Capítulo 1 CAPITULO 1

Las primeras luces del sábado filtraban una claridad tibia sobre el jardín de la propiedad. Mi casa, situada a las afueras de la ciudad, siempre había sido mi refugio perfecto para aislarme del ruido corporativo que amenazaba con devorarme desde hacía doce meses.

Un año exacto. Ese era el tiempo que llevaba al frente de Wilson Technology. Desde la repentina muerte de mi padre, la compañía entera había quedado bajo mi responsabilidad. Pasar de redactar informes en una oficina discreta a sostener el peso de una de las corporaciones tecnológicas más codiciadas del país no había sido una transición suave; había sido una prueba de fuego constante ante una junta directiva que esperaba pacientemente mi primer error.

Sobre la mesa del comedor descansaba una carpeta de piel negra sin ningún tipo de rotulado. Dentro no había discos duros, ni memorias cifradas, ni archivos en la nube. Eran hojas físicas, impresas con un lenguaje de diseño único: el algoritmo base de nuestro último invento, una patente revolucionaria capaz de cambiar la seguridad informática global. Mi padre había sido lo suficientemente paranoico como para estructurar el documento mediante una clave de redacción propia. Esos papeles solo podían ser interpretados, leídos y ejecutados por mí. Quien tuviera las hojas sin mí, solo vería un galimatías matemático inútil; quien me tuviera a mí con ellas, tendría el control absoluto de la industria.

El sonido del timbre rompió la quietud de las ocho de la mañana.

Al abrir la puerta, la sonrisa desinhibida de Sofía iluminó el umbral. Llevaba una maleta pequeña en una mano y dos vasos térmicos de café en la otra. Habíamos planeado este fin de semana desde hacía semanas: tres días desconectadas del trabajo, lejos de las llamadas de los inversionistas y de los escoltas que solía dejar aparcados en la entrada del vecindario.

—Dime que ese café sigue caliente, porque la carretera estuvo fatal —dijo Sofía, pasando directamente a la cocina y dejando las cosas sobre la isla de granito—. Y más te vale que hayas guardado esa carpeta de trabajo, Abril. Prometiste que este fin de semana no existía Wilson Technology.

—Está guardada —mentí con una leve sonrisa, sirviendo el café en un par de tazas.

Pasamos toda la mañana entre risas, rememorando anécdotas de la universidad y descorchando la primera botella de vino al mediodía. Preparamos de comer juntas, compartiendo historias que me hicieron olvidar, aunque fuera por unas horas, el peso aplastante de la presidencia. Para cuando la tarde dio paso a la penumbra de la noche, el ambiente en la sala era de absoluta desconexión y calma. Encendimos el televisor, preparamos palomitas y nos acomodamos en el sofá a ver una película con la única luz de la pantalla iluminando el salón.

El golpe no vino precedido por ningún rumor. Fue un estruendo seco, metálico, el sonido brutal de la madera del marco cediendo ante un impacto calibrado que nos hizo saltar del sillón.

La puerta principal saltó en astillas. Antes de que el tazón de palomitas tocara el piso y se esparciera por la alfombra, la penumbra de la noche fue sofocada por el peso de pasos pesados, botas tácticas y el chasquido sordo de armas de fuego siendo amartilladas.

—¡Al suelo! ¡Las dos al puto suelo, ya! —bramó una voz áspera y distorsionada.

Sofía soltó un alarido desgarrador. Intentó dar un paso hacia la salida trasera, pero dos hombres embozados la interceptaron en segundos, derribándola sin contemplaciones contra el suelo de la sala. Yo me quedé petrificada, con los ojos fijos en la entrada, sintiendo cómo el aire se convertía en agujas de hielo dentro de mis pulmones. Antes de poder emitir un sonido, unas manos gruesas me sujetaron con violencia del cabello, jalándome hacia atrás y obligándome a hincar las rodillas contra el piso.

Fue en ese instante de caos cuando la figura central atravesó el marco destruido.

Caminaba sin prisa, con una compostura metódica que resultaba infinitamente más aterradora que los gritos de sus hombres. Era un hombre alto, de hombros anchos, mandíbula marcada y rasgos firmes. Llevaba una chaqueta táctica y no cubría su rostro. Esa ausencia de máscara me erizó la piel: cuando un atacante no oculta su identidad frente a la heredera de una de las corporaciones más importantes del país, es porque sabe que el poder está completamente de su lado.

A su lado avanzaba una mujer de contextura delgada, chaqueta de cuero y una sonrisa torcida cargada de un desprecio gratuito. Se acercó a mí a paso lento, y sin mediar palabra, descargó una patada en mi costado izquierdo. El impacto me sacó todo el aire y me dobló sobre el piso, con la mejilla pegada al suelo frío.

—Mírala nada más —escupió ella, agachándose para sujetarme del mentón con los dedos clavados en mi piel—. La gran heredera de Wilson Technology. Te creías intocable en tu mansión de campo, ¿verdad? Eres solo una basura más.

El dolor en las costillas me impedía respirar con normalidad, pero antes de que la mujer levantara la mano para propinarme otro golpe, una mano firme, pesada y de nudillos marcados se posó sobre su muñeca, frenándola en el aire.

El líder.

—Basta, Karen —ordenó él. Su voz era grave, baja, carente de cualquier dramatismo, pero con una autoridad tan aplastante que la mujer soltó mi rostro al instante y dio un paso atrás.

Él se agachó frente a mí, quedando a la altura de mis ojos. Su mirada era un abismo oscuro; no albergaba rabia, pero tampoco un atisbo de misericordia. Era la mirada calculadora de un profesional que sabe exactamente lo que vino a buscar.

—Vas a cooperar, Abril —dijo, usando mi nombre con una familiaridad helada—. Si haces exactamente lo que te ordene, vas a seguir respirando. Si me complicas las cosas... —desvió la vista por un segundo hacia el rincón de la sala, donde Sofía lloraba descontroladamente mientras uno de los hombres le encañonaba la nuca—... tu amiga pagará el precio de tus errores.

Con una lentitud calculada, su mirada volvió a posarse sobre mí, deslizándose un segundo hacia la mesa del comedor, donde la carpeta de piel negra con los documentos de la patente permanecía intacta. En ese momento, mientras la realidad de mi nuevo estatus como rehén se asentaba sobre mis hombros, comprendí la regla fundamental de esta pesadilla: para mantener con vida a Sofía y proteger la patent

e, mi única opción inmediata era cooperar.

Siguiente capítulo