Capítulo 1 Encuentro
Pov: André La Russa.
Deslizo mis dedos sobre la etiqueta de la botella de whisky sobre mi escritorio.
—Hay que planificar una mensualidad para la familia de Clarson —saco un pañuelo de mi saco y limpio la botella quitándole el seguro.
—Ya está solucionado, señor. Por dar la vida de forma noble su familia recibira mensualidad sus hijos iran a la universidad —olfateo el licor dentro de la botella.
—Quiero saber quien quiso matarme y esto tíralo. No voy a ingerir nada que me envien, encargate de desechar todo —le entrego la botella a Romano y me paro en frente al ventanal que me deja ver mi casino entero.
—Como ordene, señor.
Barro cada rincón, no estoy a salvo ni en mi propio territorio y eso me cabrea.
¿Quién está siguiendo mis pasos?
Mis ojos van a la ruleta. No, el adicto de mierda no es. Voy a la tragamoneda, ese tampoco. Recorro todos los juegos y observo por un buen rato el movimiento habitual.
Algo llama mi atención, una mujer, que no ha hablado con nadie ni ha jugado en la hora que llevo observando, solo bebé el mismo Martini. Arrugo el entrecejo.
—Romano!
—Si señor que se le ofrece —la señalo.
—Quiero que la vigiles, si viene si sale, si juega, si respira. Quiero saberlo. Es sospechosa —la miro fijamente, se me como alguien que busca algo.
.......
Cuatro dias más tarde.
Tomo la cadena en el cuello de la mujer, tironeo de ella buscando un gemido de su parte. Jadea asustada, sus ojos fijos en mí están llenos de terror.
—¿Serás una buena chica? —asiente. Sin embargo, se siente tan artificial, falso y vacío cada gesto que de ella proviene.
Miente y lo puedo ver por el temblor de su labio inferior.
—Ponte de pie y vete —ordeno, soltando la cadena.
—Mi señor, lo lamento si hice algo que lo ha ofendido. Yo puedo ser una buena chica —hace el intento de tocar mi entrepierna y la aparto con desprecio.
—¡Dije que te fueras, maldita sea!
Tomo un cigarrillo de la cajetilla apoyada en mi mesita de luz. Enciendo mi cigarrillo y le doy una calada.
—Si sales ahora mismo, te aseguro que te perdonaré la vida, no quieres conocerme enojado —mascullo.
Se pone en pie, toma su ropa y sale de la habitación prácticamente corriendo.
Las personas cuando escuchan mi apellido se lanzan al suelo para que pase sobre ellos, otros corren por su vida y las mujeres solo quieren ser elegidas para no soportar lo que yo quiero de ellas.
Ser el subjefe de la Cosa Nostra tiene sus beneficios.
Si hablamos de sexo…. Todas quieren probarme, aun así, no pueden soportar la presión.
Que te la chupen con miedo es un asco. Quiero una mujer que pueda mirar a los ojos mientras arremeto contra ella y que sienta placer de mi enfermizo morbo. Que se moje cuando la tomo del cuello y pida más. Quiero lo que todos tienen.
Le doy otra calada a mi cigarrillo y lo apago. Hasta las ganas de fumar me quitó esta frustración.
Salgo de la habitación y Romano está esperando mis indicaciones. Se ve ansioso.
—Habla, Romano —deja su postura erguida y camina detrás de mí por el pasillo del club.
—Es la tercera de la semana —remarca.
—La cuarta, no te olvides de la que salió llorando luego de dos minutos —suelta una risa por lo bajo y me volteo lanzándole una mirada asesina.
—Lo siento, signore —resoplo.
—Necesito encontrar otra. Llevo meses sin tener una buena sumisa —carraspea—. ¿Algo que decir, Romano? —cuestiono cuando se aclara la garganta.
—No, no. Nada, de nada. Solo tengo la garganta seca.
—Yo solo quiero coger y que ella no tiemble de jodido miedo. Se acabó la charla, Romano.
—Siempre un placer hablar contigo, mío amico. Por cierto, la mujer volvió al casino, color del día verde —me detengo en seco.
—¿Volvió? —pregunto alterado.
—Sí, Sus sospechas pueden ser ciertas.
Ella es sospechosa.
Salimos del club y le ordeno a mi chofer que me lleve al casino.
¿Qué quiere esa mujer?
—Signore…
—Las grabaciones y si sigue allí, que no la dejen marcharse —Romano me extiende su teléfono y la veo en la barra tomando una margarita.
Es como si ella supiera que la estoy viendo. Hago un acercamiento y levanta la mirada sonriendo con diversión.
—Que me la traigan al galpón —Romano toma su teléfono.
—Seguro, señor, no estaba armada.
—¡Qué me la traigan! ¡Dannazione! —el auto se detiene en el casino.
Romano baja y yo continúo.
—¡Al galpón!
—Come vuole, capo (como ordene, jefe)
…..
Lanzo al suelo mi tercer cigarro y piso la colilla rompiéndola contra el suelo. Suelto el humo sin despegar la vista de la puerta.
Se abre y la mujer ingresa de un empujón a la habitación.
