Capítulo 6 Primera vez
POV: Alessia Rossi.
—Tú no vales nada, ni siquiera puedes complacerme —su mano suelta mi cuello y caigo al suelo sosteniendo mi vientre.
Jadeo en busca de aire y comienzo a toser, levanto la mirada y con mis ojos llorosos miro a Donato.
—¿Por qué me haces esto? —enciende un cigarrillo y tras una calada, su mirada inyectada en sangre se clava en mí.
—¡Levántate, carajo! —me patea sin importarle mi barriga.
Me apoyo en una mesa cerca de mí, estabilizándome.
—Cuando quiero coger debes estar disponible y eso —señala mi vientre— es un problema. Te dije que no quería hijos y tú tenías que embarazarte —me toma de la quijada con fuerza levantando mi rostro—. Te lo advierto: si esto no se acaba rápido, lo haré igual y no quiero quejas —me suelta.
Bajo la mirada, asintiendo. No digo nada, ¿qué podría decir? Él tiene razón, arruiné nuestra relación.
—Si ya no te intereso... —una bofetada impacta en mi mejilla.
—Eres mía, Alexa, y nunca dejarás de serlo, eres mi juguete favorito, así que no hables estupideces —me toma del cabello tirando mi cabeza hacia atrás, arrastrándome a la habitación sin que nada le importe.
Fin del flashback.
Observo el conjunto de encaje rojo que me pondré junto a la bata de seda que cubre mi espalda.
Solo será sexo, Alessia, tú disfrutas el sexo. Disfrútalo y toma el dinero; si no lo disfrutas, finge que lo haces, como finges muchas cosas más. No es tan complicado.
Asiento y me cierro la bata, me coloco el abrigo lista para marcharme. Tomo mi cartera y en cuanto abro la puerta de mi casa, un auto negro elegante y con chófer me espera. Ya estoy en este juego: a jugar.
Me acerco al chófer y me abre la puerta.
—Señorita Rossi, el señor La Russa la espera —sonrío y subo al auto.
Estoy completamente sola. Hay una caja a mi lado donde una nota negra y letras blancas dice mi nombre. Abro la caja y hay una braga color rojo.
Otra nota dice: Ponte las bragas y quítate el brasier.
Este idiota siempre quiere dar órdenes.
Crees que me ganarás; te equivocas, La Russa.
Obedezco y dejo mi conjunto en la caja, colocándome la braga que tiene un vibrador en el frente.
Al llegar vuelven a abrirme la puerta.
—Señorita Rossi... —el tipo que me perseguía me recibe y me sobresalto cuando una sutil vibración se hace presente contra mi clítoris—. ¿Se encuentra bien?
Asiento con una sonrisa, retorciendo mis pies dentro de mis zapatos. Camino detrás de él y paso saliva cuando la vibración se vuelve más intensa. Terminamos en un largo pasillo silencioso donde solo escucho mi respiración. Nos detenemos y la quietud aumenta las sensaciones. Muerdo mis mejillas. Esto no es suficiente para correrme, no lo es.
—Adelante, señorita Rossi... El señor la espera —abre una puerta usando una tarjeta.
Me adentro a paso lento y cuidado. Las luces son completamente rojas, hay una enorme cama y un círculo elevado en el suelo con cadenas que cuelgan del techo.
Paso saliva. Que nadie note que no has hecho esto nunca, Alessia.
—Aquí estás, querida Alessia —aparece frente a mí con una camisa blanca que se está desabotonando.
—¿Traes el dinero? —suelto mordaz.
Eso es lo único que importa.
Asiente, muy calmado, y termina de abrir su camisa develando su torso completamente tatuado; se quita la camisa y sus brazos también están llenos de tatuajes.
—¿Traes la braga que te dejé de obsequio? —pregunta con diversión.
—Sí, ¿no se nota? Si crees que eso me parece la gran cosa, estás equivocado —suelta una risa ronca que hace cosquillear mi nuca.
Dobla su camisa y la deja en el cajón de la mesa de noche junto con su arma, y lo cierra con una combinación que no veo. Se acerca a paso lento y de forma involuntaria, mi coño ya está empapado por tanto estímulo sobre él.
—La puerta solo se abre desde afuera y hasta que yo decida salir; tú eres mi posesión —susurra cerca de mi rostro.
—Fue el trato. Haz lo que se te venga en gana, para eso estoy aquí, y además...
—Shh... —su dedo se apoya sobre mis labios—. Silenzio, bámbola —con su mano libre toma la solapa de mi abrigo y con sus dedos baja suavemente hasta el primer botón—. Vas a guardar silencio y solo hablarás para decir: «Sí, señor». Elige tu palabra de seguridad, Alessia —susurra en mi oído soltando el primer botón de mi abrigo.
