Capítulo 3 Sea como sea

Pov: Alessia Rossi.

—Yo no tengo nada que ver con esa gente, señor Cardozo —tomo mi delantal, lo paso por mi cuello y amarro detrás de mi espalda.

—Preguntaron por ti, así que no mientas —me meto a la cocina.

Voy a los estantes, donde se enfrían después del horno los panificados y tomo una bandeja.

—Alessia, estoy hablándote —suspiro y dejo la bandeja bruscamente sobre la mesada.

—Señor, no tengo nada que ver con esa gente. Yo solo... —debo mantener mi coartada—. Fui de paseo al casino, quería distraerme, nada del otro mundo y ese hombre... se me acercó, lo ignoré, fin de la historia. No sé ni quién es —baja la mirada y suspira.

—Puvuredda picciridda, semu ammuccati.(Pobre niña, estamos jodidos) —murmura.

—Seguiré trabajando, señor —tomo la bandeja y salgo de nuevo para llenar el mostrador.

¿Qué carajos quiere conmigo? Pensé que lo había convencido.

No moví ni un musculo del rostro cuando me apuntó, eso debería ser suficiente para que me deje en paz.

Siento su presencia cerca, como el aire se espesa volviéndose tóxico a mi alrededor.

El tintineo del timbre de mesa retumba en mis oídos.

—Bon dia, signore. ¿En qué puedo ayudarlo? —mi compañera lo atiende.

—Fuera de aquí, ella me atenderá —levanto la mirada y por el delgado espejo del estante lo veo señalar hacia mí con la punta de una navaja de mano.

El miedo de mi compañera se puede oler.

—Ella está... ocupada, señor —su voz sale como un susurro.

—Intercambiemos, Diana —me pongo en el lugar de mi compañera y lo miro con mi peor cara—. ¿Qué quiere llevar? —la frialdad de mis ojos choca con la suya.

Todo en él exuda maldad, peligro y poder.

Sonríe con diversión y cierra la navaja guardándola en su bolsillo.

—A ti, esta noche. Tenemos una cita, eres tan afortunada que cenarás conmigo —intento aguantar la risa, termino soltándola.

—¡Qué buen chiste! ¿Qué va a llevar? ¿Pan? ¿Croasouns? ¿Quizás budines? ¿Prefiere que le lleven algo a la mesa? ¿Un café? —sus ojos no dejan de conectar con los míos.

—¿Miras así a todos los hombres, Alessia?

—Si no va a pedir nada, lo mejor es que se vaya de aquí —se apoya contra el mostrador inclinándose hacia adelante.

—Quiero que cenemos juntos, ya está todo listo.

—No quiero. Señor, está poniéndome incómoda, viene aquí cuando nunca le dije dónde trabajaba. Le pido que se retire, no me interesa su propuesta y tristemente este lugar no le pertenece. No me obligue a llamar a mi jefe y decirle que me está acosando —resopla.

—No quieres...

—Así es, no quiero —toma un respiro y suelta el aire con rabia sin dejar de mirarme.

Se da la vuelta y chasquea los dedos. Su empleado lo sigue y otros dos que estaban en la puerta impidiendo la entrada de los clientes también se van.

—Qué miedo —comenta mi compañera.

—Sí, que tipo raro. Seguro ya entendió el mensaje.

—¿Ya se fue? —mi jefe viene todo asustado.

—Sí, señor.

Todos murmuran aterrados. No comprendo a qué le tienen miedo. Miedo es otra cosa, es que alguien como él no pida siquiera permiso para hacer contigo lo que quiere.

Nadie entiende nada.

.....

Llegan a mi cuenta los 50,000€. Este objetivo era muy fácil, la paga es miserable. Necesito más dinero.

Si quiero pagar ese tratamiento, tardaré mucho en juntar a este paso.

Voy llegando a la panadería y veo un auto negro muy elegante. Antes de entrar veo por los ventanales. Sus hombres están adentro.

No entiendes el no, André La Russa.

Resoplo y entro a la panadería como si nada, lo ignoraré.

—A-Alessia... —mi compañera aparece tartamudeando.

—Diana, yo tomo el mostrador —me coloco el delantal.

—Eh... eh...

La miro arrugando el entrecejo.

—¿Qué te sucede?

De atrás de la ella por la puerta de la cocina sale mi jefe junto a La Russa.

—Un placer hacer negocios con usted, señor Cardozo —mi jefe me mira nervioso y pasa saliva.