—Ser amables con una mujer no les cuesta nada, ¿lo sabían? —se queja trastrabillando.
Estira su vestido con su ceño fruncido, ella no ha levantado la vista.
—Bestie: la madre non ha insegnato loro il rispetto. Degli idioti totali. Mi hanno stropicciato il vestito. (Animales, su madre no les ha enseñado el respeto. Pedazo de idiotas. Arrugaron mi vestido)
Mis hombres están parados tras ella junto a Romano.
—La señorita golpeó a Ferrari, intentamos ser amables…
—No han sido amables y estaba en todo mi derecho de defenderme. Usted me mandó a llamar, ¿qué quiere y por qué me trajo a este asqueroso lugar? —cuestiona con prepotencia clavándome sus ojos verde musgo cargados de rabia.
¡Qué valiente resultó la señorita!
—No le gusta mi acogedora sala de interrogatorios —chasqueo los dedos.
Romano trae una silla y la coloca detrás de ella.
—Siéntese.
—No quiero. ¿Por qué carajos me ha traído aquí?
Me carcajeo y enciendo otro cigarrillo con mucha calma.
—¿Por qué cree que usted puede hacer preguntas, señorita…?
—Alessia Rossi —completa Romano.
—Eso, lo tenía en la punta de la lengua. Rossi… ¿qué hacía en mi casino?
—¿Por qué carajos me ha traído aquí? —vuelve a preguntar.
Suelto el humo y doy dos pasos cerca de ella acortando la distancia.
—¡Siéntese ahora mismo! —le dirijo una mirada intimidante, una a la que nadie es inmune.
Ella da un paso cerca de mí.
—¿Por qué carajos me ha traído aquí? —me mira a los ojos sin un ápice de miedo.
—¿Sabe quién soy?
—¡Me importa un carajo quién es usted! —escupe con rabia y determinación.
—André La Russa, ¿le suena? —rueda los ojos y suspira.
Sonrío de lado.
—Ahora es donde se arrodilla y pide piedad —se carcajea.
—¿Cree que porque sé quién es tendré miedo? Dígame qué quiere, así puedo irme —no tiene miedo.
—Debería temer, sé qué está haciendo. ¿Quién la envió? Confiéselo —arquea una ceja.
—¿De qué habla?
—¿QUIÉN LA MANDÓ! —levanto la voz.
—No sé de qué carajos está hablando, a mí nadie me mandó. Yo me mando sola.
—Cuatro noches. No juega. No habla con nadie. Consume poco. Paga en efectivo. Hay dos opciones, viene con un viejo al que se la chupa para que le pegue los tragos o viene porque la enviaron a joderme la vida a mí. Está sola, así que la opción B es la correcta. ¿Quién la envió? No lo preguntaré tres veces y sería una lástima que lastime su rostro, señorita Rossi —sigue inamovible, mirándome fijamente.
El verde de sus ojos choca contra el azul acero de los míos.
—Que triste, vivir así, señor La Russa. Desconfiando hasta de su sombra, debe ser una vida solitaria. Me da mucha lástima. No me ha envido nadie, vine a divertirme, tomar cócteles deliciosos y quizás en una de esas vaciar los bolsillos de los ricos que vienen a apostar —no le creo.
Saco el arma que guardo en la parte trasera de mi pantalón y amartillándola le apunto a la frente.
—¿QUIÉN TE ENVIÓ?
No se amedrenta y sonríe. Con su mano mueve el cañón del arma a un lado y me mira a los ojos muy calmada.
—Nadie, solo quería divertirme, no volveré a venir, señor. Ya me doy cuenta que no soy bienvenida. ¿Me puedo ir? —su reacción me deja sin palabras.
Paso saliva y una corriente me recorre la espina hasta instalarse en mi verga.
Le doy una barrida a su cuerpo y al vestido verde que trae puesto, combina con sus ojos y contrasta con su tez clara.
—Por favor.
Guardo mi arma.
Me doy la vuelta alejándome y me enciendo otro cigarrillo fumando lejos.
—¿Eso significa si o no? —pregunta.
—¡LARGO!
Escupo.
—Signore…
—¡Que se vaya! —repito.
Pasan unos segundos y Romano se acerca oigo su caminar.
—André —me carcajeo.
—La quiero, Romano, la quiero para mí. Averigua todo de ella cuánto antes, esa mujer será mía —sonrío con malicia.
—Tengo la matricula de su moticicleta, la seguiré yo mismo.
—Hazlo.
Nota de autor: BIENVENIDOS A ESTA EMOCIONANTE HISTORIA, ANDRÉ Y ALESSIA SIN DUDAS NOS DARÁN MUCHA INTENSIDAD.
SI YA ME CONOCES SABES QUE ME GUSTA ACTUALIZAR DIARIO. SI ES LA PRIMERA VEZ QUE ME LEES NO TE VAS A ARREPENTIR LO PROMETO.
BIENVENID@S A MI CLANCITO.
AQUÍ AMAMOS A LOS HOMBRES PERFECTOS Y LOS FINALES FELICES.