—¿Faro? —pregunto en un acto tonto de mi parte—. Faro, esa es mi palabra de seguridad —afirmo sin titubear.
—Excelente —desprende el segundo botón—. Alessia, ¿tienes miedo?
—No... —mi voz sale en un susurro sin razón aparente.
—Perfecto... Si tienes miedo debes decir la palabra de seguridad —desprende el tercer botón y el último—. Si te duele y no quieres seguir, también —sus manos deslizan mi abrigo por mis hombros dejándolo caer al suelo—. Si estás cansada, también —sus manos van a mi bata roja y la desanuda.
Cuando quiere deslizarla lo detengo y me gano una mala mirada de su parte.
—Tengo una sola regla: no me quites la bata... Por favor —susurro mirándolo a los ojos.
Mi petición no le gusta, pero la respeta dando un paso lejos de mí. Sonríe de lado y saca de su bolsillo el teléfono, deslizando su dedo en la pantalla y tensando mi cuerpo al subir al máximo la intensidad del vibrador que castiga mi clítoris.
—Arrodíllate —no protesto y lo hago aguantando mis ganas por correrme.
Me arrodillo frente a él con mis manos en mi regazo. Mis ojos están fijos en él y esa mirada llena de poder; puedo sentir que solo quiere hacerme daño, y si él supiera que he aprendido a disfrutar de cualquier daño que me puedan hacer, no estaría tan seguro de que me va a romper.
—Abre la boca —la abro respirando agitada—. Más —obedezco.
Con su mano me toma de las mejillas; con el índice y mayor de su otra mano presiona mi lengua, metiéndose en mi boca cada vez más profundo. Quiero hacer arcadas y lo aguanto.
—Qué buena chica eres, Alessia —saca sus dedos y mis ojos llorosos al parecer lo complacen porque sonríe, gustoso.
—Lo soy, señor. Soy una buena chica —gruñe y comienza a desprender sus pantalones.
Mis ojos bajan a su entrepierna al instante, observando el bulto en sus pantalones.
—Tus ojos arriba, solo puedes mirar cuando yo lo ordene —levanto la mirada. La curiosidad me mata y quiero mirar cuando libere su erección.
—Dije tus ojos arriba —me toma de las mejillas y no sigue con su acción.
—Quiero ver... ¿No puedo ver? —reclamo.
—No puedes —ruge, y su tono autoritario envía un latigazo a mi centro.
—Mmm... —mi boca se abre involuntariamente.
—Te estás portando muy mal —sin soltar mis mejillas me levanta—. Ponte de pie.
Lo hago y me lleva caminando hasta el círculo elevado en el suelo.
—Levanta las manos —suelta mis mejillas y amarra mis manos a las esposas que cuelgan del techo.
Su cuerpo está muy cerca del mío y sin despegarme la mirada, tironea otra cadena que me eleva hasta apenas dejarme apoyar las puntas de los pies en la base donde estoy.
—Cuando digo que no puedes mirarme debes obedecer —me río y arqueo mi cuerpo, corriéndome.
Una deliciosa electricidad me recorre y un orgasmo muy intenso me posee, llenándome de irracionalidad. Ya no puedo seguir aguantando.
—¿Quién carajos te dio permiso para correrte? —me toma del cabello por la nuca tirando mi cabeza hacia atrás.
Me sigo riendo porque había olvidado lo que se sentía correrse; hace tanto tiempo que no siento nada. Quiero usar este placer para no pensar en lo que estoy haciendo.
—Te hice una pregunta.
—Yo... Yo me di permiso de correrme. ¿Está mal? ¿Me vas a castigar? —lo provoco buscando que me dé con todo lo que tenga, no me importa nada.
Suelta mi cabello y se aleja con esa mirada maliciosa que sin dudas debe mojarle las bragas a todas, porque el condenado está de puta madre y hace que fingir sea mucho más fácil.
Aunque sepa que él es igual a todos, fingiré que no lo es.
—Tú quieres que te castigue —se aleja hasta una pared de donde toma una vara muy fina de cuero.
—Quizás es lo que quiero, castígame —murmuro, segura.
Se acerca y tomándome de las mejillas, me mira a los ojos acercando su boca a la mía.
—Lo haré, te castigaré, bámbola —me besa metiendo su lengua en mi boca, le sigo el ritmo imponiéndome y lo muerdo.
Se aparta y sonríe soltando una carcajada.
—¿Qué esperas para castigarme? —provoco.
El primer golpe con la vara es en mis pechos al descubierto y me arqueo. Me arqueo de placer.
