Capítulo 7 Mi juguete nuevo
POV: André La Russa.
Suelto una carcajada llena de diversión y ansias de tratarla como la perra que es.
—¿Qué esperas para castigarme? —provoca y no lo dudo.
Golpeo con la vara sus pechos descubiertos, provocando que su cuerpo se arquee. Sea por la razón que sea, ese acto me calienta muchísimo y la adrenalina se inyecta directamente en mi cuerpo.
Colgada del techo, esforzándose por tocar el suelo, con la bata abierta y respirando agitada, se ve como mi presa indefensa y a punto de ser sacrificada.
Otro golpe va esta vez en su vientre, su boca se abre en un jadeo.
—¿Esto es lo que querías? —paseo la vara por su cuello, bajando hasta uno de sus pezones y lo golpeo sin piedad.
—Tú qué sabes lo que quiero —escupe, desafiante.
Camino a su alrededor y azoto su trasero con fuerza para que lo sienta a pesar de la fina bata cubriéndolo.
—Aah...
La tomo del cabello enredándolo en mi mano y tironeo con rabia.
—Yo sé perfectamente lo que estás buscando y más te vale no arrepentirte, maldita perra —se ríe burlona.
La suelto más cargado de rabia por sus constantes desafíos que, además de poner mi verga dura como una roca, me cabrean tanto que quiero hacerla sufrir.
Otro azote a su trasero la hace pegar un respingo y quejarse. Estiro la cadena para que sus pies ya no puedan tocar el suelo.
—Aprenderás quién manda aquí —un golpe tras otro va desde su trasero, su vientre y su pecho.
Sus quejidos van mezclados con gemidos indescifrables. Se retuerce y suelta una risa llena de excitación. Se volvió a correr, y sin autorización. Suelto la vara y me subo a la plataforma sosteniéndola de la espalda, mientras con mi otra mano pellizco uno de sus pezones.
—¡¿Quién carajos te dio permiso para disfrutar sin mí?! —se ríe con burla, sin miedo a lo hijo de puta que puedo ser con ella.
Voy a las bragas y las destrozo, tirándolas a un lado.
—Envidioso —gruñe cerca de mi rostro—. No aceptas la competencia —pellizco con más fuerza su pezón y se queja.
—Cállate, putita —bajo mi mano y entierro mis dedos dentro de su coño con violencia.
Se arquea mientras arremeto sin cuidado, castigándola. Su coño se contrae y antes de que se corra, me aparto abofeteándola.
—Yo tengo el control, no lo olvides —sonríe con sus ojos oscurecidos.
Tironeo la cadena para bajarla de golpe y cae arrodillada en la pequeña plataforma redonda con sus brazos hacia arriba.
—Maldetto... —jadea.
—Hay que enseñarle a tu boca a respetar —me paro frente a ella y la tomo del cabello, tirando su cabeza hacia atrás.
Con mi otra mano libero mi verga, que está a punto de reventar mis pantalones. El verde de sus ojos está casi negro y abre la boca con desafío sacando la lengua, le doy una bofetada y abre más.
—No dejarás de mirarme en ningún momento, ¿oíste? —estiro más su cabello.
—Sí, señor —su voz sale suave y sumisa.
Mi verga palpita deseando explotar su boca sin piedad. Estas son las perras que me gustan, las que quieren ser tratadas como putas.
—No quiero ni una arcada —le meto la verga sin aviso hasta hacer tope con su garganta.
—Mmm...
La comisura de sus labios se estira tratando de recibirme y su lengua humedece sin descanso, buscando que los movimientos sean más soportables.
Me follo su boca sin contemplación y las vibraciones de su garganta estimulan la punta, tentándome a ahogarla con mi semen.
Presiono su cabeza hacia mí moviendo mi pelvis. Sus ojos están fijos en mí y juraría que veo diversión en ellos, hasta que me corro y se abren como si quisiera que me quitara.
—Trágatelo todo —ordeno sin sacarle la verga.
Obedece y cuando libero su boca, su saliva se escurre pegajosa mientras jadea en busca de aire. El suelo debajo de ella es un desastre lleno de sus fluidos porque la muy desgraciada se corrió.
Suelto sus muñecas y sus manos caen a sus lados, como si no tuviera fuerza.
Guardo mi verga dentro de mis pantalones, la tomo en mi hombro como si fuera un costal y la tiro en la cama.
