que me voy.
Jade abrió la puerta.
El pasillo estaba vacío.
—No voy a cambiar de opinión —dijo sin mirarlo—. Y no voy a escuchar otra propuesta como esa.
—Jade...
Ella salió.
—No vuelvas a acercarte a mí con esa idea.
La puerta se cerró.
Jade caminó hasta el ascensor con la respiración demasiado rápida. Pulsó el botón y apoyó la espalda contra la pared.
No lloró.
No quería darle a aquella conversación ni eso.
Las puertas se abrieron. Entró sola.
En el descenso, una presión breve le cruzó la parte baja del abdomen.
Jade se quedó inmóvil.
Esperó.
Desapareció.
—Perfecto —murmuró—. Justo lo que faltaba.
Llegó al estacionamiento. Dio varios pasos hacia su coche y sintió otra punzada, esta vez más profunda.
Bajó la vista por reflejo.
Había una pequeña mancha roja en su ropa interior.
Jade dejó de respirar.
No llamó a Draco.
Ni siquiera pensó en él.
Apretó el teléfono con una mano y se sostuvo de una columna con la otra.
—No. Tú no. Quédate conmigo.
