Capítulo 3 El vestido de novia perfecto
Las calles de Italia parecen salidas de una novela, llena de piedras, con sus casas pintorescas. Se respira tranquilidad;
—El vestido te quedará perfecto, Kari —me anima Ana «mi mejor amiga».
—Así será, espero no subir más peso de ahora en adelante —murmuro con despecho— sería lo peor, muy mala suerte.
Ana ríe, sabe a lo que me refiero. Soy una persona que bajó estrés, su cuerpo la castiga con cambios drásticos en mi peso, lo peor es que casi siempre es subir y no bajar…
—A los hombres también les encanta eso, no deberías preocuparte, Kari. Estás perfecta.
Llegamos a la tienda de vestidos, donde Ana me abre la puerta con anticipación;
—Simón a veces deja mucho que desear —murmura con voz baja— Y lo sabes.
—Puede que solo le gusten las mujeres delgadas, así me conoció, Ana.
—No es que te veas gorda, Karen. Subes de peso, pero solo se hace grande tu pecho, trasero y cadera. Es genética, cariño. Simón es un imbécil, en serio.
Miro mal a mi mejor amiga, aunque la conocí hace más de siete años, aún no me acostumbro a los golpes de realidad que me da;
—No quiero subir de peso, punto. ¿Entendido?
Mi amiga ríe de nuevo— Claro que sí, jefa.
—Señorita Rossi, la estábamos esperando, por favor sígame.
—Te veo en un rato, si salgo llorando es porque no me quedó —bromeo— Quiero sinceridad.
—Ya vete, que me muero de ganas de saber cuál vestido elegiste —Ana me empuja para que siga a la mujer.
La mujer me guía por un pasillo lleno de espejos en forma decorativa. Que me hace ver mi cuerpo. «Maldita sea» creo que no bajé lo suficiente.
Cuando conocí a Simón era una mujer delgada, que aún no sabía que la vida te podía hacer sufrir de la nada. Después descubrí que el estrés era perjudicial para mí. Aunque Simón suele ser amable, sé que no le gusta verme subida de peso.
—Casi puedo asegurar que —la mujer le suda la frente, casi parece que hay alguien apuntándola con un arma— le quedará perfecto, señorita Harper.
—¿Estás bien? —pregunto preocupada por aquella sudoración.
—Lo siento, señorita, me he levantado con escalofríos, por favor, pruébese el vestido.
El vestido es tan hermoso, como la primera vez que lo vi. Para poder comprarlo, tuve que pedirle dinero con mucha vergüenza a Simón. Pero creo, que vale totalmente la pena.
—Es perfecto —murmuro para mí con un hilo en mi voz.
El vestido realza mi cintura, cae en una cascada perfecta. «Voy a llorar», es tan perfecto.
Señorita —la voz de sorpresa en la mujer que me atiende, me hace sonreír, así quiero sorprender a Simón— Luce bellísima, il capo adorerà il risultato.
Traducción; Al jefe le encantará el resultado.
—Gracias, señorita. ¿Qué ha dicho al final? No entiendo italiano ni un poco —sonrío.
—Que el vestido es perfecto, señorita. A su amiga le encantará.
Asiento con la sonrisa en mi rostro. Camino despacio para tener cuidado con la gran cola, aunque pesa mucho, no importa, es tal como quiero.
—¡Oh mi dios! —exclamó levantándose del sillón Ana— ¡Es perfecto, Karen!
Ana se limpia algunas lágrimas de la cara, lo que me hace sentir bien con la elección del vestido. Lo elegí sin la ayuda de nadie, queriendo que sea sorpresa para todos.
—¡Te vez tan sexy, pero al mismo tiempo como un ángel!
Suelto la risa de nuevo— Ya quiero casarme.
—Pues, aunque esté lloviendo, te vas a casar, Kari. Este vestido lo vale, te lo juro.
[…]
—Al fin puedo respirar de nuevo —digo cuando hemos salido de la tienda.
Mi celular vibra en mi bolsillo, así que lo saco.
—¿Karen Rossi?
«Creo que tenemos que cancelar la boda, Karen. La iglesia es peligrosa para todos los invitados»
Releo el mensaje de mi prometido al menos tres veces más. ¿Qué está pasando con Simón? ¿Por qué mi sentido me dice que hay algo?
—¿Quién eres tú? ¿Por qué sabes el nombre de mi amiga?
La voz de Ana me hace levantar la vista de mi teléfono. Me asusto cuando veo a tres hombres, con elegantes trajes negros y tatuajes saliendo de las mangas;
—¿Karen Rossi? Mi nombre es Basilio Sartori, me gustaría hablar contigo sobre una propuesta.
La voz de aquel desconocido me envía una especie de alerta. Son peligrosos, definitivamente. Escuchar su apellido, me hace retroceder unos pasos, los Sartori fueron cortados con la misma tijera que el diablo mismo.
—¿Qué sucede? Tengo algo de prisa —mi voz suena baja, apenas pude responder sin trabarme.
Ana toma mi brazo con el suyo, piensa lo mismo que yo, seguramente.
—A mi jefe le gustaría casarse con usted, le puede pagar lo que pida, sin importar la cantidad.
Miro a mi amiga. ¿He escuchado bien? ¿Casarse? Ni aunque estuviera muriendo, siendo que él fuera la única persona que puede salvarme, aceptaría casarme con un demonio Sartori.
Justo cuando iba a responder, siento las manos de ese hombre empujarme y una serie de balas vuelan justo donde estábamos. Mi cuerpo se queda congelado. ¿Qué está pasando? ¿Acaban de dispararme? ¿Me han querido asesinar?
—Corre, Karen, rápido —Ana me levanta a jalones, para meterme a la tienda de la que habíamos salido hace solo minutos.
—¡Proteggi la moglie del capo, diede l’ordine! «Protejan a la mujer del capo, ha dado la orden»
Ana y la señorita que me había atendido, cierran la puerta de la tienda. Mientras yo me llevo la mano al pecho, tratando de tranquilizarme y entender que ha pasado.