—¿Ya estás cansada? Apenas comienzo contigo —abre sus piernas enseñándome su coño hinchado, palpitando lleno de su excitación y exigiendo castigo.
—Sigo esperando que me castigues —me abalanzo sobre ella tomándola del cuello y muerdo su mejilla.
—¿A qué estás jugando? —saca la lengua y la pasa por mis labios, que están muy cerca.
—¿No te gusta? —muerdo sus labios y la beso con rabia.
Libero mi verga, que está dura otra vez, y sin que se lo espere la penetro flexionando sus piernas tanto que su rodilla casi llega a su pecho. Presiono su cuello embistiéndola sin parar.
—¡Vamos, dime que pare! ¡Así quieres que te trate, perrita! —su boca se abre mientras se queja de dolor.
No dejo de presionar su tráquea y miro sus ojos perdidos a punto de quedarse sin oxígeno.
—¡Ahora no hablas! ¡Habla! ¡Di que te gusta! ¡Que te encanta ser una perra cogida sin cuidado! —su coño me aprieta con fuerza.
—Soy una perra y eso te encanta —aprieto más su cuello y se corre.
Saco mi pene antes de correrme y lo hago sobre su cuerpo, soltando su cuello. Ella, sin dudas, es mi nuevo juguete favorito.
—¿Eso es todo? —se sienta en la cama como si nada hubiera pasado, se pone de pie y camina al baño.
—¿A dónde vas? —cuestiono, molesto por su indiferencia.
—A ducharme y si ya has terminado, a irme. A menos que quieras que me acueste contigo en la cama, eso tiene un cargo extra —arrugo el entrecejo.
Se mete a la ducha y sacudo mi cabeza, despejando cualquier pensamiento. Me dio lo que quería. Ya está, puedo seguir con mi vida.
Miro fijamente en su dirección y sus ojos llenos de desafío mientras la golpeaba, me follaba su boca y la ahorcaba no dejan de aparecer frente a mí.
Necesito jugar más con ella y no quiero que nadie más pueda disfrutar de esto. Me coloco la camisa observando los condones en la mesa de noche. No fue un error, fue porque quería hacerlo así.
Sale de la ducha envuelta en una toalla.
—¿Pagarás en efectivo o con un cheque? Efectivo es mejor para mí —tomo el fajo de billetes y se lo extiendo.
—El miércoles nos vemos de nuevo —afirmo.
Arquea una ceja.
—¿Perdón? ¿Cuándo dije que esto se volvería a repetir?
—Cuando te corriste más de tres veces por mi causa —suelta una carcajada.
—Es mi trabajo, no te sientas especial, no creo tener espacio —intenta alejarse.
—Pon el precio —sostengo su muñeca.
—Cada encuentro saldrá el doble del anterior —afirma, y la suelto.
—Pero seré tu único cliente —niega.
—Eso no; 150.000 € cada encuentro y será cuando yo diga. Tengo más clientes que atender —toma su bata y se la coloca, quitándose la toalla.
Va por su abrigo.
—Yo quiero exclusividad, no me gusta tocar lo que otros tocan, me da asco —se encoge de hombros.
—No se notó, es lo que hay, La Russa —se acerca a la puerta—. ¿Me dejas salir?
Me acerco cabreado y la tomo del cuello pegándola a la pared.
—El miércoles... Y admite que no fingiste —sonríe, divertida.
—Todo lo fingí, en especial cuando te hice correrte en mi boca —susurra cerca de mis labios.
—Eres una mentirosa.
—Demuéstralo —provoca.
—Ya lo haré, gritarás la verdad —la suelto y me aparto.
—Buena suerte.
Le envío un mensaje a Romano y del otro lado abre al recibir mi señal. Se marcha y cuando vuelve Romano, caminamos a la salida.
—Quiero que llames a un médico, debo hacerme un examen.
—De acuerdo, señor. ¿Sucede algo malo? —niego.
Solo que la besé, no usé condón y esas cosas yo no las hago jamás.
—Encuentra a todos sus clientes y asegúrate de que no quieran salir con ella nunca más. ¿Capisci?
—Sí, signore.
—No dejes de seguirla, quiero saber
todo lo que hace, todo.
Cuando algo me gusta, Alessia, nadie me lo puede negar.
