Capítulo 5 Obsesión

POV: André La Russa.

—La seguridad en el muelle debe aumentar, no podemos descuidarlo y que los robos lleguen a nosotros—remarca mi madre.

—Todo esta organizado, tenemos vigilancia en todos los puntos claves—refuerzo.

—Eso no es garantía.

Asiento, serio.

—Tengo todo bajo control.

Mi padre, que está sentado a su lado, me observa fijamente.

—Comprando panaderías, claro, todo bajo control. No hagas estupideces, André.

Me pongo en pie.

—Deja de interrogar a mis hombres, ya no soy un niño —apago mi cigarrillo.

—Encárgate de no nos roben nuestros cargamentos. Capisci?

—Capisci, signora.

Asiento y salgo resoplando. No es su jodido problema si compro mil panaderías.

—Romano, ¿qué tienes para mí? —suelto apenas empieza a seguirme.

—La señorita Rossi oficialmente estará en la florería. Podemos programar una visita, aunque antes...

Detengo mi avance y me volteo a verlo con regaño, ¿qué podría ser más importante que ir a buscar a esa mujer que sigue diciéndome que no?

A mí nadie me dice que no.

—Habla de una vez.

—La señorita Ginevra se llevó uno de sus autos, signore.

Gruño y resoplo.

Voy a matar a mi hermana. Mocosa malcriada.

Subo a mi auto sabiendo exactamente dónde está esa pendeja.

Romano sube a mi auto.

—Ya hemos contactado al dueño de la florería, cuando termine con la señorita Ginevra.

—Cuando termine, Romano —enciendo el motor y a toda velocidad me dirijo a donde seguro está mi hermana menor.

….

La veo sentada en el capó de mi auto con un idiota que le está metiendo la lengua hasta la garganta y manoseándola como si fuera patrimonio público.

Bajo azotando la puerta del auto. Me acerco y tomo del cabello al imbécil, separándolos de mi hermana.

—¿Se te perdió algo en la garganta de mi hermana? —su mirada se llena de terror y si estaba pensando en meter la verga hoy, ya se arrepintió.

—Tenías que llegar a arruinar la diversión —murmura mi hermana.

—Signore La Russa... Yo no tenía idea de que ella era su hermana, yo... Yo...

Chasqueo los dedos y los hombres que venían detrás de mí en otro auto se lo llevan.

—Asegúrense de que recuerde lo que le sucede a los que tocan a mi hermana, y la próxima te corto la lengua —escupo acercándome a él, intimidándolo.

No logra siquiera responder que mis hombres ya se lo están llevando.

—¡LO SIENTO! ¡LO SIENTO!

Mi hermana se enciende un cigarrillo dándole una calada, se lo arrebato con rabia.

—¿Qué crees que haces, Ginevra? ¡Sube al auto, ahora! —rueda los ojos y vuelve a sacar otro cigarrillo que le quito destrozándolo en mi mano.

—No quiero, tú no vas a decirme qué hacer. Tanto drama por un auto —resopla y saca un chicle de su bolsillo.

—No puedes venir aquí a que...

—¿A que me revuelquen como una puta? ¿Está mal? Hipócrita, tú lo haces con todas, pero si yo quiero hacerlo les cortas un dedo o los asustas —camina hacia mi auto golpeando con su cuerpo mi brazo—. Él no sabía quién soy, es una lástima, tenía un rostro bonito.

—Romano, lleva mi auto —ordeno.

—Sí, señor.

Ginevra sube al asiento del acompañante y por poco hace corrediza la puerta de lo fuerte que la azotó.

¿Qué haré con ella?

—Te dije que no volvieras a estos lugares, no son adecuados para ti —con sus pies ensucia el tablero—. ¡Baja tus pies!

—Me tienes harta, tú y todos.

—Aún eres muy joven y si vuelvo a verte con un cigarrillo... —se burla de mí.

Es tan infantil.

—También soy una La Russa, puedo hacer trabajos sucios como tú —es una pelea constante con mi hermanita.

—Eres la más joven de la familia —se cruza de brazos.

—Es porque soy mujer y porque papá es un pesado y tú igual. ¡Los odio! No me dejan hacer nada.

Detengo el auto antes de entrar al complejo de nuestra familia.

—Gin, no hagas tonterías y te prometo que te asignaré algún trabajo donde puedas hacer lo que te gusta —me mira y sonríe.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo —suspira.

—Lo intentaré.

Entro a la base de la Cosa Nostra. La dejo en su vivienda.