—Adiós —se aleja saliendo de la panadería.

—¿Qué diablos está sucediendo aquí? —comienzo a alterarme.

—Alessia, qué vocabulario inadecuado utilizas —me regaña con diversión.

—Cuando personas indeseadas se entrometen en mi trabajo, pierdo los modales —escupo.

—Alessia, no deberías hablarle así al señor La Russa.

—Escucha a tu compañera, Alessia querida. No puedes hablarle así a tu nuevo jefe —arrugo el entrecejo.

—¿Nuevo jefe? —la pregunta sale cargada de asombro de mis labios.

—El señor Cardozo buscaba vender y yo comprar un negocio tan prometedor como este.

No puede ser, ¿este enfermo compró la panadería para que acepte su estúpida propuesta?

—Quiero una malteada de café negro. Un croasouns relleno de chocolate y un cenicero, señorita Rossi. A la mesa y rápido —me mira fijamente y no disimulo mi desprecio—. Si no te tardas te daré una recompensa —intenta tocar mi cabello y me aparto.

Me meto a la cocina echando humos.

—No sé qué pensar, compró toda la panadería por ti, dijo específicamente que quería que tú estuvieras incluida en el precio —ignoro a mi compañera—. Dicen que cuando uno de ellos se obsesiona con una mujer no importa cuánto te resistas, por las buenas o por las malas ellos la consiguen. Me pregunto cuán tonta una mujer debe ser para dejarse envolver por alguien como él por las buenas. Son monstruos.

—Pásame una bandeja —que se calle, ¡carajos!

Una estupida de 16 años puede caer en esos engaños, créeme, Diana.

—Dicen que matan a las personas si se niegan a hacer lo que ellos quieren. Él le quita los dedos a las personas y los colecciona. ¿Coleccionará mujeres también? Alessia, qué miedo da esto —me volteo a mirarla.

—¿Te callas de una vez? Él no está obsesionado, y no, no me conseguirá de ninguna forma, Diana —llevo su pedido.

No cambio mi expresión, ni me esfuerzo en ser amable. Este empleo me da la coartada perfecta. Lo necesito para que no sea sospechosa mi vida.

—Aquí tiene su pedido —dejo todo en la mesa y apoyo el cenicero con fuerza—. No se puede fumar aquí.

—Ahora sí, nuevo jefe; nuevas reglas —con su mano toma la taza y la tira a un lado rompiéndola—. ¡Ups! se rompió —lo miro llena de odio—. Tienes que limpiarlo, es una pena —sonrío divertida.

—Qué gracioso, ¿crees que así vas a conseguir algo de mi? —me apoyo en la mesa y me mantengo fría.

—Sí, que te arrodilles ante mí, para limpiar el desastre, claro está —suelta con sarcasmo.

Se coloca un cigarrillo en la boca y se lo quito tirándolo al suelo.

—No se puede fumar.

—Cuánto valor tienes. A ver si sigues así de valiente luego de que yo haga lo que quiera contigo —me río irónica.

—Para eso debo aceptar y yo contigo no iré a ningún lugar —me quito el delantal—. ¡Renuncio! —tiro el delantal al suelo.

—No me daré por vencido, Alessia Rossi. De una forma u otra aceptarás. Soy inevitable.

Le levanto el dedo de en medio alejándome a la salida.

—¡Púdrete, La Russa!

.....

Llego al hospital, apresurada por el mensaje que recibí del doctor.

—Doctor, ¿qué pasó?

Observo a Simone y está dormido.

—Empeoró de repente, señorita Rossi. Él necesita un donante lo antes posible o algún tratamiento que le dé un poco más de tiempo —mis ojos se empañan.

—¿Cuánto tiempo? —mis lágrimas caen como cascadas anticipándome a la noticia.

—Si resiste cuatro meses sería demasiado, señorita Rossi —aprieto mi pecho—. Está bajo sedación, eso tendrá un cargo extra en la factura. Usted me dirá qué quiere hacer. La lista para un donante, no le mentiré, Simone está sexto en la lista.

No puedo dejar de llorar.

—Lo lamento, señorita Rossi.

Se aleja y me hundo en el llanto.

Luego de unos minutos me regaño a mí misma, me levanto y seco mis lágrimas.

Salgo afuera del hospital y le marco a Marchion

i.

—Alessia, ¿de nuevo llamas?

—Marchioni, lo haré. Mataré a André la Russa, a mi manera.

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