Capítulo 2 Un proposito

Pov: Alessia Rossi. 

Le arranco las mangas a este incómodo vestido. 

¡Maldizione, Marchioni! 

Me alejo lo más rápido que puedo marcándole. Esto debía saberlo. Tengo el estómago revuelto, los tipos como él me dan asco. 

—Querida Alessia, ¿ya está hecho? ¿Cuánto crees que te tomará? —cuestiona muy tranquilo. 

—Una cosa es un hombre peligroso y otra es un La Russa. ¡Debiste decírmelo! ¿Cómo se te ocurre que mataré a alguien como él? —reprocho. 

—Tú dijiste que necesitabas el dinero, si quieres mucho, este es el precio. ¿No puedes hacerlo? ¿Es eso? Prometiste matarlo en una semana—resoplo enfurecida, con la sangre en mi cabeza. 

—Aquí el problema no es que no pueda hacerlo. Tú no me dijiste que era el subjefe de la Cosa Nostra, por eso no me dijiste el nombre, sabías que no iba a aceptarlo. Sabes muy bien que matarlo 3s una misión suicida—escupo entre dientes. 

—Nadie quiere aceptar este trabajo, Alessia, creí que tú realmente necesitabas el dinero —arrugo el entrecejo. 

—Necesito estar viva cuando tenga ese dinero, no me servirá si me matan. Sabes que si lo elimino no me dejarán ilesa, esa familia me buscará y tengo mucho que perder, Marchioni —expreso firme. 

—De acuerdo, no hay pago entonces. No olvides que me sigues debiendo una, Alessia, y que siempre que tú me has pedido ayuda te la he dado. 

—Estoy agradecida por eso; sin embargo, este encargo es muy peligroso. El me descubrió, no es idiota y yo pensando que era un hombre más al que debía matar. Lo siento, no lo tomaré —cuelga. 

Resoplo como animal embravecido, estuve tan cerca de conseguirlo. Golpeo mi pie contra el suelo bufando. 

Me meto al callejón revisando que nadie me haya seguido. Destapo mi motocicleta y la arrastro levantándola, abro el portaequipaje, me coloco los leggins negros por debajo del vestido, la camiseta encima y me deshago de este trozo de tela incómodo. 

¡Accidenti, che capo disgustoso! Perché? (¡Carajos, un asqueroso jefe! ¿Por qué?) 

...... 

Frota las crayolas sobre el papel y apenas se marcan, su manito no tiene fuerza. Mi pecho se aprieta y en nudo en mi garganta sigue alimentándose, volviéndose incontenible. 

—No pinta, mami —me trago el llanto y le sonrío. 

—Oh, mi amor, descuida que mami te ayuda. ¿Quieres hacer un sol? —tomo su manito con cuidado y aprieto la crayola para ayudarlo a pintar los ojos. 

—Woow, tan billante el sol, mami —asiento y beso su frente. 

—Tan brillante como tú, mi cielo —sus ojos verdes se ven apagados, lánguidos, como si tuviera sueño cuando acaba de despertar. 

—¿Soy billante, mami? ¿Un dia vamos a id a el parque? ¿Con un sol que bille micho? —tomo su manito y contengo los temblores de mi voz. 

—Sí, mi cielo. Correrás por el parque y el sol estará tan brillante que terminarás con las mejillas rojas, sudarás mucho, verás que sí —suspira agotado. 

Observo todas las máquinas a las que está conectado; en especial a esa que late por su corazón. 

—Mami, ¿vas a ir al trabajo? 

—Sí, mi cielo. 

—¿Me atres un trozo de burin? Por poquito poquito de azúcar, muy poquito dijo el doctor —asiento con un sonido—. Estoy feliz y tengo sueño, mami —beso su mejilla. 

—Recuéstate, Simone —lo hace con una débil sonrisa. 

—Te amo, mami —beso su frente. 

—Yo a ti, mi corazón. 

—Si tú pudieras… 

—Se potessi, ti darei il mio cuore, il mio amore. (Si yo pudiera te daría mi corazón, amor mío) —tarareo una canción acariciando su cabello. 

Las lágrimas se escapan sin permiso tratando de mermar un poco el dolor. 

—Señorita Rossi —levanto la mirada y veo al doctor. 

—Doctor Costa —me pongo en pie—. ¿Hablamos afuera? —asiente. 

Cierro la puerta de la habitación de Simone. 

—No diga nada, doctor, sé que le dije que nos arriesgaríamos al tratamiento experimental. 

—No tiene el dinero, lo entiendo. La internación de Simone es costosa de por sí, señorita Rossi —bajo la mirada y paso saliva—. No puede tener más trabajos y él la necesita aquí —él no lo entiende. 

No puedo ver como se muere mi hijo sin hacer nada. 

—Él se encuentra estable y quizás salga un donante pronto. Tenga fe, él está saludable dentro de sus posibilidades —lo miro a la cara. 

—Lo sé, doctor. Por el momento seguiremos esperando —apoya su mano en mi hombro. 

Lo veo alejarse y me odio por no poder hacer más. 

Necesito más dinero y no morir consiguiendolo. 

..... 

Compro un teléfono descartable y envío un mensaje. 

Yo: S14. Disponible para encargo. 

Le doy un mordisco a mi sándwich mirando la pantalla con ansiedad. El mensaje llega y lo abro al instante. 

Numero desconocido: Antonio Serra — Bar Caliope — Foto. 

Memorizo sus facciones detenidamente unos segundos. Perfecto, Sei un uomo morto, tesoro. (Eres hombre muerto) 

Elimino los mensajes y tiro el teléfono en un cesto de basura. Termino mi sándwich casi llegando a la panadería donde trabajo. 

Quizás soy una maldita cínica con una increíble capacidad para mentir e inmunidad al miedo. O soy una madre que a lo único que le tiene miedo es a ver a su hijo morir esperando que un milagro lo salve. 

Los milagros no existen, existo yo y mi capacidad, que pueden terminar con la vida de quien sea y recibir dinero por ello. 

Entro a la panadería poniendo mi mejor y falsa sonrisa. 

—Bon día! 

Saludo a mi compañera, a mi jefe y noto que están tensos mirando a un punto fijo. 

—¿Todo está bien? —pregunto sin entender. 

—Alessia, ¿en qué te metiste? —susurra mi compañera y la sonrisa de mi rostro se borra. 

—¿De qué hablas, meterme en qué? 

—Desde ya te advierto que si te relacionas con esa gente, ve buscando otro empleo, Alessia —volteo mi rostro a donde ellos están mirando. 

Lo primero que se topa contra mí es el azul acero de sus ojos junto a la palidez de su rostro. Sonríe y levanta su mano moviendo sus dedos a modo de saludo. 

Porco cane! 

¿Qué mierda hace La Russa aquí?


Nota de Autor: Alessia tiene una gran motivación y al final André no estaba tan loco, ella si iba por el.

Ahora que hara?

Capítulo anterior
Siguiente capítulo