—Los cigarrillos, Ginevra —los lanza dentro del auto antes de bajarse.

—¡Conseguiré más!

Lo tengo claro.

….

La entrada de la florería me deja observarla adentro atendiendo a los clientes con una sonrisa.

—Podemos buscar a todas las mujeres que quiera, signore.

—¿Qué encontraste de ella? ¿Algo más que pueda usar para que deje de fingir que no quiere una noche conmigo? ¿Dónde trabaja? ¿Cuáles son sus clientes? Los mataré a todos para que tenga espacio —me hierve la sangre cuando no consigo lo que quiero.

Si es una prostituta, que solo ponga su precio y sea mía de una jodida vez.

Maldizione!

—Creí que no le gustaban las prostitutas, signore —le clavo la mirada a Romano.

—No me gustan, eso sigue siendo igual.

—Entonces, ¿por qué...?

—¿Tengo que darte parte de lo que hago o puedes solo hacer tu trabajo? Es mi puto problema si quiero estar con ella o no —baja la mirada.

Si no fuera por la forma en que me mira, me olvidaría de ella.

Bajo del auto y entro a la florería escoltado por Romano, además de mis dos hombres de seguridad que impiden que entren. No me gusta que la gente esté muy cerca de mí, me ponen incómodo.

—Oh... —hay un hombre en la caja que no es el jefe y Alessia está de espaldas a mí.

—No me digas, ¿hay un La Russa detrás de mí? —su voz sale llena de calma mientras el tonto de la caja asiente, temeroso.

Se da la vuelta y ahí está: su mirada fría, llena de indiferencia. No hay ni una pizca de temor.

—Hola, mi querida Alessia —suelta una risa sarcástica.

—André... ¿Comprarás la florería? —su pregunta sale cargada de burla.

—No... —doy un paso cerca de ella quedando frente a frente. Levanta su rostro por la diferencia de altura—. Vine a comprarte a ti, bámbola.

—Salgo a las 5, hablaremos de negocios cuando no esté trabajando —pronuncia sin mover un músculo de su rostro.

No dejo de mirar sus labios e imaginarlos abriéndose con su mirada inquebrantable mientras gime por mí. Me percato de que acaba de decir que sí.

—¿Me dejas trabajar? Cuando salga iré contigo y te advierto —se eleva en las puntas de sus pies acercándose a mi oído—. Esto te saldrá muy caro, André La Russa.

Mi piel se eriza y una corriente viaja hasta mi verga activando mis ganas.

Se voltea y sigue trabajando como si nada. Es una serpiente venenosa, te hipnotiza con su mirada y luego te envenena hasta volverte loco.

Solo una noche y saciaré mis necesidades. Luego perderá su encanto.

…..

Reviso mi reloj por cuarta vez. Marca las 5 p.m. al fin.

—Bájate, Romano —su mirada se llena de desconcierto.

—Signore.

—Bájense todos, tú también —ordeno a mi chófer.

Obedecen y la veo salir de la florería. Romano le indica que suba al auto, lo hace.

Me acomodo en una esquina y enciendo un cigarrillo.

—Esto será rápido, André —se sienta acomodando su mochila en su regazo.

—¿Rápido? —me mira fijamente.

—Sí. Una noche te sale 100.000 €; haré lo que tú quieras, me haces lo que tú quieras.

—Tú disfrutas, yo disfruto —suelta una carcajada y se acerca hacia mí.

—Mi trabajo es que tú disfrutes, yo fingiré para que no te sientas mal, gritaré cuan fuerte tú me lo ordenes, ¿pero disfrutar yo? La única forma en que dejaría que alguien como tú me toque es por dinero y todo será fingido, no te confundas —me quita el cigarrillo de los dedos y le da una calada.

Se inclina hacia mí lanzando el humo en mi rostro.

—Es lo único que tendrás de mí: orgasmos fingidos. ¿Lo tomas o lo dejas? —me devuelve el cigarrillo y lo tomo.

—¿Y si te corres de verdad? —sonríe, divertida.

—No sucederá. Creo que hemos terminado —intenta bajarse y la tomo del brazo.

—Mañana irás a donde te lo ordene y tendrás tus 100.000 €; a ver quién finge aquí —su mirada indiferente está acompañada de sus cejas arqueándose.

—Espero que goces la frustración —se zafa de mi agarre y se marcha.

Le doy una calada al cigarro y respiro en un intento de controlar mi respiración. Bajo mis ojos a mi erección.

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